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Ópera en Madrid
Kñzo arrabalero
Carlos de Matesanz
21 de febrero de 2008, 20:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Leonardo Balada: “Faust-Bal”. Ópera en dos actos. Libreto de Fernando Arrabal. Nueva producción del Teatro Real (Estreno absoluto). Dirección musical: Jesús López Cobos, Dirección de escena: Joan Font, Escenografía y Figurines: Joan Guillén, Iluminación: Albert Faura. Faust-Bal: Ana Ibarra, Mefistófeles: Tómas Tómasson, Margarito: Gerhard Siegel, Dios: Stefano Palatchi, Amazona: Cecilia Díaz, Juez: Fernando Latorre.
Para calificar la aparición de una ópera tannn moderna y tannn comprometida con los valores actuales como el “Faust-Bal” de Balada-Arrabal, el estreno español de este año en el Teatro Real, no podemos disponer de lenguaje más moderno que el de los SMS y, así, exornarla con el calificativo de kñzo d k-tegoría. Y no es que no estemos acostumbrados a que las óperas que se estrenan en el Real –de las “Divinas Palabras” de García Abril a “El viaje de Simorgh” de Sánchez-Verdú, pasando por la espeluznante “Señorita Cristina” de Luis de Pablo– sean asaz tostoneras; es que, en el presente caso, al tostón se une el delito de haber desperdiciado un magnífico equipo artístico (director, cantantes, escenografía e, incluso, compositor) por un libreto horrendo.
Vaya por delante la ignorancia absoluta de quien esto firma sobre la figura de Fernando Arrabal, que creo que es mérito suficiente para patentar una imparcialidad necesaria: culpable de un delito de lesa cultura, ni he visto jamás una obra teatral de Arrabal, ni he leído ninguno de sus ochocientos (eso dicen las enciclopedias) libros de poesía ni visionado ninguno de sus siete largometrajes. No sé si se alinea con los unos ni si molesta a los otros, si va de esto o de aquello; con lo cual, de prejuicios, cero. Sólo sé que su libreto de “Faust-Bal” es tremendamente pretencioso, con personajes carentes de sentimientos –mera máscara representativa– y una cantidad escandalosa de ripios por minuto:
A los machos que sueñan con pecado
cuando beso tus senos y tu prado
floreciendo de amor mi biografía,
tu valor y pasión les desafía
Para esto, se lo digo yo, no hace falta haber alumbrado ochocientos libros de poesía.
Si el valor –a lo que parece– de Arrabal como creador teatral estriba en la trasgresión profunda, surrealista, y en la provocación directa, hay que decir que nada de eso hay en “Faust-Bal”; sólo un maniqueísmo políticamente correcto rodeado de palabrería: hombre = violencia = malo / mujer = sentimiento = bueno; por eso, Dios, al final, asegura que “mujer soy, como Faust-Bal”. Tal vez, tras todo este alarde de propaganda seudofeminista haya un profundísimo significado encarnado en símbolos que se me escapan; pero, para tales especulaciones filosóficas estoy seguro de que no habría hecho falta un montaje operístico de varios millones de euros.
Montaje que, con una escenografía realista y correcta, lo mismo podría haber valido para esta obra que para el “Mefistófele” de Boito o, qué se yo, para el “Aureliano in Palmira” de Rossini. Bien llevada la dirección teatral en cuanto a movimiento escénico, no pudo dotar a los personajes de unas características diferenciadoras que no tenían de por sí; por eso hubo de recurrir al tópico: Dios blanco, Mefistófeles rojo, Faust-Bal científica, Margarito (su agresor) soldado: estereotipos vacíos de contenido. Sobre esa premisa, los cantantes tampoco pudieron hacer mucho más que leer sus papeles, a pesar de que hubiese excelentes artistas en el reparto (la soprano Ana Ibarra o el carismático barítono Tómas Tómasson), alguno de los cuales (Stefano Palatchi) pasó sin pena ni gloria, dado lo reducido de su papel.
La música del sólido maestro Leonardo Balada, habitualmente opulenta y original en lo orquestal, y lucida y bien escrita en lo vocal, estuvo de vacaciones durante casi toda la obra: en algún intermedio danzado parecía brotar, recordando a Janácek, a Stravinsky o a Shostakovich, pero desaparecía inmediatamente convirtiéndose en liviano telón de fondo para la palabrería arrabalera. Jesús López Cobos la concertó con eficacia “et c’est tout”.
A este paso, nos harán añorar los estrenos que se daban en la extinta Sala Olimpia, donde el tostón estaba igualmente asegurado pero solía ser más interesante y salía mucho más barato. Hombre, por favor, que estamos en crisis... y, a lo que se ve, no sólo económica.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real