Canción popular
Las melodías gallegas (1ª parte)
(Por José Manuel Brea Feijoo)
La canción popular elevada a la categoría de arte musical, como lied alemán o mélodie francesa, emergió con singularidad en Galicia. En esta tierra poseedora de una rica tradición de cantigas líricas, se concretó la melodía gallega, de la mano de músicos decimonónicos que tras alcanzar cierto renombre pasaron al injusto olvido. Un cuarteto de compositores acaparan el protagonismo: Marcial del Adalid, por ser punto de partida; Juan Montes, por su entrañable aportación; José Castro “Chané” y José Baldomir, por representar ambos su pleno desarrollo. La música envuelve textos poéticos que brotan de un sentir popular antiguo y a la vez intemporal, aunque el tiempo se empeñe en desvanecer la propia identidad.
Del Lied a la Melodía gallega
Grandes compositores, comenzando por los excelsos Franz Schubert (1797-1828) y Robert Schumann (1810-1856), supieron extraer la música dormida en poemas de Heine, Goethe y otros poetas, llevando el género del lied (pl. lieder) a su máximo esplendor. Pero también los “pequeños” maestros gallegos de la música, principiando por el mentado Adalid, manifestaron su propio sentir melódico inspirado en textos poéticos, creando una variante del lied alemán y por ende de la mélodie francesa: la melodía gallega. Si bien Juan Montes denominó baladas a sus cantigas líricas, consideramos bajo la denominación acordada toda pieza gallega para canto y piano, integrante peculiar de la canción culta o artística, llevada a su cénit por José Castro “Chané” y José Baldomir. Adalid musicó especialmente poemas de su mujer, Fanny Garrido, y los otros compositores gallegos destacados repararon sobre todo en dos poetas esenciales de la lírica galaica: Rosalía de Castro y Curros Enríquez.
Se da por supuesta la plena identificación de los compositores de lieder o canciones cultas con la poesía que revistieron de melodía, lo que explica esa adecuada conjunción íntima, lírica, de música y palabra, distintiva de las obras maestras. Desde luego, hay textos que permanecen por encima de la música que les fue asignada y partituras que, por el contrario, sobrevuelan inconexas el contenido poético. Pero existe una tercera y definitiva variante: el perfecto emparejamiento de letra y música, el encuentro artístico ideal e inseparable. Y a poco que conozcamos las melodías gallegas, apreciaremos las que alcanzan esa acertada unión que supone el embellecimiento de la belleza. Por otro lado, comprobaremos un contenido casi siempre triste, de desolación, dramatismo o tragedia, fruto de una inspiración poética que emana de una sociedad curtida en el sufrimiento y que, como cualquier otra, vive, ama y muere. Tampoco hemos de olvidar que los lieder alzan generalmente una voz doliente que busca la liberación, considerando la poesía lírica como clamor del desaliento, grito desesperado por la incomprensión circundante y canto de indescriptible belleza.
Además de Adalid, Montes, Chané y Baldomir, otros músicos gallegos se entregaron a la composición de obras para canto y piano: Canuto Berea (1836-1891), Enrique Lens Vieira (1854-1945), Ricardo Courtier (1865-1922), Jesús Bal y Gay (1905-1993)... Digamos de paso que músicos ajenos a Galicia (Maurice Ravel, Claudio Carneyro, Eduard Toldrá, Antón García Abril...) fueron seducidos por poetas del noroeste peninsular y arroparon melódicamente sus textos, allegándose con mayor o menor acierto al sentir gallego.
Ni que decir tiene que el patrimonio gallego de canciones de concierto no es tan abundante, ni mucho menos, como, pongamos por caso, el alemán o el francés, cuyos acervos no alcanza ni el conjunto de la producción hispana; probablemente los fecundos músicos foráneos hayan tenido en sus respectivos países mejores condiciones para dedicarse a la faceta compositiva. Y sin embargo, en la escasa producción de cantigas, melodías o baladas gallegas, contamos con piezas que pueden rivalizar –permítaseme el atrevimiento– con las de los grandes compositores de canciones, llámense Johannes Brahms, Eduard Grieg, Gabriel Fauré o Hugo Wolf. El impacto que algunas melodías suscitaron en su momento lo refleja Alejandro Pérez Lugín en su novela La casa de la Troya, al referirlas reiteradamente, y el interés despertado en grandes cantantes líricas como Conchita Supervía o Ángeles Ottein, que las tuvieron en su repertorio.
