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Crítica de discos
Roberto Alagna, "El Siciliano"
Alicia Perris
Cd “El siciliano”. Roberto Alagna. Arreglos, dirección y producción artística: Yvan Cassar, Estudios Davout Paris, entre mayo 2007 y mayo 2008. Deutsche Grammophon.

Alagna es un corazón desbordado de brasas. La biografía del tenor parece sacada de una novela de bucaneros o de saltimbanquis, de ésos que se peleaban en las tabernas (como él mismo hizo con sus amigos músicos) por una mujer. Hijo de inmigrantes sicilianos radicados en los suburbios de París, pronto comenzó a cantar, modulando su voz como había visto que lo hacían su tío y el resto de la familia, uniendo la pasión y el sentimiento ancestrales, con la técnica. Pero Alagna eligió la ópera y a los 24 años consiguió ganar, en 1998, un concurso de canto del que no había estado ausente el ya consagrado Pavarotti, a quien había conocido y frecuentado en la capital francesa.
Su voz es portentosa, llena de luz, con una sonoridad que doblega y esto le permite evolucionar con rapidez en una especie de circuito fulgurante por los mejores teatros líricos del mundo: desde Viena y Londres, pasando por Nueva York. Lo aclaman en todas partes. Fue Don Carlos, Des Grieux, Werther, Fausto, Don José e incluso Edgardo in Lucia di Lammermoor.
A comienzos del 2000 su voz se amplió oscureciéndose y entonces pudo agregar otros roles a su repertorio habitual: Manrico, Canio, Radamés, hasta extractos de Otello. No descuidó a los compositores franceses e hizo de los italianos una auténtica recreación. Condecorado con la Legión de Honor en 2008, su carrera continúa, no exenta de alguna cancelación cuestionada en teatros famosos, ni de roces con algunos de los mejores directores de orquesta de las últimas décadas. Un problema de salud, pasajero, aquí y allá. En lo privado, está actualmente casado con una cantante, la soprano rumana Angela Gheorghiu, que apartó al tenor de la soledad en que lo había sumido la muerte de su primera esposa, con 29 años.
Ahora, haciendo una pausa, regresa a sus raíces, evocando el color y el calor de la Sicilia tradicional de sus antepasados. Tierra de contrastes y exageraciones, excesiva y brutal, la sangre enrojece la tierra siciliana de sucesos negros y de naranjas y limoneros encandilados por un sol de justicia. Siracusa, entre nieblas, más imaginada que real, Taormina, Piazza Armerina y sus mosaicos, las mujeres de negro y los padrinos y los gestos del pueblo, tremendos. Los templos griegos de Agrigento son ya patrimonio de todos, como los títeres (los “puppi”), que luchan incansables relatando una y otra vez las mismas peripecias. Las jóvenes enamoradas que desgranan sus penas de amor en valses imposibles, cercanos, las canciones de cuna de mammas italianas primigenias, las tarantelas que ya forman parte del acerbo del folklore internacional como la bossa nova, el jazz o el tango de Gardel o Piazzola. Ése es ahora el repertorio que nos regala Alagna, entre nostálgico y divertido. Entregado a la música que lo acunó de niño, que le cantaron los abuelos heridos por la saudade de la patria lejana.
“Ciuri ciuri” (la canción que da nombre a un restaurante de Roma), Li pira, A lu mircatu, Si maritau Rosa, N´tintiriti, La luna mezzo mare y una evocación única de la canción emblemática de la trilogía del Padrino de Coppola, “Parla più piano”(¡cómo no!), entre otras, nos embarcan hacia atrás en el tiempo, en esa lengua incomprensible para los extraños que heredaron los sicilianos de la Magna Grecia y de todos los invasores que poblaron la isla y que, sin embargo, es universal. Como confiesa Roberto Alagna, desde la foto de portada de su disco, sosteniendo con chulería su sombrero blanco de paja italiana: “Canciones que cantaré hasta el final de mis días”. Que así sea maestro.
Escribir a Alicia Perris