Crítica de discos

El último Sibelius de Davis

(Por Albert Ferrer Flamarich)

Sibelius: Segunda sinfonía, op. 43; La hija de Pohjola, op. 49. London Symphony Orchestra. Director: Sir Colin Davis. Referencia: LSO Live Lso 0105 Duración: 59’17”. (1CD) DDD.
Sibelius: Segunda sinfonía, op. 43

Junto al volumen de las Primera y Cuarta sinfonías recientemente editado, el presente es uno de los últimos registros con el que el consagrado binomio Sir Colin Davis y London Symphony Orchestra configuran la segunda integral conjunta y la tercera del director británico del corpus sinfónico de Jean Sibelius. Conocidas las lecturas de la Tercera, Quinta, Sexta y Séptima y el ciclo Kullervo op. 7, la integral discurrió por la Segunda sinfonía op. 43 y La hija de Pohjola op. 49, obras cercanas en el catálogo pero algo más distantes en cronología (1902 y 1909 respectivamente), que muestran como la London Symphony es una de las orquestas de sonido más perfecto.

Un material de primera calidad que Davis utiliza en la Opus 43 con menos lirismo que Bernstein (DG), con la contundencia precisa, sin amaneramientos ni afán de retórica. La sensación global no lo acercan ni a Karajan (EMI) ni a Rattle (EMI), por citar dos referencias fácilmente localizables en el mercado y bien distintas entre sí. Lecturas más equiparables, a pesar de lo diverso de sus preceptos, pueden ser las de Szell (Philips) o Beecham (EMI). Y es que la lectura no deja de ser deudora de la visión amatoria iniciada por los anglosajones en base a un concepto postromántico, bastante literario y muy bello. En este caso, también más mesurado y sobrio.

Sin ser la mejor Segunda de Davis ni la de una larga lista que roza la saturación, es una lectura muy competitiva. De duración cercana a lo habitual, resulta más explícita y expositiva que la de Jansons (RCO Live), quien emplea mejor la sutileza servida por un sonido mucho más fresco y flexible. Como el letón, Sir Colin Davis tampoco prepondera los grandes oleajes de la tradición postromántica que hacen del final, por ejemplo, un bálsamo dilatado. En consecuencia, hay una reducción del tan señalado chaikovskianismo de la partitura, así como distinta profundidad expresiva (sección central del Vivacísimo). Davis parte de un concepto más afín a su personalidad: insuflado de tensión y de colores acusados –transición del tercer al cuarto movimientos, aunque sin llegar al claro cromatismo de la escuela de batutas nórdicas de la estela de Vänskä. Aspectos que el director británico maneja para buscar la clara afirmación victoriosa de la partitura, muy en la estela occidental. El gran crescendo final, majestuoso y épico resulta más incisivo que expansivo, sin perfilar la línea de coral y dominado por unas trompetas con leves estridencias en los compases finales –seguramente debidas a la toma de sonido procedente de un live-.

El poema sinfónico La hija de Pohjola op. 49 complementa el disco aunque dado el minutaje (60 minutos) se podría haber añadido otra composición. Como en el Tempo andante ma rubato de la Segunda, Sir Colin Davis opta por la punta dramática desde el inicio con el amargo pasaje de violonchelo y dota la partitura de una importante organicidad en un discurso con claros contornos y relieves. Sin duda, ésta es una de las versiones recientes más recomendables.

Escribir a Albert Ferrer Flamarich