A continuación, nos referiremos por orden cronológico a los principales músicos gallegos del siglo XIX y principios del XX que dejaron melodías para la posteridad, y comentaremos algunas piezas ineludibles en base a los poemas que las inspiraron. Las composiciones poéticas serán presentadas en su concepción original (con algunas correcciones o actualizaciones ortográficas que no alteraran para nada el ritmo), o bien fragmentos ilustrativos o bien en su totalidad, según proceda, así como las correspondientes traducciones al castellano, personalmente adaptadas para mantener en lo posible la métrica y la rima.
Cantares viejos y nuevos: Marcial del Adalid
Marcial del Adalid
Marcial del Adalid (A Coruña, 1826-1881), reconocido pianista y primer compositor gallego importante de música profana culta, escribió a lo largo de su vida piezas para voz y piano, probablemente influido en sus inicios por las mélodies del músico francés Charles Gounod (1818-1893), inspirándose en textos latinos, italianos, alemanes y castellanos. Adalid poseía un gusto literario exquisito y conocía bien la prosodia de todas las lenguas que empleaba. Pero aquí nos interesan sus veintiséis composiciones sobre textos gallegos, escritas en los últimos años de la década de l870 y agrupadas –a excepción de una– bajo el título de Cantares viejos y nuevos de Galicia. En estos cantares, alternan un “viejo”, tomado y adaptado del repertorio popular –folclórico– y un “nuevo”, totalmente original. Al componer estos “Cantares”, Adalid fue el verdadero creador del género de la melodía gallega, que habrían de continuar Chané y Baldomir, y esto supuso una aportación musical básica al “Rexurdimento” (Resurgimiento) de Galicia. Su esposa, Fanny Garrido, novelista que adoptó el pseudónimo de Eulalia de Lians, traductora de Goethe y de Heine, y supuestamente conocedora de los lieder románticos, es autora de muchos poemas a los que Adalid puso música. Valgan de muestra las cuatro melodías de este compositor que a continuación se describen, las tres primeras sobre poemas de Fanny Garrido y la cuarta popular.
Soidades (Soledades)
Un poema sencillo, lleno de saudade, que comienza con esta estrofa popular, ya empleada por Rosalía en sus Cantares gallegos:
Airiños, airiños, aires,
airiños da miña terra,
airiños, airiños, aires,
airiños levaime a ela.
Airiños, airiños, aires.
Airecitos, airecitos, aires,
airecitos de mi tierra,
Airecitos, airecitos, aires
airecitos llevadme a ella.
Airecitos, airecitos, aires.
Afrixida (Afligida)
Viene a ser el canto doliente de una mujer que lo tiene todo, excepto su amor ausente. Finaliza de forma esclarecedora:
Aquel meu muiño,
tan verde n’o vran,
me deixa maquías
a centos, de gran.
E teño facenda,
e padres e hirmáns,
e teño un filliño,
me falta seu pai!
Aquél mi molino,
tan verde en verano,
me deja maquilas
a cientos, de grano.
Y hacienda yo tengo,
y padres y hermanos,
y tengo un hijito,
¡a su padre extraño!
Mondariz
Esta melodía, la única no incluida en los Cantares, lleva el título de la villa pontevedresa, célebre por su balneario. El poeta (Fanny) parece hablar de un espíritu desasosegado, que todo lo tiene en contra, que anda errante por el mundo hasta encontrar una tierra acogedora y, ¡cómo no!, un pecho amigo y amante. Curiosamente, tras el inicial texto en francés, la autora le adaptó uno nuevo en gallego del cual se reproduce la última parte.
Antr’outeiros e penedos,
que se estenden arredor,
agachada baixo os albres,
e cuberta de verdor,
acharás unha terriña,
n’hai no mundo outra millor.
Alí apousa unha boa fada
qu’a goberna con amor.
E de froles cubre os campos,
e fartura de as sazós,
inche os peitos de alegría,
e desperta os corazós.
Entre oteros y peñascos,
que se extienden derredor,
oculta bajo los árboles,
y cubierta de verdor,
hallarás una tierrita,
que en el mundo no hay mejor.
Allí posa una buena hada
que la rige con amor.
De flores cubre los campos,
y los harta de sazón,
llena el pecho de alegría,
y despierta el corazón.
Non te quero por bonita (No te quiero por bonita)
Una composición popular y bien conocida, aunque la mayoría ignora la autoría del acompañamiento melódico. Abre de esta manera:
Non te quero por bonita,
que xa sei que non o és,
quérote por moreniña
e pola lei que me tés.
N’aquela corredoiriña,
en aquel anoitecer,
o qu’entrambos nos xuramos
ti-lo sabes, eu tamén.
Miña vida está en teus ollos,
miña morte está tamén,
dame a vida ou dame a norte,
para min todo está ben.
