Opinión
Sobre el silencio
(por Joaquim Zueras Navarro)
Manuel Castells, en un artículo de la Vanguardia titulado “Ruidos y silencios” escribe: “el ruido afecta directamente a un sistema nervioso ya seriamente estresado por el modo y ritmo de vida que caracterizan nuestras sociedades: deprisa y sin poder pararse a pensar, porque nuestro cerebro está ocupado en despejar las interferencias auditivas que lo bombardean continuamente”. Los melómanos deberíamos amar el silencio, porque es el marco ideal a partir del cual podemos deleitarnos con relajación, dejando que todo nuestro ser absorba los más sutiles matices del lenguaje musical, a partir de lo cual construimos todo un mundo interior en calidad de receptores. Pero, incluso si la música nos dejara indiferentes, no tendríamos por ello menos razones para aspirar al silencio y al sosiego.
En cambio, los persuadidos de que el silencio es un bien indispensable, parece que seamos una rara avis. No me cabe duda de que Mahler, a quien molestaban incluso los cencerros de unas ovejas que se encontraban a gran distancia de su cabaña de verano, en la actualidad calificaría su existencia de insoportable. La contaminación acústica destruye nuestra calidad ambiental, pero aquí no parece que nos hayamos enterado. Pudimos leer por ejemplo que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó en noviembre del 2004 a la Administración Española a indemnizar a una ciudadana de Valencia por el daño sufrido por un nivel de ruido evitable. Es ese ruido que provoca disfunciones auditivas, migrañas, hipertensión, trastornos nerviosos como la angustia y las alteraciones del sueño, y una incidencia directa sobre la capacidad de concentración y de memoria. Los estudios de la Unión Europea colocan a España en los más altos lugares en este derroche de decibelios y a Valencia como la ciudad más ruidosa del Estado. En realidad en Valencia no sucede nada que no pase en otras ciudades españolas: el tráfico es la principal causa de esta anomalía, en el que destacan las motos con sus tubos de escape ensordecedores; luego están los bares, discotecas, juergas en la calle... Los estudiantes de la “Beca Erasmus” -algunos prefieren llamarla “Beca Orgasmus”- no se cansan de repetir que han elegido España porque la algarabía nocturna es continua, tanto más en ciudades como Barcelona, cuyo ayuntamiento se ha empeñado en convertirla en el parque temático del desenfreno, a la que acude un turismo de charanga y borrachera, en donde aterrizan vuelos baratos para celebrar inacabables despedidas de solteros, aficionados al fútbol que la arman después de cualquier partido independientemente del resultado, etc. Es inútil esperar que estas “autoridades” lleguen algún día a controlar el ocio: no desean amargar la fiesta quienes nos han vendido a cambio de unas miserables divisas. Las leyes de civismo son papel mojado pues ni ellos mismos se las creen. Una vez las han aprobado, no velan por su cumplimiento por no parecer severos; prefieren esperar a que nos acostumbremos a tanta molestia y que pisemos vómitos y olamos orines con resignación. Si observamos la caja tonta, cuyo volumen sube de forma alarmante durante la publicidad, y reparamos en muchas comedias españolas, veremos que los actores no hablan, gritan mientras se agitan sin justificación; así han acabado conversando muchos, cosa que pueden comprobar a menudo en cualquier vagón de metro.
Mientras escribo estas líneas, unos 16.000 hooligans del Glasgow Rangers arrasan el centro de la ciudad. Dos compañías me han telefoneado para ofrecerme más megas, ofertas de llamadas, pedirme que cambie de compañía... son las mismas que me llamaron la semana pasada, la anterior, el año pasado... no veo el modo de evitarlas. El perro del vecino ha estado ladrando en el balcón desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, en que el vecino ha regresado. Esta noche, si los clientes del pub de la esquina me dejan, podré intentar dormir hasta las dos de la madrugada, cuando el camión de la basura pase con gran estrépito y se detenga en mi calle, como hace cada día a esta hora. Los albañiles llegarán puntualmente al piso de arriba y la emprenderán a martillazos hasta las nueve, la hora del desayuno, para proseguir a las diez. Tengan al menos ustedes un feliz descanso.


