Ópera en Madrid
El Triunfo del Real
(Por Carlos de Matesanz)
10 y 11* de noviembre 2008, 20:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Georg Frederic Händel: “Il trionfo del Tempo e del Disinganno”. Oratorio en dos partes. Libreto de Benedetto Pamphili. Producción de la Ópera de Zurich. Dirección musical: Paul McCreesh, Dirección de escena: Jürgen Flimm, Escenografía: Erich Wonder, Iluminación: Martin Gerhardt. Belleza: Ingela Bohlin / Isabel Rey*, Placer: Anna Bonitatibus / Vivica Genaux*, Tiempo: Kobie van Rensburg / Steve Davislim*, Desengaño: Romina Basso / Marijana Mijanovic*.
Uno de los mayores éxitos de los últimos tiempos en la Ópera de Zurich, teatro modélico en tantos aspectos, ha visitado el Real de Madrid, y también aquí ha triunfado. La arriesgada decisión de llevar a escena un oratorio alegórico barroco, ambientándolo en un glamouroso restaurante de los años 30-40, funciona admirablemente gracias a un completo respeto a la letra de lo que se canta: los cuatro personajes involucrados realmente representan lo que los autores pretendían: la Belleza, el Placer, el Tiempo y el Desengaño; no son ni ejecutivos, ni ninfómanas, ni perturbados, ni cocheros de punto: son personajes alegóricos discutiendo sobre cuestiones intemporales a los que se ha dado carne vistiéndolos con unos figurines bellos y elegantes y convocándolos en un espacio escénico concreto, que es vistoso y a la vez funcional. Nada más: ni añadidos, ni subtextos, ni gaitas gallegas, que bastante tiene este oratorio dentro. Es verdad que determinados movimientos de la masa de figurantes (los clientes del restaurante) que animan la acción de una obra necesariamente lenta, a veces no se los explica uno y resultan algo marcianos; pero, en fin, nada es perfecto. Los cierto es que este Trionfo, a pesar de esa lentitud inherente, progresa hacia un palpable dramatismo y que, al final, conmueve hondamente, después de casi tres horas de emoción creciente.
Junto con el espectáculo bien concebido y dirigido, junto con un aspecto visual cuidado y estimulante (excelente iluminación), lo realmente importante fue el aspecto musical, muy cuidado para estas representaciones, con un director realmente magnífico. En sus últimas visitas madrileñas –dirigiendo lo mismo Haydn que Britten–, Paul McCreesh no ha defraudado en absoluto; ahora, en “su” terreno, el Barroco, menos. Hizo sonar con una finura a la Sinfónica de Madrid, que casi parecía –especialmente, los violines, sin ningún vibrato– sus Gabrieli Players.
El doble reparto estuvo encabezado por la Belleza de Ingela Bohlin, más juvenil y barroca, e Isabel Rey, más “madurita interesante” de voz, con modales más belcantistas, pero crecidísima dramáticamente hacia el final, con un aria de cierre desgarradora cantada en un pianissimo constante que nos dejó helados. El Placer, personaje muy lucido y aplaudido, estuvo magníficamente defendido por Anna Bonitatibus –más cómoda en este papel más agudo que el Tamerlano de su última aparición en el Real–, que tiene una voz más sedosa que Vivica Genaux, pero ésta venció en las arias finales porque su voz –más metálica– perfila mejor las coloraturas; y en la celebérrima aria “Lascia la spina” (que luego Händel utilizaría en Julio César como “Lascia ch’io pianga”) se empleó a fondo e hizo una traducción fantástica. Los tenores fueron lo más flojo del cuarteto, aunque Davislim está mucho mejor de voz que el gangoso van Rensburg; y las contraltos, lo más revelador: a pesar de que la Mijanovic –que estuvo muy convincente– es la que tiene más renombre en el circuito lírico, la joven Romina Basso cantó el papel de gravísima tesitura del Desengaño con una dulzura, una convicción y una delicadeza únicas, prestándole una voz homogénea en todo el registro y con un color de gran belleza que recordaba a Lucia Valentini-Terrani en sus primeros años; el tiempo pareció pararse en su aria con flautas “Crede l’uom ch’egli riposi”.
Salir de un espectáculo sobre el que pesan tres siglos justos conmovido y convencido de comprender y compartir lo que los autores dijeron hace tanto tiempo; salir preguntándote como un joven de 22 años, por muy Händel que fuera, pudo alcanzar tal profundidad de sentimiento en asuntos tan abstrusos como la verdad teológica; salir, en definitiva, encantado y admirado de un oratorio barroco convertido en ópera, es algo que, por una vez, creo que le debemos agradecer al director de escena, habitual blanco de nuestras justas iras. Muchas gracias, Mr. Flinn.


