Ópera en Valencia

Hasta el infinito… ¡y más allá!

(Por Fernando Morales)

Parsifal
Palau de les Arts Reina Sofía. Valencia, 4 y 7 de noviembre de 2008. Parsifal, festival escénico sacro, en tres actos. Música y libreto: Richard Wagner. Estreno: Bayreuth, Festpielhaus, 26 de julio de 1882. Parsifal: Christopher Ventris. Kundry: Violeta Urmana. Gurnemanz: Stephen Milling. Amfortas: Evgeni Nikitin. Klingsor: Serguéi Leiferkus. Titurel: Pawel Izdebski/Alexander Tsimbaliuk. Cuatro escuderos: Silvia Vázquez, Lani Poulson, Antonio Lozano, Saverio Fiore. Dos caballeros: Andreas Schneiber, Vicenç Esteve. Muchachas flor: Talia Or, Deborah van Renthergem, Mireia Pintó, Silvia Vázquez, Eugenia Bethencourt, Lani Poulson. Una voz: Maria Radner. Palau de les Arts Reina Sofía. Director Musical: Lorin Maazel. Director de escena: Werner Herzog. Escenografía: Maurizio Balò. Vestuario: Franz Blumauer. Iluminación: Guido Levi. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del coro: Francisco Perales. Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados. Director del coro: Luis Garrido.

Las ocurrencias de los directores de escena muchas veces son abucheadas por lo audaz o lo sencillamente disparatado de su propuesta, pero hay ocasiones que lo que despiertan son risitas del personal. Esto último le sucedió a Werner Herzog cuando imaginó que el Palau de les Arts era una inmensa nave espacial –al más puro estilo “Galáctica”-, embarrancada en un planeta semidesértico y que tras alcanzar por medio de Parsifal la redención podía reemprender su viaje interestelar. Sobre una pantalla aparecía el edificio de Calatrava al que le salía fuego por el trasero y emprendía ese viaje llevando consigo al Grial. Hay quien veía en esa imagen un mensaje que nos decía que el Palau de les Arts era el vehículo evangelizador que llevaba el Grial al último rincón del universo; otros, más pretenciosos, como el presidente autonómico, Francisco Camps, comentaban que constituía además una alegoría: que el Palau es el foco de irradiación cultural de una comunidad emergente como es la valenciana –estas palabras me las soplaron off the record.

Sea como fuere, situar Parsifal en el espacio no es ninguna cosa especialmente brillante, ¿qué no se ha hecho ya, y más con este título?, realmente puede hasta ser coherente, en vista de personajes tan excéntricos y poco comunes como el propio protagonista o Kundry o Klingsor, sin hablar de Titurel, que habla desde la tumba…

En realidad, no estuvo mal, era hasta interesante, sobre todo cuando se transformaba la escena para albergar la ceremonia de exaltación del Grial, cuando el coro masculino desfilaba lentamente y sobre sus cabezas bajaba una enorme antena transmisora. Hubo a quien el segundo acto le pareció lo mejor de la producción. Klingsor, subido en una especie de andamio, ordenaba a Kundry pervertir al héroe que se aproximaba apuntándole con un foco de intensa luz… con el que apuntaba a todos los espectadores, aprovechando la coyuntura y para hacerse más malo todavía. Las muchachas flor parecían sirenas flor, por el pelo encrespado y rojo que portaban y por los movimientos ondulantes de brazos de unas bailarinas situadas tras una especie de corales rojos, que acompañaban sus acciones y sus pueriles disputas cuando Parsifal hizo su entrada.

Lo mejor del tercer acto fue la negra coraza con la que aparece Parsifal cuando trae la lanza arrebatada a Klingsor: ¡Parecía Darth Vader antes de ser seducido por el lado oscuro!... o quizá después…

Tal como es la ópera, la dirección de actores no era excesivamente compleja, más cuando la única escena con cierto movimiento es la de las muchachas flor del segundo acto. La acción, tan morosa y pausada como la música.

