Ópera en Barcelona
Un Simon Boccanegra a la moda
(Por Ovidi Cobacho Closa)
Simon Boccanegra; Ópera en un prólogo y tres actos de G. Verdi, sobre libreto de F. M. Piave revisado por Arrigo Boito. Anthony Michaels-Moore (Simon Boccanegra), Amelia Grimaldi (Krassimira Stoyanova), Giacomo Prestia (Jacopo Fiesco), Marcello Giordani (Gabriele Adorno), Marco Vratogna (Paolo Albiani), Pavel Kudinov (Pietro); Orquestra Simfònica y Cor del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Paolo Carignani. Dirección escénica: Jorge Luis Gómez. Co-producción: Gran Teatre del Liceu / Grand Théâtre de Genève. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, 11 – I- 2009.
Después de casi 20 años, el Simon Boccanegra verdiano reapareció, el pasado mes de diciembre, en el coliseo barcelonés. Ópera representativa, aunque no popular, del período de madurez de Verdi —la instrumentación de su versión definitiva constituye uno de los ejemplos más refinados en el uso de recursos melódicos y armónicos de este compositor—, cuenta con numerosos atractivos que harían deseable su presencia más frecuente en los escenarios internacionales. Como es sabido, Verdi hizo dos versiones de la misma, la primera estrenada en Venecia en 1857 y una segunda (en realidad consistió en una revisión del libreto y parte de la orquestación original, con la inestimable colaboración literaria de Arrigo Boito, artífice dramático del añadido de la segunda escena del primer acto), 24 años después, estrenada en La Scala de Milán el 24 de marzo de 1881. Esta última acostumbra a ser la más habitual y la que pudo escucharse en la producción estrenada en Barcelona.
El mayor acierto artístico de esta reposición vino de la parte musical. El reparto de solistas vocales, que incluye papeles de notable exigencia y envergadura, estuvo resuelto, conjuntamente, de forma satisfactoria. Anthony Michaels-Moore —quien vino a sustituir al anunciado Carlos Álvarez— afrontó el rol principal de Boccanegra con solvencia canora, especialmente lucido en los acentos más líricos del personaje, mientras que en lo escénico le faltó un mayor ímpetu en los pasajes más dramáticos de la obra. A su lado, el noble Fiesco de Giacomo Prestia logró sacar partido de su autoridad escénica, junto a una interpretación vocal impoluta en todo momento. Marcello Giordani encarnó un radiante Gabriele Adorno, de canto enérgico y generoso, coronado con agudos firmes y brillantes. Su amada Amelia/Maria estuvo interpretada ejemplarmente por la soprano búlgara Krassimira Stoyanova, quien supo derrochar todo el candor melódico y empeño dramático que requiere el personaje desde sus primeras intervenciones del primer acto. Marco Vratogna fue también un más que notable Paolo Albiani, tanto en el aspecto vocal como en su hábil recreación dramática. Completaron el reparto con competencia y eficacia Pavel Kudinov (Pietro), Jorge de León (Capitán) y la siempre exquisita Claudia Schneider (criada de Amelia).
En el reparto de personajes de esta obra, no podemos olvidarnos de otro de los grandes protagonistas de este drama: el pueblo, constituido por las facciones enfrentadas de patricios y plebeyos, e interpretado en estas funciones con suma maestría por el Cor del Gran Teatre del Liceu. En este sentido, cabe subrayar la importante labor que está llevando a cabo su director José Luís Basso, quien está logrando, año tras año, elevar el nivel de esta formación. Aunque, lamentablemente, no sea éste el caso de la orquesta titular del teatro, en esta ocasión cabe destacar su correcta ejecución de la partitura verdiana bajo la dinámica y eficaz dirección de Paolo Carignani.
Por lo que se refiere a la dirección escénica, a cargo de José Luis Gómez, tuvimos más de lo mismo: mucha actualidad y poca originalidad. Se inscribe dentro de la actual moda o tendencia, convertida ya casi en dictadura, que postula la imprescindible necesidad de desnaturalizarel ambiente, de transgredir el marco y las referencias históricas de cualquier drama; todo ello en pos de ofrecer una lectura “renovadora”, “actualizadora”, esencializadora, más cercana al espectador de nuestros días. Un actitud y un proceder, devenidos ya en dogma progresista, que parecen no tener ningún complejo en tratar al espectador de lerdo e ignorante, de sujeto incapaz de reconocer y de acceder, sin el auxilio tonificante de los maestros de la nueva escena, a aquello de universal, profundo y atemporal que emana de la acción concreta de obra. Para ello hay que servirle los dramas masticados, “depurados”, convertidos en culebrón de media tarde o envueltos en sofisticadas atmósferas abstractas, más allá de toda lógica de tiempo y espacio. Una “necesidad ineludible de renovar ópticas”, afirma el mismo Gómez, olvidando, o callando, que el simple hecho de volver a llevar a escena una obra, con nuevos intérpretes y ante nuevos espectadores, ya implica per se una reinterpretación y una nueva lectura de la misma, sin necesidad imperativa de tener, por ello, que alterar o desnaturalizar la acción de su contexto original. A no ser que la obra en cuestión, en realidad, sea una mera excusa sobre la cual puedan satisfacer sus pretensiones creativas y visionarias algunos mesías de la nueva escena.
Lo más triste de estas renovadoras producciones es que, más allá de la provocación, apenas logran alcanzar los objetivos que se proponen. Lejos de revelar y de destilar la esencia dramática de la obra, se sumergen en un mar de ambigüedades que solo alcanzan a generar mayor confusión y perplejidad al espectador poco conocedor de la obra, sin aportar, en la mayoría de los casos, mayor claridad ni riqueza que las ya existentes en el drama original. Un caso ejemplar de esto lo tenemos en esta nueva y pretendidamente renovadora producción de Simon Boccanegra, despojada toda ella de cualquier referencia historicista, sumergida en la más remota ambigüedad temporal y desprovista, en última instancia, de cualquier marco espacial de referencia. Ante este vacío existencial, no solo las referencias al mar, a los ideales políticos, a Petrarca o a Spinola, sino las mismas manifestaciones de amor suenan a hueco, quedan desdibujadas, descolocadas como pulpo en un garaje, lastrando visualmente el enorme potencial evocador y expresivo de la música verdiana. Harían bien, el Sr. Gómez y afines, en replantearse algunos de sus credos y comenzar a progresar por el sendero donde lo hizo el mismo Verdi: “Ritorniamo all’antico, sarà un progresso”.
La historia del arte avala que las mayores innovaciones siempre han llegado de una profunda revisión del pasado, no de la voluntad de imponer el cambio por el cambio. La novedad siempre es caduca. Solo es perenne cuando se renueva a sí misma, ante la percepción directa de cada espectador, y cuando esto ocurre no necesita de grandes intermediarios ni sofisticadas ocurrencias para lograrlo.


