Concierto en Madrid
La Gewandhaus en Madrid
(Por Carlos de Matesanz)
Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. Auditorio Nacional.
19 de febrero, 19’30 hrs. F. Mendelssohn: Obertura trompeta, Op. 101; Concierto para piano nº 1, Op. 25; Sinfonía nº 3, Op. 56, “Escocesa”.
20 de febrero, 22’30 hrs. A. Bruckner: Sinfonía nº 3 en Re menor “Wagner”.
Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Dir: Riccardo Chailly.
Riccardo Chailly.
Fotografía
© by Gert Mothes
No se puede desear, para celebrar el bicentenario del nacimiento de Mendelssohn, nada mejor que tener la oportunidad de asistir a un concierto de la orquesta que él mismo dirigió y ayudó a consolidar. Bajo la dirección de su actual titular, el maestro milanés Riccardo Chailly, la Gewandhaus visita España con la música de Mendelssohn en ristre. En Madrid, además, con la participación del nuevo portento oriental del piano, Lang Lang. No cabe duda de que es un intérprete portentoso con capacidades asombrosas, especialmente en la regulación del sonido; parece como si, en vez de pulsar las teclas, modulase el sonido directamente con los dedos. A veces retiene los tiempos y se almibara de modo peligroso, pero el Concierto nº 1 de Felix Mendelssohn es obra de mucha inquietud digital y no le dio tiempo a ponerse tan empachante como el año pasado con la Orquesta Nacional en un concierto de Chopin.
Pero la verdad es que la auténtica protagonista era la Orquesta de la Gewandhaus, esa agrupación centenaria, que si bien ha perdido el sonido robusto y oscuro que la caracterizaba hace unas décadas, sigue siendo un referente cultural y, además, intérprete sabia y privilegiada de la música que ofreció. Fue un placer escuchar la infrecuente “Trumpet Overture” Op. 101 tocada con mesura y sin el estrépito a que parece prestarse.
Pero el plato fuerte de la velada era la Sinfonía Escocesa, que el maestro Chailly –que ha adelgazado y ya peina barba cana– atacó con un tiempo mucho más vivo de lo habitual. Así, el primer tiempo sonó algo carente de la bruma romántica con que suele sonar esta música: pareció más dramática y, por cuestión de ataques y enfoque sonoro, más beethoveniana que mendelssohniana. Y, aunque el tempo no dejó de ser vivo en el bellísimo Andante, esa sensación de adustez cedió: aunque el clímax del movimiento fue también más dramático que lírico... aunque, eso sí, magnífico. Sin embargo, fueron los movimientos segundo y cuarto los más beneficiados por esa rapidez de Chailly: los ritmos del Vivace fueron irresistibles y la coda del Finale, jubilosa y brillante como rara vez se ha oído. Ante los rendidos aplausos del público, que disfrutó mucho, la orquesta tocó el Andante de la Quinta Sinfonía y la celebérrima Marcha Nupcial de “El sueño de una noche de verano”, que sonó de lujo.
Lang Lang.
Fotografía
© by Philip Glaser
Sin embargo, fue el programa del día siguiente el que puso a la orquesta al límite de sus posibilidades y delató alguna de sus limitaciones actuales, no tan obvias antaño; programa con una sola obra: la Tercera Sinfonía de Anton Bruckner. Servida con una considerable masa orquestal (10 contrabajos y, en total, 68 cuerdas, aunque con vientos sin doblar), la exigente obra bruckneriana denunció la escasa personalidad de las maderas y, sobre todo, el poco brillo de los metales; pero ojo: ni unos ni otros tuvieron un solo fallo, ni una pifia, ni un sonido áspero; conjunción perfecta y sincronización impecable con las cuerdas.
Con el recuerdo en la mente de su notable grabación para Decca (con la Sinfónica Alemana), comenzamos a temer que Chailly hubiese perdido su pulso bruckneriano, pues el primer movimiento sonó poco definido y como a la deriva, pero la cosa se encarriló en el tiempo lento, nada blando y muy emotivo. La energía volvió a Chailly de modo súbito en el diabólico Scherzo y el final fue electrizante, con la orquesta y el director en perfecta comunión, volcados todos en la música que, al cambiar a mayor en la coda final, produjo un efecto casi catártico. La hora justa que dura obra fue suficiente para llenar, del modo más intenso, todo el concierto; aún así, y como la ovación del público fue imponente, Chailly decidió repetir la sección final del Scherzo.


