Ópera en Valencia
Y sigue siendo aquél
(Por Fernando Morales)
Palau de les Arts Reina Sofía. Valencia, 15 de diciembre de 2008. Iphigénie en Tauride, tragedia lírica en cuatro actos. Música: Christoph Willibald Gluck. Libreto: Nicolas-François Guillard. Estreno: París, Ópera de París, 18 de mayo de 1779. Iphigénie: Violeta Urmana. Oreste: Plácido Domingo. Pylade: Ismael Jordi. Thoas: Riccardo Zanellato. Diane: Amparo Navarro. Primera sacerdotisa/Mujer griega: Rocío Martínez. Segunda sacerdotisa: Carmen Romeu. Un escita/Ministro: Rodrigo Esteves. Director Musical: Patrick Fournillier. Director de escena: Stephen Wadsworth. Director de escena de la reposición: Sarah Schinasi, Daniel Pelzig. Escenografía: Thomas Lynch. Vestuario: Martin Plakedynaz. Iluminación original: Neil Peter Jampolis. Iluminación de la reposición: Bruno Ciulli. Coreografía: Daniel Pelzig. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de Cambra Amalthea. Director del coro: David Gálvez.
Pasen los años que hayan de pasar, tenga la edad que tenga que tener, pero él sigue siendo aquél, ¡y tanto que lo sigue siendo! Plácido Domingo sólo hay uno y sólo habrá uno. Es como la Malibrán, la Callas, Caruso, es único e irrepetible. Que la ópera clásica y seria de Gluck no sean su terreno natural ni el ideal para los puristas ortodoxos o los historicistas recalcitrantes, pues seguro, pero igual que Maria Callas –ahí está su grabación en italiano de esta misma ópera en La Scala-, su sola presencia basta para transfigurar la escena. Es como un torbellino que arrastra a sus acompañantes en el escenario. Llena el escenario con su voz, su presencia, su carisma, su musicalidad innata.
Ya no es lo que era; pues estaríamos buenos si con los años y años y las cosas innumerables que ha hecho estuviera como hace treinta años. Evidentemente su voz se ha oscurecido y su timbre se ha abaritonado mucho, tanto que este Orestes es más propio de un barítono Martin que de un tenor como él, todoterreno. Pero lo defiende, y cómo lo hace. Ya lo demostró en Madrid con el Haendel que cantó recientemente: Plácido es inteligente, ambicioso y… sobre todo, un animal de escena. Habrá que sacarlo a rastras algún día, pero mientras pueda mantenerse con la categoría que su nombre exige, ahí estará. Y gente de una generación como la mía podremos contar que lo hemos visto en escena y no que nos hemos conformado con verlo y escucharlo en grabaciones.
Junto a él brillaron los demás, en una producción de este título de Gluck, que acabó constituyendo un nuevo gran éxito del coliseo valenciano. Después de una irregular Luisa Miller, se suponía que con una ópera clásica no se iba a fallar. Y así fue. Violeta Urmana estaba indispuesta, según anunciaron por megafonía, pero cantó. Estupendo para todos, porque tras su maravillosa Kundry de octubre, la pudimos volver a ver manejándose en una obra tan diferente como ésta. Ismael Jordi fue muy aplaudido y aclamado, personalmente no disfruto escuchándole cantar. No me agrada su voz, pero tantos no se pueden equivocar, y el chico lo hace muy bien. Bueno, mucha gente siente repulsa por Plácido Domingo–yo no siento repulsa por Ismael Jordi, ni mucho menos.
Tampoco disfruté con el Thoas o Zoas o como sea de Riccardo Zanellato. Sí fue convincente la Diane de la valenciana Amparo Navarro, soprano lírica valenciana que bien podría abordar papeles de spinto por su importante caudal vocal.
La dirección de Patrick Fournillier fue sabia y convincente. No brillante. Es de ese tipo de directores que podría suceder a Lorin Maazel… a no ser que se siga con la billetera llena y se traiga a una nueva primera figura internacional. Nunca se sabe con esto de la crisis. Pero es cierto que el director galo es un kapellmeister de probado oficio y recursos, de batuta flexible y satisfactoria… un buen músico, en suma.
Se reponía una producción debida al Metropolitan y la ópera de Seattle y que comandaba Stephen Wadsworth y que aunaba espectacularidad con fidelidad a la trama. En esta reposición se han encargado de llevarla a puerto Sarah Schinasi y Daniel Pelzig, quien además se responsabilizó de una coreografía de un gran interés.
La orquesta se manejó con gran flexibilidad en este repertorio y se adoptaron modos historicistas de manera muy natural, cosa que tal como nos hemos acostumbrado hoy a escuchar estos repertorios, se agradece bastante. El Cor de Cambra Amalthea convenció plenamente en su participación en esta ópera, muy bien llevado por el joven compositor y director valenciano David Gálvez.


