Fundación Scherzo: Ciclo de Grandes Intérpretes
Lars Vogt
(Por Antonio José López Domínguez)
XIII Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Lars Vogt (piano).Alban Berg: Sonata, op. 1 (1911). Franz Schubert: 3 Klavierstücke, D 946, op. Post. (1828). nº 1. Allegro assai (Mi b M). nº 2. Allegretto (Mi b M). nº 3. Allegro (Do M). Ferenc Liszt: Sonata en si m (1857).Auditorio Nacional de Música de Madrid, 14 de octubre de 2008.
Por fin se retomó el ciclo de conciertos de Grandes Intérpretes de Scherzo tras el parón estival. En esta ocasión ha sido el turno de Lars Vogt (Düren, 1970) con un programa variado e interesante. El pianista alemán se ha labrado en pocos años, apenas una década y media, una sólida carrera con muy buenas referencias. Bagaje que se vio confirmado con una excelente actuación en su primera aparición en este ciclo. Admirador de pianistas como Claudio Arrau o Glenn Gould, Vogt dice sentirse entroncado en la tradición pianística de su país, la de un Edwin Fischer o un Walter Gieseking. El Auditorio Nacional no se llenó como con la ocasión de un Sokolov, Pollini o Zimermann, pero dedicó una gran ovación final al joven pianista.
Vogt abordó la Sonata de Berg con una concepción meridiana de sus niveles de disonancia y expresividad, así como de la intensidad del discurso, destacando en extremo las exigencias de cada plano sonoro. Llevó cada indicación a su máximo grado de acentuación con exquisita sensibilidad.
De Schubert, uno de sus autores preferidos, interpretó las 3 Klavierstücke D 946 con gran precisión del fraseo y una sutilidad fuera de lo común. Una recia interpretación, mostrando su gran calidad técnica, con cierto carácter obsesivo en el ritmo de la segunda y una deliciosa algarabía en la última.
El momento cumbre de la velada fue la segunda parte del concierto con la Sonata en Si m de F. Liszt, obra de gran complejidad técnica y consumado virtuosismo que interpretó de forma emocionante, vigorosa y sin concesiones, con un nivel de tensión y dramatismo brutal. Una versión sólida y rotunda, entregada con la energía y la pasión que demanda la obra, con ese agotamiento interno y externo que consume al pianista y agota al espectador, quien contuvo constantemente la respiración durante la interpretación.
El final perfecto fue un Nocturno de Chopin con el que se despidió el pianista alemán. Lars Vogt mostró una gran dosis de seriedad y un gusto exquisito por el trabajo meditado y bien hecho.


