Concierto en Berlín

Tándem germano-oriental en la Filarmónica

(Por Lorena Jiménez Alonso)

Orquesta Filarmónica de Berlín. Lang Lang, piano. Seiji Ozawa, director. Felix Mendelssohn: Concierto para piano nº1 en Sol menor, Op. 25. Anton Bruckner: Sinfonía nº 1 en Do menor (versión de Linz). Philharmonie. 29-I-2009.
Lang Lang

Lang Lang
Fotografía © Philip Glaser. Cortesía del Departamento de Prensa de la Filarmónica de Berlín

La presencia en Berlín del joven pianista chino Lang Lang, como solista invitado de la Filarmónica, volvió a evidenciar su condición de superestrella de la música clásica, con todas las butacas vendidas desde días antes y, lleno absoluto en la sala de conciertos. Otro de los atractivos era la presencia del maestro japonés de origen chino Seiji Ozawa; dirigiendo el Concierto para piano en sol menor de Mendelssohn y la Sinfonía nº1 de Bruckner. Dos formas de Sturm und Drang, tal y como señalaba el programa de mano, en alusión al movimiento alemán de la segunda mitad del siglo XVIII, que precede al Romanticismo. Rudolf Louis —alumno de Bruckner y autor de uno de los libros más completos del compositor—escribía en 1905: «No hay otra obra que, represente, de igual manera, las características del Sturm und Drang».

También este primer concierto para piano que el propio Mendelssohn estrenó en Munich en 1831, a pesar de su estructura clásica, es ya una obra del Romanticismo. Escrita en una tonalidad menor para trasmitir mayor emoción al espectador, tiene claramente características de una fantasía, especialmente en el Finale, pero también en la parte meditativa del  Andante. La obra mantiene la típica estructura clásica en tres movimientos (Molto allegro con fuoco, Andante, Presto-molto allegro e vivace), pero presenta un elemento poco común en su tiempo: los movimientos se tocan ligados, sin interrupción. Transiciones que resolvió a la perfección el talentoso pianista Lang Lang; que nos ofreció un concierto espléndido, de apabullante virtuosismo técnico, con un dominio absoluto de los tempi y de los matices (forte-piano), expresivos ritardandi, y marcado rubato al más puro estilo romántico en el movimiento lento. Siempre en admirable compenetración con la orquesta y el maestro Ozawa. Lang Lang tocó de memoria, sin mirar al teclado, y  adaptando su gestualidad al carácter de cada pasaje: agachado junto al piano con delicadeza extrema en los pasajes líricos y, alzando los hombros y, marcando con su cabeza cada sforzando. No es ninguna noticia que la extraordinaria notoriedad del pianista chino —considerado por el New York Times como “el artista más popular de la música clásica”—es indudablemente un éxito de marketing, pero no cabe regatearle méritos a su increíble talento, ni al extremo virtuosismo de su limpísima articulación digital y la riqueza de colorido que es capaz de extraer con su piano. No en vano, se ha ganado el respeto de las mejores orquestas y batutas del mundo. Su habilidad para conectar con el público arrancó el entusiasmo del auditorio  de la Philharmonie, que le brindó una calurosa ovación.

No despertó, sin embargo, tan encendidos aplausos, el legendario maestro Ozawa al frente de la Filarmónica de Berlín. Ozawa drigió toda la sinfonía de memoria —Bruckner la consideraba la más difícil—, con un dominio absoluto de las dos manos, y total precisión, marcando hasta el más mínimo detalle. No obstante, su lectura poco alemana, y el fraseo típico del director japonés con unos pianissimi extremos en la cuerda y unos fortissimi intensos con la orquesta al completo, no convencieron al público berlinés. Después de un fortissimo apabullante, baja a la orquesta a un piano subito, con lo que se pierde la fluidez del discurso musical. Excelente, como siempre, la Filarmónica de Berlín, sobre todo en el apoteósico Finale, con  limpieza absoluta de los ataques de metal, y una interpretación intensa y transparente que sonó totalmente wagneriana, y una vez más, puso de manifiesto la calidad tímbrica de esta orquesta. Mención especial merecen los solos de viento-madera, en particular el flautista Andreas Blau. A destacar también, la sección de contrabajos que resolvió a la perfección  pasajes complicadísimos y verdaderamente virtuosísticos. El maestro Ozawa, con su habitual cordialidad, saludó uno por uno a todos los primeros atriles y solistas.

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