Ópera en Madrid
Tres óperas de Stravinsky en el Real
(Por Carlos de Matesanz)
17 de enero de 2008, 20:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Igor Stravinsky: “The Rake’s Progress”. Ópera en tres actos. Libreto de W.H. Auden y Ch. Kallman. Coproducción de: Teatro Real de Madrid, Teatro de La Monnaie de Bruselas, Covent Garden de Londres y Óperas de Lyon y San Francisco. Dirección musical: Christopher Hogwood, Dirección de escena: Robert Lepage, Escenografía: Carl Fillion, Figurines: François Barbeau, Iluminación: Etienne Bouchet. Tom Rakewell: Toby Spence, Anne Trulove: María Bayo, Trulove: Darren Jeffery, Nick Shadow: Johan Reuter, Baba La Turca: Daniella Barcellona, Mother Goose: Julianne Young, Sellem: Eduardo Santamaría.
21 de enero de 2008. 20’00 hrs. Ópera en versión de concierto. Igor Stravinsky: “Edipo Rey” y “El ruiseñor”. Solistas, coro y orquesta del Teatro Marinskii, Ópera Kirov, de San Petersburgo. Director: Valery Gergiev.
Cinco teatros, cinco nada menos, y de los grandes, se han unido para afrontar la nueva producción de “La carrera del libertino” stravinskiana que se ha visto recientemente en Madrid y que ha gustado sin emocionar. Desde luego, el prestigiosísimo Robert Lepage es un hombre que conoce perfectamente las posibilidades de un escenario y las explota con sabiduría y rigor, y es un director que jamás deja desamparados o a su aire a los cantantes. Pero a una cierta frialdad, suponemos involuntaria, se ha unido, en este caso voluntaria y buscada como opción estética, la frialdad de la música de don Igor, espejo de perfecciones, que le hace ser, para unos, el mayor genio musical del siglo XX y, para otros, un petardo de mucho cuidado.
La parte musical acentuó esa frialdad, con la dirección del perfeccionista Christopher Hogwood, excelente director tanto del Clasicismo como del Neoclasicismo pero siempre un punto distante. El elenco de solistas fue idóneo por tipología vocal pero, sobre todo, por presencia física; y, aun así, estuvieron lejos de arrebatar, ni musical ni actoralmente. Toby Spence tiene una vocecilla de tenor poco consistente pero se entregó a fondo, aunque le faltó desgarro en la terrible escena final en el manicomio; María Bayo estuvo muy reservona, no se empleó a fondo en el final de su gran aria del acto II y su personaje parecía el diseñado con menos personalidad. Mejor perfilado está en origen el del diabólico Nick Shadow pero ahí ni el director de escena ni el barítono Johan Reuter supieron darle auténtico relieve: el recuerdo de Samuel Ramey y Bryn Terfel pesa demasiado. La que estuvo magnífica sin paliativos fue Daniella Barcellona en el episódico pero destacado papel de Baba la Turca, que sirvió con excelente voz –aunque ésta no pudiera brillar en todo su esplendor merced a la rígida escritura stravinskiana– y con un fino sentido del humor, no exento de una ligera ordinariez, que cuadraban a la perfección la exótica mujer barbuda.
Complemento perfecto a estas representaciones fue la aparición de la compañía del Teatro Kirov de San Petersburgo ofreciendo en concierto dos magníficas operas breves, bien distintas, del mismo Stravinsky.
“Edipo Rey” no convenció en absoluto: la dirección de Valery Gergiev, a priori idónea para la obra, fue seca y chata; nada de grandeza clásica ni de desgarro trágico. Además, el reparto vocal (Alexandr Timchenko, tenor: Edipo; Evgeny Nikitin, barítono: Creonte; Olga Savova, mezzo: Yocasta) fue muy discreto –especialmente, la dama– y la orquesta, a pesar de su prestigio, no parece el colmo de la disciplina; aunque, huelga decirlo, se ve que transitan un territorio que dominan. “El ruiseñor”, por contra, fue una gozada; con el coro y la orquesta ya totalmente entonados y con un Gergiev delicado y atento, la obra resplandeció gracias, sobre todo a la bellísima Olga Trifonova, soprano ligera de preciosa voz, esmaltada y proyectada, dúctil y cremosa, sin las asperezas propias de la escuela eslava, que cantó un Ruiseñor absolutamente delicioso; Timcheko y Nikitin, menos exigidos en esta obra, repitieron, cantando, respectivamente, el Pescador y el Emperador de modo óptimo.


