Ópera en Barcelona
Novedad barroca en el Liceu
(Por Ovidi Cobacho Closa)
L’Incoronazione di Poppea; Ópera de Claudio Monteverdi sobre libreto de Gian Francesco Busenello. Sarah Connolly (Nerone), Miah Persson (Poppea), Maite Beaumont (Ottavia), Jordi Domènech (Ottone), Franz-Josef Selig (Seneca), Ruth Rosique (Drusilla); Orquestra Barroca del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Harry Bicket. Dirección escénica: David Alden. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, 15 – II – 2009.
Tan cierto como el interés creciente por el género operístico y la proliferación de nuevas temporadas, lo es el escaso interés del público mayoritario por las óperas de nueva creación. Sin embargo, la sed de novedades parece no menguar en el terreno operístico, y por ello solo queda una doble vía: volver a los títulos conocidos, reelaborándolos y transformándolos de forma que parezcan “nuevos”, o bien exhumar obras olvidadas, rescatándolas del olvido y re-presentándolas como recién salidas del horno. En ambos casos, los encargados, a modo de cirujano plástico, de tales rejuvenecimientos y actualizaciones no son otros que los directores de la escena.
En el Gran Teatre del Liceu, una plaza con una dirección artística siempre sedienta de novedades, se ha estrenado, el pasado febrero, la última ópera conservada de Claudio Monteverdi, L’incoronazione di Poppea. Un estreno, en la capital catalana, que ha sido publicitado, a bombo y platillo, como gran novedad de la temporada, a pesar de ser un título cuyo estreno absoluto se remonta al 1642. Con todo, después de la operación quirúrgica practicada por David Alden, responsable escénico de esta producción, no cabe duda de que lo que vieron en aquellos lejanos tiempos los venecianos del Teatro Santi Giovanni e Paolo poco debía parecerse a lo que vimos en el coliseo catalán.
La puesta al día urdida por Arden, que un servidor ya pudo observar cuatro años atrás, más o menos por las mismas fechas, en el parisiense Palais Garnier, busca compensar su radical austeridad escenográfica (apenas una butaca, un sofá, unas pocas lámparas y una mesa sirven de atrezzo a las múltiples escenas que se suceden en la obra) por medio de una intensa dirección de actores, especialmente acusada y vistosa en los personajes cómicos, y una iluminación siempre impecable. Una puesta en escena sobria, y muy poco barroca, que tanto en el vestuario como en las atmósferas sugeridas por la iluminación vino a hacer de la gratuidad su motivo recurrente, mezclando todo tipo de elementos, figuraciones, indumentarias y personificaciones de forma caprichosa y arbitraria. A pesar de ello hubo algunas escenas de gran plasticidad (especialmente la última)y un movimiento escénico ágil y bien caracterizado.
En el plano musical, quizás sí estuvimos más cerca de escuchar algo parecido a lo que escucharon sus primeros espectadores. Un reparto de voces homogéneo y con gran sentido estilístico logró hacer brillar la partitura de Monteverdi, acompañadas por una formación de instrumentos históricos de nueva creación (Orquestra Barroca del Liceu) e incierta vida. Entre las voces solista destacó la extraordinaria Sarah Connolly como Nerone, en el que fuera su debut liceísta, así como también la apasionada e intensa Ottavia de Maite Beaumont. Sumamente seductora fue la Poppea de Miah Persson, secundada por el competente Ottone de Jordi Domènech (que vino a sustituir por enfermedad al anunciado Carlos Mena), la graciosa Drusilla de Ruth Rosique y el magnífico y portentoso Seneca de Franz-Josef Selig. El resto de comprimarios fueron resueltos con gran nivel por Dominique Visse en los roles de Arnalta, Nodriza de la emperatriz y familiar de Seneca (los mismos papeles que interpretó con éxito en las representaciones de esta misma producción en la Ópera Garnier, en 2005), Francisco Vas (Liberto, Soldado, Cónsul), Guy de Mey (Soldado, Cónsul, Lucano, familiar de Seneca), Josep Miquel Ramón (Tribuno, Lictor, familiar de Seneca, Mercurio), Marc Pujol (Tribuno), William Berger (Valletto), Judith van Wanroij (Damisel·la, La Virtud, coro de Amores), Marisa Martins (La Fortuna, Pallade, Venus), Olatz Saitua (Amor), Elena Copons e Inés Moraleda (coro de Amores).
Al frente de la orquesta histórica, que a pesar de ser su debut sonó de forma distinguida, estuvo el británico Harry Ticket, buen conocedor del repertorio antiguo, supo conducir el espectáculo con eficacia, fluidez y aplomo. Al final, después de casi cuatro horas de representación, hubo fuertes aplausos para todos los intérpretes.