Ahora bien, lo mejor de la noche, una vez más, lo puramente musical. Ciertamente, el Palau de les Arts se está volcando con Richard Wagner. La Tetralogía, que este año se completa, ya es sin duda un hito a nivel internacional, y este Parsifal ha alcanzado un nivel musical que podría decirse que pocos mejores se pueden disfrutar hoy en día en el mundo.

El nivel medio de las voces fue de excelente. El Gurnemanz de Stephen Milling, aun faltándole aliento en los pasajes en forte, fue noble, solemne y variado en su intención expresiva. Muy interesante fue el Parsifal de Christopher Ventris, potente, musicalmente vivo, dosificado y encima con timbre bello, virtudes que hoy no se encuentran en tenores wagnerianos, aunque este personaje no requiera de una voz de heldentenor. El Amfortas de Evgeni Nikitin, vestido cual Cristo crucificado de Velázquez, también fue convincente, puede que menos certero que los dos anteriores, pero bastante para un personaje que se pasa la ópera retorciéndose de dolor. Serguéi Leiferkus encarnó a un Klingsor más que sobresaliente. Se le dan bien los papeles de malo a este bajo ruso. Fue repulsivo, malvado, desagradable y todo ello valiéndose fundamentalmente de la voz y la expresividad corporal ya que apenas se movía del metro cuadrado del andamio en que estaba subido. Como ya comprobamos en Turandot el pasado año, la voz de Alexander Tsimbaliuk en Titurel se mostró temblorosa e insegura, además de no poseer un timbre especialmente seductor. Interesante la idea de hacerle cantar en el inmenso espacio desaprovechado que existe tras las butacas de platea hasta la salida al hall. Ya que tuve la fortuna de repetir, pude escuchar a Pawel Izdebski el día 4 como Titurel. Muy preferible éste último. Los comprimarios, de buen nivel general, como las seis muchachas flor, y sobresaliente de nuevo para las masas corales: la Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados y el Cor de la Generalitat Valenciana.

Parsifal en Valencia

Y ¿quién nos queda…? ¡claro!, la Kundry de Violeta Urmana. La he dejado para el final a propósito, porque considero que no existe a día de hoy una voz mejor que la de esta soprano o mezzosoprano lituana para este atormentado personaje. Los momentos musicalmente más perfectos se alcanzaron cuando ésta entraba en liza. Especialmente impactante fue el dúo del segundo acto con Parsifal, en el que la Urmana mostró una capacidad de seducción vocal magistral, así como reacciones alucinadas repentinas y cambios de estados de ánimo sobrecogedores, especialmente en la escena con Klingsor al comenzar el segundo acto.

La Orquesta de la Comunitat Valenciana es cara. Y más en esta época de crisis, pero, ¡qué caray!, es que es una gozada. No me canso de repetirlo, porque no me canso de admirarme del nivel que tienen estos chicos y chicas que la componen y que afortunadamente no es una orquesta provinciana como muchos políticos señalaron que se debía hacer. Ciertamente, de haberse hecho así, no resultaría tan cara… pero por lo menos, ya que es cara, que sea auténtica primera clase. Y lo es. Especialmente para ser una orquesta de foso. La cuerda estuvo subyugante -con un solista de violín que no sé el nombre, pero que estuvo soberbio-, las maderas sencillamente maravillosas, como el metal y el timbalero marcó el Verwandlungsmusik con una intensidad que ponía los pelos de punta.

Y el maestro… ¡bravo, maestro! Otro que es caro, y que pide mucho… pero ¡qué narices!, es que hace auténtica magia. Lorin Maazel no dejó que la obra cayera en la monotonía, aunque es a lo que tiende, especialmente en el ciclópeo primer acto. Ya el preludio sonó solemne pero cargado de dramatismo, de necesidad, de esperanza. La música de transformación, como ya he dicho refiriéndome al timbalero, fue acongojante. Resulta que Maazel se va, no seguirá como titular… ¡qué lástima!, ¿será por dinero?, ¿será porque no le dejan mandar lo que él quisiera?, ¿será, será,…? Será por lo que será pero el caso es que se va, y ahora toca encontrar a alguien que sea, por lo menos, mínimamente interesante en sus concepciones musicales. A ver qué nos cae…

Fotografías © 2008 by Tato Baeza - Palau de les Arts Reina Sofía
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