Ópera en Valencia
Mal vamos de bajos
(Por Fernando Morales)
Palau de les Arts Reina Sofía. Valencia, 27 de noviembre de 2008. Luisa Miller, Melodrama trágico en tres actos. Música: Giuseppe Verdi. Libreto: Salvatore Cammarano. Estreno: Nápoles, Teatro San Carlo, 8 de diciembre de 1849. Rodolfo: Marcelo Álvarez. Luisa: Alexia Voulgaridou. Miller: George Gagnidze. Conte di Walter: Orlin Anastassov. Federica: María José Montiel. Wurm: Rafal Siwek. Laura: Francesca Pedaci. Un aldeano: David Asín. Director Musical: Kynan Johns. Director de escena: Lamberto Puggelli. Escenografía y vestuario: Luisa Spinatelli. Iluminación: Bruno Ciulli. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del coro: Francisco Perales.
Es algo que se viene observando desde la misma apertura del Palau de les Arts: donde más flaquean los repartos es en los títulos italianos del siglo XIX. Voces pequeñas para la ópera clásica, inclasificables para la contemporánea -¡ha habido ópera contemporánea y yo sin enterarme!-,... incluso para los títulos wagnerianos sin querer violar el altar sagrado de las grandes voces del alemán y que conocemos gracias al disco. Para todas ellas el Palau ha reunido un elenco más que notable y con resultados artísticos muy apreciables, pero cuando hablamos de títulos románticos como: Carmen, Turandot, y sobre todo los dos últimos ejemplos verdianos, Don Carlo y esta Luisa Miller, es cuando nos viene a la memoria un más insulso recuerdo.
Como dicen en mi pueblo: a falta de pan, buenas son tortas, y siendo el caso de Marcelo Álvarez, no está nada mal como torta. Es que el pan, visto el panorama, es muy caro y sobre todo muy escaso. Creo que en el caso al que nos referimos, más bien lo segundo. También es una torta satisfactoria la mezzo María José Montiel, pero pare usted de contar.
No es que no sean buenos, son pasables y dignos, pero no son convincentes. Claro está que hablo del caso de un escenario que con rectores como Lorin Maazel, edificios como el de Calatrava –con butacas ciegas a porrillo- y presupuestos como el que maneja el Reina Sofía, elementos ellos que obligan en cierta medida a dar un producto de superior categoría.
Alexia Voulgaridou fue una Luisa solamente aceptable. Todavía fría en su primera intervención, no hizo nada especialmente reseñable en lo relativo a la coloratura. Tampoco es una voz de brillo y potencia. Sí tiene un timbre agradable. Menos mal. Tampoco es malo el barítono George Gagnidze -no pude escuchar al otro, Andrzej Dobber- pero no posee la nobleza, el empaque, el squillo que demandan los importantísimos barítonos verdianos.
Mal vamos cuando nos referimos a la pareja de malos. Orlin Anastassov es un barítono que ya conocimos como un insuficiente Felipe II y no lo iba a ser menos como Conde di Walter, aunque por lo menos este personaje no es tan decisivo como aquél. Nada del otro mundo, por no decir de este, es el bajo Rafal Siwek, encargado del malo-malísimo-lascivo-lascivísimo Wurm.
Ahora es cuando me hago la pregunta, en la que evidentemente hago gala de mi mayúscula ignorancia: ¿Por qué motivo se insiste tanto en contratar voces del este para óperas latinas?
Claro quedó con la intervención de Marcelo Álvarez como Rodolfo, dominando el lenguaje, o por lo menos, siendo capaz de comprender el alcance de cada palabra y los recursos expresivos que se le puede sacar a cada sílaba. Se gana mucho de esta manera, aunque es cierto que el exceso de énfasis empleado por el mencionado tenor argentino le llevó a sobreactuar en momentos puntuales, como en los finales de acto.
Estáticos e inexpresivos fueron los mencionados barítonos encargados de Miller y de Walter, personajes para los que Verdi dibujó ya en este título –quizá una de sus primeras veces- un mundo interior que debe ser asumido y mostrado por los cantantes que los asuman. No tiene ese apartado psicológico el directo personaje de Wurm. Si a todo esto le añadimos la falta de belleza vocal tenemos unos resultados poco convincentes. Es decir, y como sucedió con Don Carlo, ni fu ni fa.
Una falta de chispa provocada por la conservadora y poco colorista dirección musical de Kynan Johns. Se puso malo Lorin Maazel, o eso certificaría un médico, pero santa gracia que le hizo a un servidor. Sin duda, no es Verdi autor para que Kynan Johns haga valer sus virtudes. No le encontró el pulso a la ópera ni le imprimió ningún mérito especial. Ni fue vibrante, ni caluroso, ni apasionado. Problemas de competir con Maazel, que según nos cuentan se volvió a lucir en este título que le viene como anillo al dedo, que ama y domina especialmente, como demostró ya en el Palau de la Música cuando la dirigió en versión de concierto allá por el 2001 si no me falla la memoria.
La puesta en escena de Lamberto Puggelli fue bonita. Necesitó un artículo en el libreto para hacerse entender, aunque a un servidor, que esa noche fue un poco con el piloto automático, ni así lo vio claro. Lo ambientó en los Países Bajos de Vermeer y Rembrandt y vistió con la profesionalidad de Luisa Spinatelli a los personajes. Bonito, aunque lo mejor fue cuando hizo salir al balcón a Miller al final de la obra en bata de andar por casa. Le faltaron las zapatillas rosas de ositos y el mando a distancia.
Pasó que, claro, su hija agonizante en el suelo con la mano alzada pidiendo su presencia y él, subido al balcón, bajando corriendo para conseguir llegar a tiempo a la escena final. Llegó, pero por los pelos, como el metro de Valencia… También correspondió la escenografía a la mencionada Luisa Spinatelli. La construyó en dos niveles en los que se abrían espacios en los que a menudo aparecían figurines que imitaban a los protagonistas, incluido un strip-tease de Luisa. Bueno. Pues vale, que venga Carles Santos y lo vea.
Y nada más, no estuvo mal, pero no tan bien como estábamos acostumbrados con los dos últimos Wagner –Siegfried y Parsifal-, sensacionales y unos previos Puccini –Madama Butterfly y Turandot-, no menos sobresalientes.


