Ópera en Oviedo
No es Teatro del absurdo
(Por Eugenia Fernández Tejón)
LXI Temporada de ópera de Oviedo. “Il barbiere di Siviglia”. Gioacchino Rossini. Intérpretes: José Manuel Zapata (tenor, conde de Almaviva), Bruno de Simone (barítono, Bartolo), Silvia Tro Santafé (mezzosoprano, Rosina), Pietro Spagnoli (barítono, Fígaro), Simón Orfila (bajo, Basilio), Arturo Pastor (barítono, Fiorello), Aurelio Braz (Ambrogio), Marta Ubieta (soprano, Berta), Elier Ernesto Muñoz (barítono, un oficial), Alejandro Suárez (un notario). Coro de la Ópera de Oviedo. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Dirección musical: Álvaro Albiach. Dirección de escena: Mariame Clément. Teatro Campoamor. Oviedo. 16 de Diciembre de 2008.
Si aún quedase algún “factotum” en esta ciudad, tendría de que hablar. La cuarta representación de la Temporada de Ópera de Oviedo dividió a público y crítica. La polémica surge a partir de una arriesgada escenografía que a punto estuvo, en algunas escenas, de pasar la peligrosa línea entre lo divertido y la caricatura. Se le achacó a la joven directora Mariame Clément que utilizara la comicidad innata de la obra para introducir gags demasiado oportunistas, así como la falta de un criterio que unificara la historia en un tiempo o época concretos. Esta nueva producción, fruto de la colaboración de la Ópera de Oviedo con el Stadt Ttheater Bern, transcurre en una zona residencial de chalets adosados como cualquiera de los que proliferan en nuestras ciudades. Una única estructura iba girando y mostrando el interior de las viviendas. Una auténtica caja de sorpresas en la que los roles se adaptaron al mundo moderno de manera que la mayor parte de las intrigas amorosas tienen lugar en la clínica del dentista. Se pudieron ver momentos ingeniosos y realmente divertidos, como cuando Rosina cantó su cavatina mientras se depilaba, cual nínfula de Nabokov, en una interpretación de excelente actriz a la que se une la dificultad de sustituir los adornos de la melodía por onomatopeyas de dolor sin caer en lo irreverente. Hasta aquí una escenografía ingeniosa y bien dirigida si no fuera porque se estiró en exceso la vis cómica hasta el punto de llegar a intervenir libreto y música. Era de esperar el sonoro pateo del estreno, por parte de ese sector de público purista que defiende un mayor respeto al original, ante un Conde de Almaviva que interpreta con acento americano su texto, emula a Gene Kelly en “bailando bajo la lluvia” y a John Travolta en “Fiebre del sábado noche” o hace amistad con Fígaro al más genuino estilo masculino orinando en una pared.
Lo que no dio lugar a dudas fue la calidad de las voces. Aunque parte del elenco declaró no estar de acuerdo con la propuesta escénica avivando la polémica, se vio que aceptaron el reto demostrando excelentes dotes interpretativas para la ópera bufa. Afines y especialistas en este repertorio, desplegaron soltura y simpatía en el escenario.
José Manuel Zapata vuelve a Oviedo después de protagonizar recientemente al conde de Almaviva en el Metropolitan de Nueva York. Maestro en los efectos cómicos que el público supo agradecer. Una voz con brillo aunque se fuera de tono en determinados pasajes. Se pudo ver el gran esfuerzo realizado, quizá demasiado evidente a falta de una mayor fluidez natural. Silvia Tro, vinculada al papel de Rosina desde su debut en el festival Rossini de Pésaro, demostró un buen dominio de la técnica. Voz de bello timbre muy segura en los agudos en su voz de mezzo. El barítono Pietro Spagnoli presentó un atractivo Fígaro que suavizó su tradicional prepotencia volviéndose soñador. Consistente y seguro de voz, sacó el máximo provecho a sus dotes expresivas en el aria emblemática “Largo al factotum della cittá”. Bruno de Simone, moldeó el personaje, que tradicionalmente tiene un carácter autoritario, desde una perspectiva más humana y tierna. Ha cantado el papel de Bartolo por todos los grandes teatros mundiales y es considerado especialista de este papel con premios como el “Rossini de oro” en 2007. Simón Orfila, como Basilio, extendió su voz de bajo en la célebre “la calumnia” de manera brillante.
El director Álvaro Albiach, que vuelve a hacer equipo con Mariame Clément después que en 2006 dirigieran juntos “Il viaggio a Reims”, no supo sacar el máximo rendimiento a la OSPA a pesar de que en Rossini es vital el protagonismo de la sección orquestal como apoyo descriptivo y contrastante de las voces o enfatizando las complejas intrigas de la acción. No ajustó volúmenes a las voces en repetidas ocasiones y a su interpretación le faltó energía y empuje.
Entre el pateo y la ovación este Barbero vino a demostrar una vez más que decididamente el protagonismo lo tiene ahora los directores de escena, para bien o para mal.


