Ópera en Barcelona

Unas descafeinadas Bodas liceístas

(Por Ovidi Cobacho Closa)

Le Nozze di Figaro
Le Nozze di Figaro; Ópera de W. A. Mozart sobre libreto de L. Da Ponte. Ludovic Tézier (Conde Almaviva), Emma Bell (Condesa Almaviva), Ofelia Sala (Susanna), Kyle Ketelsen (Figaro), Sophie Koch (Cherubino), Marie McLaughlin (Marcellina), Friedemann Röhlig (Bartolo), Raúl Giménez (Basilio), Roger Padullés (Don Curzio), Eliana Bayón (Barbarina), Valeriano Lanchas (Antonio); Cor y Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Antoni Ros-Marbà. Dirección escénica: Lluís Pasqual. Producción: Gran Teatre del Liceu y Welsh Nacional Opera (Cardiff). Barcelona, Gran Teatre del Liceu, 16 – XI – 2008.

La segunda de las obras de esta temporada liceísta tuvo como aliciente la presentación de una nueva producción de las exquisitas Bodas mozartianas, dirigida por el tándem catalán de Lluís Pasqual, en lo escénico, y Antoni Ros-Marbà, en lo musical.

Pasqual abordó la escena optando por una lectura ajustada al libreto, sin recreaciones visionarias ni pretensiones transgresoras, cosa que permitió al público gozar de la divertida acción dramática concebida por el perspicaz y talentoso libretista Da Ponte. El movimiento escénico tuvo sus más y sus menos, de ritmo ágil e imaginativo en los dos primeros actos, cayó luego en algunas reiteraciones en el tercero y fue especialmente impreciso y ambiguo en el cuarto. La iluminación (Albert Faura) y la escenografía (Paco Azorín), de un blanco elocuentemente clasicista y ambientada en la década de los años 30 del pasado siglo, contribuyeron positivamente a la narración dramática, aunque en el cuarto acto su efectividad quedara desdibujada por el abuso de unos módulos móviles que, a modo de espejos, pretendían recrear ambiguamente la atmósfera noctámbula de la escena del jardín.

Bodas liceístas

En el reparto de intérpretes brilló con luz propia la excelente Susanna de la soprano valenciana Ofelia Sala; simpática y desenvuelta en la escena y de extraordinaria musicalidad en lo canoro, estuvo impecable en los duetos y concertantes e hizo una interpretación ejemplar de su aria del cuarto acto (“Deh, vieni, non tardar”). A su lado, el Fígaro del estadounidense Kyle Ketelsen demostró habilidad para recrear los múltiples registros que exige este personaje, aunque no siempre lograra sacar todo el partido dramático de sus intervenciones; vocalmente sacó provecho de sus  intervenciones solistas en la canzonetta y la “Non più andrai” del primer acto, así como también de sus numerosas intervenciones concertantes. Ludovic Tézier fue un conde de noble línea canora y buena presencia escénica, aunque quedó un tanto desdibujado en alguno de los concertantes. La condesa de Emma Bell, debutante en el Liceu, sorprendió inicialmente por su timbre opaco, pero no tardó en seducir al auditorio gracias a su elegante y exquisito sentido del fraseo, coronando su interpretación con una deliciosa “Dove sono”, uno de los momentos musicales más inspirados, emotivos y aplaudidos de la velada. La también debutante Sophie Koch encarnó un entrañable y divertido Cherubino, aunque su canto, excesivamente afectado, no lograra sacar todo el partido de su tierna canción “Voi che sapete” del segundo acto. El Bartolo y la Marcellina de Friedemann Röhlig y Marie McLaughlin, respectivamente, cumplieron con eficacia y competencia en sus papeles, así como también el resto de comprimarios, entre los que cabe destacar la deliciosa Barbarina de Eliana Bayón.

Comentario aparte merece el desdibujado papel de la orquesta titular del teatro y la dirección musical del maestro catalán Antoni Ros-Marbà. A pesar de ser un declarado mozartiano, Ros-Marbà no estuvo esta vez a la altura de las circunstancias. Después de una tenue obertura, la falta de fluidez discursiva y contención en el volumen, así como los reiterados desajustes e imprecisiones entre foso y escena acabaron por lastrar buena parte de los números musicales, especialmente los concertantes, que en Mozart nunca admiten vacilaciones y exigen de un engranaje y una precisión de reloj suizo. Al final, la sensación de un Mozart descafeinado se tradujo en los tibios aplausos del público, entre los que pudieron escucharse, desde los pisos altos, algún que otro abucheo dirigido al foso y a la dirección musical.

Fotografía: © Antoni Bofill,
Cortesía del Gran Teatre del Liceu de Barcelona
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