Ciclo de Conciertos y Solistas Extraordinarios

Flautas, cellos y Bach en Juventudes Musicales

(Por Carlos de Matesanz)

4 de noviembre de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. James y Jeanine Galway (flautas), Israel Camerata de Jerusalén. Dir: Avner Biron. Haydn, Rodrigo, Mozart y Cimarosa.
6 de noviembre de 2008, 22:30 h, Auditorio Nacional. Bach Collegium de Japón. Dir: Masaaki Suzuki.
13 de noviembre de 2008, 19:30 h, Auditorio Nacional. Martha Argerich (piano) y Mischa Maisky (cello). Beethoven, Grieg, Messiaen y Shostakovich.

James Galway es el más grande de los flautistas vivos de su generación; la parte más brillante de su carrera hubo de transcurrir a la sombra del inconmensurable Jean-Pierre Rampal; cuando éste falleció, a Galway ya se le había pasado de arroz. Y así sigue. En su concierto del día 4 lo demostró tocando, justito y sin mayores alardes, su propia adaptación para flauta de la Fantasía para un gentilhombre (original para guitarra y orquesta) de Joaquín Rodrigo. Algo más de encanto tuvo la interpretación, junto a su chisposa consorte, del Concierto para dos flautas en Sol mayor de Domenico Cimarosa. Pero donde Galway estuvo magnífico de sonido e involucrado de expresión es en algo que siempre le ha ido mucho y que se ve que es el único terreno en que ahora se siente a gusto: el crossover, con dos arreglos sobre melodías populares de las Islas Británicas, que tocó como bis, junto a un arreglo para dos flautas y orquesta de la Marcha Turca de Mozart y la Badinerie de la Suite nº 2 de Bach, tocada a toda castaña para demostrar que aún está bien de dedos. De lo que sigue estando insuperable Galway es de horterez vestuaria, característica en él: sus chaquetas son legendarias; actuó con una de amebas fucsia (sic) sobre fondo negro.

Masaaki Suzuki

Lo mejor de la velada fueron las entonadas y sensibles interpretaciones de la discreta pero disciplinada Camerata Israel dirigida por otro flautista: el veterano Avner Biron, poco refinado pero efectivo en la Sinfonía nº 89 en Fa mayor de Franz J. Haydn y crecido en la tremenda Sinfonía nº 40 en Sol menor de Wolfgang A. Mozart, que empezó floja pero fue a más.

No hubo estelaridades, irregularidades ni hortereces en el modélico monográfico dedicado a la música sacra del gran Johann Sebastian que dio el Bach Collegium de Japón dos días después, conjunto –orquesta con instrumentos de época y coro– de un gran prestigio internacional, merecido por la exquisitez y concentración de sus interpretaciones. Masaaki Suzuki dirigió con unción, intimidad y algo de impasibilidad (será el toque oriental) las Cantatas BWV 102 “Herr, deine Augen” y 140 “Wachet auf”, algo carente de desgarro esta última; y, en la segunda parte, la infrecuente Misa en Sol menor, BWV 235, una de las misas luteranas del Kantor de Santo Tomás, que contiene una música llena de júbilo y encanto, y que fue magníficamente traducida. Y eso que los solistas, que participaron en las tres obras y que se integraban en el coro en las partes corales, no eran nada del otro jueves: Robin Blaze (contratenor) y Jan Kobow (tenor), francamente flojos a pesar de su currículum internacional, y –un poco mejor– Hana Blaziková (soprano) y Peter Kooij (bajo).

Martha Argerich

Por más que se empeñen, ni la pianista Martha Argerich ni el cellista Mischa Maisky –ni otros amigos, como el violinista Guidon Kremer, con los que gustan de reunirse para veladas camerísticas– son músicos de cámara; tienen una manifiesta tendencia a ir cada uno a lo suyo, inveterada en el caso de la temperamental y genial pianista, que les puede. Aun así, fue un placer ver el día 13 a estos dos grandes músicos dar vida, un poco a su aire, a la hermosa Sonata en La menor, Op. 36 de Edvard Grieg (en la que Argerich se comió vivo a Maisky en muchos momentos), que sucedió a las Variaciones WoO 46 de Beethoven, que fueron mero calentamiento. Lo mejor estuvo en la segunda parte: una “Louange à la éternité de Jésus” del Cuarteto para el final de los Tiempos de Olivier Messiaen cantada con una enorme belleza sonora por Maisky, y una sensacional interpretación de la romántica Sonata en Re menor, Op. 40, de Dmitri Shostakovich. El público, que es muy mitómano, les regaló una ovación de lujo. El concierto se dedicó a la memoria de Félix Hazen, el rey de los pianos en la capital, que falleció en octubre.