Crítica de discos

Mahler: Des Knaben Wunderhorn

(Por Albert Ferrer Flamarich)

Mahler: Des Knaben Wunderhorn. Intérpretes: Sarah Connolly, mezzo-soprano; Dietrich Henschel, barítono; Orchestre des Champs-Élysées; Director: Philippe Herreweghe. Harmonia Mundi HM 901920 Duración: 63’ 19”. 1CD, DDD.
Mahler: Des Knaben Wunderhorn

Sorprenderse hoy por un registro con instrumentos de época de una partitura de Mahler es absurdo. Entre otros, Herreweghe se ha aproximado a Berlioz, Bruckner y Brahms con criterios pretendidamente historicistas y cuenta, además, con un Das Lied von der Erde en la trascripción para orquestra de cámara de Schönberg, también editado por el sello Harmonia Mundi. La presente es la lectura de uno de los tres ciclos liederísticos mahlerianos más destacados –junto a los Kindertotenlieder- y se añade al proceso de revalorización de la obra vivido a lo largo de los últimos años: ya son casi una decena las recomendaciones de primer orden de este heterodoxo ciclo en su versión orquestal, de entre las cuales sobresalen la de Chailly (Decca), Abbado (DG), Szell (EMI) y, como no, Bernstein (Sony y DG). Todos, claro, con formaciones orquestales y solistas de primer nivel.

En el caso de Herreweghe los resultados son los previsibles y las particularidades señalan la calidad de sonido estimable en los Des Champs-Elysées: paleta rica en color, con líneas y texturas diáfanas. Una opción contrastante con la tradición romántica del, por ejemplo, más evocador Bernstein pero que no añade nada especialmente significativo. De hecho, a la puesta en música del director francés le sucede lo indicado en otros registros suyos: se impone la suficiencia y, para el caso, sabe diferenciar y contrapesar un abanico expresivo variado con los elementos nostálgicos, populares y paródicos de la obra; pero no resulta suficientemente singular ni tan óptimo como otras referencias.

Como es habitual, el orden de los lieder es diferente y Herreweghe selecciona dos voces muy compatibles. O por lo menos eso se intuye después escucharlas individualmente puesto que juntas no cantan ninguna. En Verlor’ne Müh la mezzosoprano Sarah Connolly asume el protagonismo con corrección, a pesar que sin el idiomatismo y el punto de picardía idóneo de Schwarzkopf (EMI). Tampoco canta junto a Dietrich Henschel en Der Schildwache Nachtlied, donde el barítono sale airoso del difícil regulador descendente (pista 13, a los 1:55) de “..bin ich gestellt”. Un detalle que muestra sobremanera, como en todas sus intervenciones, el estudio (¿imitación?) de la línea de su maestro Fischer-Dieskau (EMI). Lástima que se destimbre en el no menos difícil ascenso apianado al Fa3 en el “Feldwacht” final (de 5:04 a 5:12) de la misma pieza. Algo que ni Goerne (Decca) redondea. Sí lo logran con notable comodidad Ludwig (Sony), Schwarzkopf (EMI) y Popp (DG) gracias a sus particularidades como voces femeninas.

Solo también en Wo die schönen Trompeten blasen Henschel frasea con fuerza y emoción de manera excelente, en una atmósfera guerrera y nostálgica. Con los ritmos bien puntuados, luce la robustez de su instrumento aunque dista del vigor tímbrico y del carácter de su maestro. Sí se equipara a él en algún detalle técnico de gran efecto como el aplicado de 4:04 a los 4:09 –pista 6-. Puede parecer una nota destimbrada pero, en realidad, la emisión busca anular al máximo el vibrato profundizando en la sensación decadente y de suspenso.  

El Revelge, no tan incisivo como Szell (EMI), se aleja de la pesadez de Bernstein (DG) mientras que en Des Antonius von Padua Fischpredigt Herreweghe confiere una sombra inquietante, más ligera, a pesar de algún golpe de glotis del barítono en un lied que gana cantado en voz masculina. También mejora, pero en voz femenina, Wer hat dies Liedlein erdacht?: Connolly aporta una pincelada dramática poniendo más cuerpo pero su coloratura se resiente y resulta poco refinada. Sin duda, a distancia de Lucia Popp (DG) que demostró un control de respiración y colocación envidiables. La mezzosoprano inglesa se aplica mejor en Das irdische Leben aunque el planteamiento del director francés no aproveche ni cree la tensión ni la amargura en el obstinado inicial que determina el carácter de esta canción.

Totalmente cantado por ella –incluida la estrofa final indicada para dos voces-, tampoco logra la caracterización natural Tröst im Unglück que deja sin sentido el lied. Más cuando el intento caricaturesco del soldado únicamente se contrasta de la estrofa de la chica por el carácter melódico y no por posibles detalles en la emisión. Aportación no escrita por Mahler pero nada difícil de presuponer por los intérpretes. Completan el corpus dos lieder vinculados a las sinfonías: Urlicht, inserida más tarde con leves variaciones en la Segunda Sinfonía y no siempre presente en los registros (faltan en las versiones en estudio de Szell y Tennstedt, por ejemplo), y el más infrecuente Das himmilische Leben. Éste enfocado con un tempo ligeramente más ágil, incluso jocoso si se compara con la mecanicidad de Chailly (Decca), aunque no logra el plus mágico e íntimo, en ocasiones, lánguido de otras batutas. En especial, cuando aparece en la Cuarta Sinfonía, el lugar que verdaderamente le pertenece.

En resumen, Herreweghe ofrece una lectura en líneas generales aceptable que, como en distintas aportaciones recientes, impone calidad pero sin una creación de imágenes suficientemente excepcional ni profunda. El compacto es válido para los fieles de este ciclo fundamental y al compositor. La edición es cualitativa por el digipack aunque como de costumbre falta la traducción al castellano y al italiano de las notas de carpeta y de los poemas.

Escribir a Albert Ferrer Flamarich