Ópera en Barcelona

Tiefland inaugura temporada en el Liceu

(Por Ovidi Cobacho Closa)

Tiefland
Tiefland; Ópera de Eugen d’Albert sobre libreto de Rudolph Lothar. Peter Seiffert (Pedro), Petra Maria Schnitzer (Marta), Alan Titus (Sebastiano), Eva Liebau (Nuri), Alfred Reiter (Tommaso), Valeriy Murga (Moruccio); Orquestra Simfònica y Cor del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Michael Boder. Dirección escénica: Matthias Hartmann. Producción: Opernhaus Zücich. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, 5 – X- 2008.

El pasado mes de octubre, el Gran Teatre del Liceu arrancó su nueva temporada operística con un título que llevaba más de tres décadas ausente en los escenarios estatales: el Tiefland de Eugen d’Albert. Una obra inspirada directamente en la pieza dramática Terra baixa d’Angel Guimerà, probablemente la obra más internacional que ha concebido la dramaturgia catalana. Argumento, por lo tanto, archiconocido del público catalán, ambientado en el mundo rural de la montaña (la “tierra alta”) que rememora, dentro del espíritu del realismo tardo-romántico, el ideal del hombre puro, no pervertido por la mezquindad y la codicia de la vida urbana (la “tierra baja”); un canto de cisne a aquel buen salvaje rousseauniano.

En esta producción liceísta, proveniente de la Ópera de Zurich y firmada porMatthias Hartmann, se ha optado por una lectura que pretende desmontar, desmitificar, aquella remota y anhelada Arcadia de la “tierra alta”, denunciando el mito y revelando la única  realidad humana que ha impuesto la Historia: el mundo corrupto y corrompido de la “tierra baja”, situado en los años 40 del pasado siglo. En el prólogo de la obra se nos muestra un laboratorio de clones, encerrados en urnas de cristal, y conectados cada cual a su mundo virtual, a sus Arcadias ficticias. Un planteamiento que bebe de diversos referentes de la ciencia ficción, como Blade Runner o Matrix, por citar tan solo dos ejemplos cinematográficos, y que viene a postular el mundo virtual como la única Arcadia soñada o “tierra alta”posible. Una propuesta sugerente pero que no logra hacer mella en la evolución de la obra. En el prólogo, las referencias del texto (montañas pirenaicas y ambiente pastoril) chirrían con la escena (laboratorio de clones), y los dos actos que siguen transcurren en una especie de despacho semicircular, quedando la idea inicial desdibujada, diluida en una acción que tan sólo logra seguir el libreto a trompicones y a medias tintas, sin aportar bien poco de nuevo. Con todo, la dirección de actores estuvo muy bien resuelta, salvando la histriónica sobreinterpretación de las tres sirvientas del molino, convertidas aquí en unas secretarias.

Escena de Tiefland

En el aspecto musical se puso de relieve el indudable interés de la partitura de d’Albert, inspiradísima en la construcción de atmósferas y climas musicales, con motivos en constante transformación, y sumamente expresiva en su concepción melódica de carácter marcadamente verista. A todo ello contribuyó la estimable labor de los intérpretes solistas y del nuevo director musical del Liceu, Michael Boder. Entre el reparto de intérpretes brillaron con luz propia el Pedro de Peter Seiffert y la Marta de Petra Maria Schnitzer, ambos también pareja en la vida real. Alan Titus no quedó atrás en su cometido encarnando un sólido Sebastiano. Eva Liebau, que sustituyó en último momento a la anunciada Juanita Lascarro en el papel de Nuri, fue una grata sorpresa tanto en lo vocal como en lo escénico, así como los dos debutantes Alfred Reiter y Valeriy Murga, en los respectivos roles de Tommaso y Moruccio.

Boder tomó el pulso a la partitura desde los primeros compases del prólogo, apurando el sentido expresivo y no dejando desfallecer la tensión dramática. La orquesta del teatro respondió con un óptimo resultado, por lo que cabe esperar que su colaboración con el nuevo maestro titular permita mejorar su rendimiento.  Su nueva cita será en junio con Salome, una auténtica prueba de fuego.

Fotografía: © Antoni Bofill,
Cortesía del Gran Teatre del Liceu de Barcelona
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