Ópera en Oviedo
"Ora che i giorni lieti fungir"
(Por Eugenia Fernández Tejón)
“La Bohème”. De Giacomo Puccini. Intérpretes: Carlos Cosías (tenor, Rodolfo), Carlos Daza (barítono, Schaunard), Enric Serra (barítono, Benoît/ Alcindoro), Martina Zadro (soprano, Mimí), Manuel Lanza (barítono, Marcello), Miguel Ángel Zapater (bajo, Colline), Ruth Rosique (soprano, Musetta), José Tablada (tenor, Parpignol), Marcos García Gutiérrez (barítono, sargento), Joan Sebastiá Colomer (bajo, aduanero). Orquesta del Principado de Asturias, coro de la Ópera de Oviedo, coro infantil de la Escuela de Música Divertimento. Dirección musical: Yves Abel. Dirección de escena: Emilio Sagi. Teatro Campoamor de Oviedo. 12, 14, 16 y 18 de octubre de 2008.
Después de veintisiete representaciones desde que se estrenara en 1902, la Bohème se consolida como uno de los títulos emblemáticos de la temporada ovetense. Era obligado que, coincidiendo con el 150º aniversario del nacimiento de Puccini, escucháramos de nuevo la obra que mejor sintetizó el aspecto vital de su poética y la que más intérpretes de renombre ha traído al teatro Campoamor. Voces de la talla de Gianni Raimondi, Mirella Freni, Luciano Pavarotti o José Carreras han dado vida a Mimí y Rodolfo a lo largo de la historia de la Bohème en Oviedo, lo que dice mucho del esfuerzo sostenido de esas pequeñas asociaciones de amigos de la ópera por mantener viva la afición en provincias, en aquellos años en que hablar de ópera de nivel era referirse al Liceo barcelonés y poco más.
Ante precedentes tan ilustres, cada nueva Bohème representa un desafío a la creatividad y el buen hacer, que en este caso vino dado por una renovada actitud ante una historia demasiado popular para ser original. De entre todos los matices posibles se apostó por la paradoja de la juventud y muerte como objetivo expresivo. Con un elenco intencionadamente muy joven que la experta dirección musical de Yves Abel y la escena de Emilio Sagi supieron moldear, aunando criterios, asistimos a una interpretación apasionada sobre lo que representa la muerte injusta, por demasiado temprana, para la juventud alocada e inconsciente que ve cercenada de forma prematura su ilusión ante la vida, aunque ésta no fuera precisamente cómoda.
Una puesta en escena de referencia como la de Emilio Sagi, tiene en este caso una especial significación. Según sus propias palabras este trabajo tiene mucho de autobiográfico, siendo un homenaje a la memoria de dos personas muy queridas para él y también vinculadas a la música como Julio Galán, escenógrafo de esta misma producción o el musicólogo recientemente fallecido Luis G. Iberni, al que tanto debe esta ciudad. Buscando su inspiración en la nostalgia y el regusto romántico de los años pasados, Sagi sitúa la escena en el mayo del 68 francés. Exquisito montaje y vestuario efectista, lleno de colorido y guiños a la época y con un cierto aire contracultural y exagerado propio de los sesenta.
Las voces, correctas, encajaron más como proyecto conjunto que como individualidades. El papel de Mimí que en principio era para Inva Mula fue finalmente afrontado por Martina Zadro, habitual de la ópera de Praga, cuya interpretación fue creciendo en intensidad expresiva en el tercer y cuarto acto. Con buena técnica pero algo fría en general, no llegó a conmover al público. El tenor barcelonés Carlos Cosías tuvo una intervención elegante en su fraseo, pero sin alardes vocales ni Do de pecho. Más justa de medios estuvo Ruth Rosique como Musetta, que tuvo dificultad para salir airosa del conocido Vals. Destacaron, en cambio, el grupo de bohemios que estuvieron impresionantes en la parte teatral y muy dignos en la vocal. El barítono Manuel Lanza (Marcello) estuvo a la altura de su reputación, al igual que el ovetense Miguel Ángel Zapater (Colline) que incluso fue ovacionado en el último acto tras interpretar “Vecchia zimarra”. Carlos Daza y Eric Serra también estuvieron acertados en sus respectivos Schaunard y Benoît /Alcindoro.
Cabe destacar la participación del coro infantil Divertimento, detrás del cual está la valiosa labor pedagógica de la escuela musical que le da nombre y la del coro de la Ópera de Oviedo que estuvo excelente, como nos tiene acostumbrados.
Pero el éxito de la noche fue para Yves Abel que supo pedir a la Orquesta del Principado de Asturias OSPA el nivel de exigencia que precisa para sacar lo mejor de sí misma. Una interpretación absolutamente limpia al compás de una de las batutas de la élite lírica mundial. Muy involucrado en todo el proceso, incluidos los ensayos que no le afectaban directamente, siguiendo su política de que director de escena y música han de compartir ideas que hagan que música y espectáculo sean uno. De que otro modo si no se pueden contar “esas cosas que se llaman poesía”.


