Ópera en Oviedo
La tentación tiene forma
(Por Eugenia Fernández Tejón)
LXI Temporada de ópera de Oviedo. “The Rake´s Progress”. Igor Stravinsky. Intérpretes: Darren Jeffery (bajo, Trulove), Elizabeth Frutal (soprano, Anne Trulove), Marlin Miller (tenor, Tom Rakewell), Chester Patton (barítono, Nick Shadow), Rebecca de Pont Davies (mezzosoprano, Mother Goose), Dagmar Pecková (mezzosoprano, Baba The Turk), Francisco vas (tenor, Sellen), Francisco Santiago (bajo, guardián del manicomio). Coro de la Ópera de Oviedo. Orquesta Oviedo Filarmonía. Dirección musical: Mikhail Agrest. Dirección de escena: André Engel. Teatro Campoamor. Oviedo. 23 de Noviembre.
Pocos músicos como Stravinsky presentan una obra tan variada, cambiante y desigual. Su etapa neoclásica es posiblemente la más incomprendida a pesar de que creyó en ese proyecto desde que ya en los años veinte componía una ópera como Mavra en la que empezaba a utilizar su ingenioso a la manera de, sistema que casi treinta años después, con el estreno de The Rake´s Progress en la Fenice, siguió siendo criticado y juzgado como un pastiche sin gloria. Desde entonces nunca ha sido una ópera suficientemente valorada y todavía hoy su estreno en Oviedo, uno de los teatros de ópera más consolidados, viene marcado por algún que otro recelo por parte del público. Lo que para algunos es una copia de formulas anteriores porque sus melodías suenan a Mozart, Purcell o el madrigal inglés del barroco, es en realidad un profundo estudio de la forma y su estructura interna, según la idea unitaria y formalista que rige la obra de este autor.
El argumento es otra vuelta de tuerca al recurrente mito del Don Juan. En este caso la referencia no es literaria si no pictórica, a partir de una serie de ocho grabados de Hogarth donde se representa, a modo de escenas morales, la azarosa carrera de libertino y que Stravinsky pudo contemplar en una exposición celebrada en 1947 en el Art Institute de Chicago. La escenografía de André Engel supo dar el toque de humor necesario sin estridencias a esta alegoría moral, actualizando con su estilo de musical americano el espíritu de la ópera bufa, la opéra-comique, el singspiel y en definitiva un género lírico que revive en este montaje. El teatro dentro del teatro como lo vimos en el ingenioso epílogo final en el que los personajes, despojándose de disfraces y pelucas, explican la moraleja: cuidado con la tentación y el diablo que nunca descansa.
En esta ópera giocosa, como el mismo autor la definió, Elizabeth Frutal le dio voz y personalidad a Anne Trulove, entendiendo muy bien la psicología unitaria del personaje que no cambia en su fe hacia la persona que ama hasta que la evidencia de la locura de Tom la hacen desistir. Vocalmente demostró que se trata de una de las mejores sopranos de coloratura de su generación. Marlin Miller, en el papel de Tom Rakewell, hizo un digno trabajo teniendo en cuenta la dificultad técnica y dramática del personaje protagonista. El diablo que acecha y siempre vence fue también en este caso el triunfador de la noche. La presencia y dotes interpretativas del barítono norteamericano Chester Patton encajaron como anillo al dedo en un papel que domina y conoce a la perfección.
La orquesta Oviedo Filarmonía, dirigida por el maestro ruso en alza Mikhail Agrest, se consolidó como otra opción de nivel dentro de la temporada a pesar de la dificultad rítmica de la partitura.
Un espectáculo como éste, lleno de vida y colorido de estética cinematográfica y guiños al mundo del comic, no hace sino evidenciar la paradoja de una ópera donde se equilibran pasión y razón de forma natural. Por una parte la labor a modo de artesano medieval que crea y reinventa el material sonoro heredado de Stravinsky y por otro el magnífico libreto fruto de la unión de dos literatos, W. H. Auden y Chester Kallman, que exprime todas las pasiones humanas posibles hasta el extremo de la locura.
En este subjetivo mundo de la ópera donde los gustos se vuelven pasión, hierran los que creen debilidad lo que en realidad es intención en quien hace deliberadamente de su música la antítesis del Romanticismo y para el que términos como inspiración son la bruma que impide ver claro en un dominio donde todo es equilibrio y cálculo.


