Música en la calle

El carillón del Palau de la Generalitat

(por Joaquim Zueras Navarro)

Escribe Josep-Maria Puigjaner sobre el carillón del Palau de la Generalitat de Barcelona, situado en la torre gótica del Pati dels Tarongers: “Mientras los barceloneses nos apresuramos por las calles a causa del trabajo o deambulamos con la tranquilidad del paseante, el carillón sigue paso a paso el ritmo del día. Encumbrado y formando un conjunto armónico de metálicas voces, es como un vigilante impertérrito y fiel de la ciudad. Si pudiera hablar en latín, probablemente diría aquello del fugit inexorabile tempus que a veces hemos visto en ciertos relojes antiguos o de sol. Quién sabe si cuando el carillón vuelva a sonar, las cosas habrán cambiado: los sueños se habrán hecho realidad, los dolores se habrán amortiguado y se hayan agigantado nuestras ilusiones”.

Campanas

El primer carillón de la Generalitat fue construido en 1927 y tenía 13 campanas formando una escala cromática. Además de los cuartos y las horas, sus melodías populares sonaban automáticamente por el sistema de tambor metálico (procedimiento similar al de las cajas de música de cilindro con púas), marcando el ritmo y la vida del barrio: “Goigs de Nostra Senyora de Núria, Oració pel Rei, Cantiga CCLXXIX d´Alfons X el Savi, Goigs del Roser...”. El primer carillonista responsable fue Joan Baptista Lambert i Caminal (1884-1945), alumno de Enric Morera y Mas i Serracant.

Maria Dolors Coll, profesora de piano de la prestigiosa Academia Marshall, leyó que en España había pocos carillones y que en Malinas existía una escuela en donde se podían formar buenos intérpretes. Allí acudió varias veces para recibir cursos intensivos. Desde entonces dirigió todos sus esfuerzos para que un día fuera posible colocar en el Palau de la Generalitat un buen carillón, mucho más amplio, en el cual se pudieran tocar toda clase de melodías. El nuevo carillón fue inaugurado en el mismo lugar que el antiguo, el 21 de diciembre de 1976, tiene 49 campanas en una extensión de cuatro octavas y pesa 4.898 kilos, es decir, casi 5 toneladas (el de la catedral de San Benigno, en Dijón, pesa 21 toneladas). Lo construyó la casa Petit & Fritsen, de Aarle- Rixte (Holanda). El teclado, de madera, consiste en unas palancas cilíndricas ordenadas como en un órgano que se tocan con los puños, además de atender a los pedales. El carillón se puede accionar de dos maneras: automática y manual. El dispositivo automático está programado para que toque las horas desde las 8 de la mañana a las 8 de la noche, a lo que sigue una melodía popular catalana de unos dos minutos de duración. Por Navidad  se cambia la banda automática por otra con villancicos tradicionales. En cuanto a la interpretación manual, cada día, a las 12 y a las 18 horas Anna Maria Reverté ejecuta diversas composiciones y cada primer domingo de mes se celebra un concierto de una hora de duración, en el que participan intérpretes de toda Europa. Junto a la música popular, no es extraño escuchar transcripciones de fragmentos de  Charpentier, Couperin, Grieg, Haydn, Mompou, Mozart, Purcell, Satie, Tárrega, etc.

Teclado

Francesc Llop i Bayo, antropólogo y  máximo experto en campanas de España, ha dicho: “La música de carillón, interpretada manualmente, precisa de un público que sepa apreciar el esfuerzo que supone golpear un gran teclado conectado a los badajos de las numerosas campanas fijadas en la estructura metálica que la corona. No es necesario reconocer la partitura interpretada, es necesario abandonarse y dejarse llevar por la música que viene de allí arriba, que es de todos y a todos llega. La sonora, eterna música de las campanas, que modula, llena, mejora, reconforta por encima de cualquier ruido”. En una entrevista para la Vanguardia del 3 de octubre del 2007, declaraba: “Oyes una campana y escuchas lo mismo que han oído durante siglos nuestros antepasados. Las campanas son la única voz viva de un pasado remoto que hoy podemos escuchar. Sonidos que cohesionaron la identidad de cada pueblo. Cada comunidad tenía sus toques, sus códigos. Eras de un sitio porque te reconocías en el sonido de las campanas de tu pueblo. Pertenecías a un paisaje, a una cocina, hábitos, idioma... y a una campana”.

El carillón del Palau se escucha pero no se ve, a no ser que uno entre en el palacio y se dirija al Pati dels Tarongers, y, aún así, sólo lo vislumbrará. A menudo paso por el allí y pienso que me observa. Cuando ejecutan pasajes de corcheas con cierta rapidez, se produce una mezcla sobrecogedora de resonancias y disonancias en continua mutación. Todo un derroche acústico para un momento mágico.

Escribir a Joaquim Zueras Navarro