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Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica
Esa peca, Salonen...
Carlos de Matesanz
Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. Auditorio Nacional. 19 de marzo, 19’30 hrs. Arnold Schönberg: “Gurre-Lieder”. Gweneth-Ann Jeffrs (soprano), Monica Groop (mezzo), Stig Andersen y Andreas Conrad (tenores) y Ralf Lukas (barítono), Barbara Sukowa (recitadora). Coro Filarmónico Eslovaco, Coro de la Comunidad de Madrid, Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. Orquesta Philharmonia. Dir: Esa-Pekka Salonen.
Esa-Pekka Salonen
Schönberg estuvo presente en los dos programas que la fantástica Philharmonia londinense dio a su paso por Madrid, dirigida por su nuevo flamante titular, Esa-Pekka Salonen que, todavía y hasta dentro de unos días, es también titular de la Filarmónica de Los Ángeles, de la que se despedirá tras 17 años a su frente. El segundo de los programas, que es el que aquí nos ocupa, estuvo íntegramente dedicado a ese monumental canto de despedida al Romanticismo que son “Las canciones de Gurre”, de Arnold Schönberg.
La obra, que es un desafío para cualquier agrupación, para cualquier director y para cualquier solista, venía muy bien trabajada por todo el equipo, que ya la había dado, a finales de febrero, en Birmigham y Londres. Los 126 instrumentistas que abarrotaron el escenario del Auditoro Nacional demostraron una vez más, si es que hubiera hecho falta tal demostración, que son de los mejores músicos de orquesta que se puede encontrar en todo el orbe, por su seguridad, por su innata musicalidad y por su mesura aún en los pasajes de mayor desmadre orquestal. Ni siquiera en esos momentos, no escasos en la primera parte, en que los cuatro piccolos a la vez están haciendo de las suyas, el conjunto se desequilibró o sonó mal; y el final, con la orquesta a toda pastilla y los tres coros a pleno pulmón, fue, literalmente, de tirar abajo el Auditorio.
Un Auditorio cuya peculiar acústica perjudica, salvo en el patio de butacas, a las voces solistas, que tienden a verse sofocadas ante acompañamientos densos. Así, ni el discreto rey Waldemar del tenor Stig Andersen (un lírico metido a heroico, como fuera, en su día y con mejores resultados, Gösta Winbergh) ni la entregada Tove de la joven soprano spinto Gweneth-Ann Jeffers (que sustituyó con apenas un día de antelación a la inicialmente prevista Soile Isokoski, que canceló por un asunto familiar muy grave) brillaron como hubieran podido. Esto no le pasó ni a la experta recitadora que es la actriz Barbara Sukowa, porque hizo su narración con una discreta megafonía, ni a la mezzo Monica Groop que, acostumbrados como nos tiene a sus delicados recitales liederísticos y a sus exquisitas encarnaciones de papeles mozartianos, nos sorprendió con una voz incisiva, con la que no pudieron ni la orquesta ni la acústica, y con una interpretación dramática e intensa del canto de la Paloma del Bosque.
Si hubiera que ponerle algún pero a esta soberbia interpretación de los “Gurre-Lieder”, que tan lograda no esperamos escucharla por estos lares en bastante tiempo, sería la desigualdad de intensidad que hubo entre las partes primera y segunda –en que todo sonó más indefinido de lo que realmente es– y la parte tercera, compuesta tras la inmersión definitiva de Schönberg en el atonalismo. No es que sea una música más vanguardista, pero sí más moderna, y Salonen pareció sentirse mucho más a gusto en ella, más entregado y exigiendo más contrastes y potencia a orquesta y coros. Pero, teniendo en cuenta que, en todo momento, su control fue férreo, la lectura de una claridad insuperable y que también la primera parte tuvo sus momentos primorosos (la aparición de la paloma, en el intermedio que precede a su canción, con la cuatro arpas en plena majestad), no podemos considerar que nuestros reparos apunten a un lunar en la interpretación, sino, en todo caso, a un lunarcillo o peca, que no afea la belleza del logro global.
Fotografía © by Clive Barda