No te quiero por bonita,
que ya sé que no lo eres,
te quiero por morenita
y por la ley que me tienes.
En el senderito aquél,
en aquel anochecer,
lo que ambos nos juramos
tú lo sabes, yo también.
Está mi vida en tus ojos,
mi muerte lo está también,
dame la vida o la muerte,
para mí todo está bien.
Baladas gallegas: Juan Montes
Juan Montes Capón
Juan Montes Capón (Lugo, 1840-1899) tuvo una honda vinculación con la música sacra como consecuencia de su formación religiosa –in extremis, no llegó a ordenarse sacerdote–, pero la transcendencia de su obra proviene fundamentalmente de la producción profana. Son precisamente sus seis melodías o baladas gallegas –como el autor denominó a sus cantigas líricas– las que le dieron fama imperecedera. Negra sombra, Lonxe da terriña (Lejos de la tierrita) y Unha noite na eira do trigo (Una noche en la era del trigo) forman el trío más popular, con respectivas letras de Rosalía, Curros y Aureliano Pereira. Las otras tres baladas, para nada despreciables, llevan títulos sugerentes: As lixeiras anduriñas (Las ligeras golondrinas), con letra de Salvador Golpe, Doce sono (Dulce sueño), con texto rosaliano, y O pensar do labrego (El pensar del labriego), con letra de Aureliano Pereira. Los textos poéticos se fundieron de tal modo con el trazo melódico de Montes que ya no se conciben separadamente. En su forma original o en arreglos para coro, banda u orquesta sinfónica, llámense melodías o baladas, permanecen integradas en el alma gallega.
Negra sombra
¿Qué decir de esta balada fuertemente arraigada en la memoria colectiva, un verdadero himno que para siempre asombra? El poema rosaliano, perteneciente al poemario Follas novas (Hojas nuevas), merece su reproducción íntegra.
Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ao pe dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.
Cando maxino que és ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.
Si cantan, és ti que cantas,
si choran, és ti que choras,
i és o marmurio do río
i és a noite i és a aurora.
En todo estás e ti és todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras.
Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
al pie de mis cabezales
tornas haciéndome mofa.
Cuando creo que te has ido,
en el mismo sol te asomas
y eres la estrella que brilla
y eres el viento que sopla.
Si cantan, tú eres quien canta,
si lloran, tú eres quien llora,
y eres murmullo del río
y eres la noche y la aurora.
En todo estás y eres todo,
para mí y en mí misma moras,
nunca me abandonarás,
sombra que siempre me asombras.
Lonxe da terriña (Lejos de la tierrita)
Ya en el comienzo del poema de Aureliano Pereira brota la perenne añoranza de quienes aman la tierra patria en la distancia.
Lonxe da terriña,
lonxe do meu lar,
qué morriña teño,
que angurias me dan.
Lejos de mi tierra,
lejos de mi hogar,
qué morriña tengo,
que angustias me dan.
Doce sono (Dulce sueño)
En este poema también perteneciente a Follas Novas, la excelsa Rosalía expresa con enorme sutileza la entrada en el definitivo sueño de quien se me antoja niña o mujer joven.
Baixaron os ánxeles
adonde ela estaba,
fixéronlle un leito
cas prácidas alas,
e lonxe a levano
na noite calada.
Cando á alba do día
tocou a campana,
e no alto da torre
cantou a calandria,
os ánxeles mesmos,
pregadas as alas,
“¿por qué –marmurano–,
por qué despertala...?”.
Bajaron los ángeles
adonde ella estaba,
le hicieron un lecho
con plácidas alas,
llevándola lejos
en noche callada.
Cuando entrado el alba
tocó la campana,
y arriba en la torre
cantó la calandria,
los ángeles mismos,
plegadas las alas,
“¿por qué –murmuraron–,
por qué despertarla…?”.
Unha noite na eira do trigo (Una noche en la era del trigo)
Se trata de la Cántiga de Curros Enríquez, también versionada por Chané (al hablar de este compositor se presentará el poema original completo). Para enojo del poeta, alguien cambió varios versos del poema, incluido el primero (*), que a la postre le confiere el título. Comienza de esta guisa:
Unha noite na eira do trigo
(No xardín unha noite sentada*)
ó refrexo do branco luar,
unha nena choraba sin trégolas
os desdés dun ingrato galán.
Una noche en la era del trigo
(Sentada en el jardín una noche*)
bajo el blanco reflejo lunar,
una niña lloraba sin tregua
el desdén de un ingrato galán.
(La 2ª parte del artículo "Las melodías gallegas" se publicará en el nº 34 de la revista OpusMusica, correspondiente al mes de abril de 2009.)


