Conciertos en Madrid.
Comienzo de las temporadas estables en Madrid
(Por Carlos de Matesanz)
30 de septiembre de 2008, 19:30 h. Auditorio Nacional. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Dir: Michel Corboz. Mendelssohn: “Elías”.
14 de octubre de 2008, 22:30 h, Auditorio Nacional. Alberto Nosé (piano), Orquesta Sinfónica de Madrid. Dir: Jesús López Cobos. Brahms: Obertura académica y Concierto para piano nº 2, Dvorák: Sinfonía nº 7.
18 de octubre de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. Michelle DeYoung (alto), Coro de la Comunidad de Madrid y Orquesta Nacionales de España. Dir: Josep Pons. Mahler: Sinfonía nº 3.
La Orquesta y el Coro de la Comunidad de Madrid siguen con su tradición de abrir cada nuevo curso con una gran obra sinfónico-coral del repertorio romántico; esta vez, por aquello del bicentenario del nacimiento de Mendelssohn el año que viene, ha sido el oratorio Elías Op. 70 la obra elegida. En un principio, la orquesta presentaba un claro estado de depresión post-vacacional, con desajustes constantes, que hizo vaticinar lo peor a los agoreros; pero enseguida se entonaron y, aunque no lograron estar a la altura del magnífico coro, ofrecieron una versión más que digna de esta difícil obra. No en vano empuñaba la batuta uno de esos venerables veteranos que más saben por viejos que por diablos: Michel Corboz. Gran especialista en obras corales y mendelssohniano perspicuo, impuso a la obra un ritmo pausado y meditativo que le permitió cuidar al máximo multitud de detalles. Pero a Corboz los árboles no le impiden ver el bosque y supo concebir la obra como un todo, sin demasiada garra dramática, pero con inspiración espiritual y dulzura. Del cuarteto vocal, destacar, por encima de una Cecilia Díaz (mezzo) y un Jörg Dürmüller (tenor) discretitos, un Detlef Roth (barítono) de auténtico empaque y, sobre todo, dos sopranos del coro –Celia Acedo y Mercedes Lario– que sustituyeron, con muy poca antelación y con categoría de excelentes solistas, a la indispuesta Susana Cordón. Con cantantes como éstos en sus filas, capaces de sustituir tan dignamente a un solista en tan poco tiempo, no es de extrañar que el Coro de la Comunidad tenga la merecida fama de que disfruta.
La Orquesta Nacional de España contó también con el Coro de la Comunidad de Madrid (sólo la sección femenina) en la inauguración de su temporada, casi tres semanas después, además de con la Escolanía de la Abadía del Valle de los Caídos, para dar vida a la monumental Sinfonía nº 3 de Gustav Mahler. El titular de la orquesta, Josep Pons, dirigió con buen pulso y notable claridad los seis movimientos de tan compleja obra; pero, tan preocupado porque todo estuviese en su sitio –que no es poco, en una obra muy compleja y masiva–, Pons sirvió la música totalmente ayuna de un ingrediente fundamental de cualquier obra de arte: la emoción. Salvo, quizás un poco, en el Adagio final (y no sabemos si fue por Pons o porque la música es tan bella que es imposible que no emocione), no arrastró el corazón en ningún momento, ni lo impresionó ni lo encandiló, dejándolo totalmente frío; y esto, con más de cien minutos y más de cien músicos a sus órdenes, es un poquito delictivo: cada vez estamos más persuadidos de que no son éstos los repertorios en que Pons puede encontrar sus mejores resultados, por más que él se empeñe. Máxime porque, además, no consiguió la esperada perfección formal: los metales confundieron casi constantemente la brillantez con el griterío y sepultaron en casi todas sus intervenciones a una cuerda débil y poco dúctil. La mezzo americana Michelle DeYoung, especialista en esta obra, cantó bien pero, tal vez contagiada por el entorno, tampoco consiguió emocionar en el estremecedor Urlicht central.
La Orquesta Sinfónica de Madrid, sin embargo, consiguió superar nuestras expectativas en el comienzo de su temporada de conciertos, pues sonó magníficamente bajo la batuta de su titular, con el que el año pasado protagonizó horrísonas versiones de sendas sinfonías de Tchaikovsky y Rott. Y no sólo hubo buen sonido, sino también momentos muy emotivos –el programa daba para ello–, pero, también, una blandura que casi da al traste con la Séptima de Dvorák, porque López Cobos, cuando saca a pasear su inveterada sosería, es capaz de aguar hasta una música con tanto carácter y chispa como ésta; menos mal que en el famoso tercer tiempo y, sobre todo, en el dramático final, se repuso y le dio vuelo a una obra tan hermosa como poco programada últimamente. De la primera parte, destacaremos la intervención del joven pianista italiano Alberto Nosé, de magnífico nivel técnico y hermoso sonido, muy claro, en el apabullante Concierto nº 2 de Brahms, aunque tampoco muy expresivo.


