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Recital en Madrid
Y entonces llegó la Bartoli…
con Sergio Ciomei
Alicia Perris
Soirée Rossinienne. Cecilia Bartoli (mezzosoprano), Sergio Ciomei (piano). Obras de Gioachino Rossini, Vincenzo Bellini, Gaetano Donizetti, Manuel García, María Malibrán. Teatro Real de Madrid, 16 de abril de 2009.
Cecilia Bartoli
El jueves 16 de abril Cecilia Bartoli dio un único recital en el Teatro Real de Madrid, dentro del festival EllasCrean, con un programa al que llamó Soirée Rossinienne. Más de dos horas duró esta demostración de savoir faire, empatía con el público, hallazgos en el repertorio y magia, acompañada de un pianista igual de talentoso que ella, Sergio Ciomei.
El concierto comenzó con tres canciones en dialecto veneciano, de Gioachino Rossini, para continuar con Vincenzo Bellini y sus desgarrados fragmentos. Enseguida más partituras de Rossini, con algún pequeño cambio en el orden. Una segunda parte nos trasladó- siempre en el universo del bel canto- a la creatividad de Donizzetti, Rossini nuevamente y unos compositores menores, pero muy apreciados por Bartoli: Manuel del Pópulo Vicente García y la inefable y soñada evocación por la cantante romana, de María Malibrán. El público que esa noche poblaba el Real era diferente del habitual en las convocatorias de ópera, debido a que el teatro confesaba ser no más que un receptáculo para un “espectáculo privado”, convocado por otro tipo de organización, ajena habitualmente al coliseo madrileño. Entusiastas y rendidos antes de comenzar, los convocados al concierto de Cecilia no dejaron de estar profundamente compenetrados con ella y todo lo que representa.
La Bartoli hizo su entrada vestida de azul y plata, con una nostalgia de torero, peinada al viejo estilo natural con la melena casi libre, suelta y profusión de joyas y de brillos. En la segunda parte, de blanco roto y “paillettes” y más joyas, movía con elegancia y cierto nerviosismo la cola de su vestido, mientras cimbreaba con coquetería su cuerpo al ritmo de la música y respiraba desatando su pecho generoso. Vuelve los ojos al público, a su pianista, al infinito. Cuando se va entre bastidores, saludando, deja caer siempre una mirada última al paraíso, agradeciendo, animando, complaciendo, mientras se retira. En cada canción, en italiano, en francés, en español, los presentes elegidos que pudieron disfrutar del espectáculo, invitados por la organización o pagando un precio abultado por unas entradas raras, escasas, poco anunciadas (no quedaba ni un hueco en el Real), jaleaban a la sacerdotisa con vivas, aplausos y bravos. “Vente a España, Cecilia- le lanzaba uno- te queremos”. La sala, literalmente, se funde en aplausos. Y Cecilia se multiplica en una dimensión humana y musical a la que no estamos acostumbrados los que presenciamos el recato y la austeridad, la contención, con que se desenvuelven habitualmente las óperas en el teatro madrileño.
Hubo cuatro propinas, entre ellas una de música popular italiana, “Io, che ti voglio tanto bene”, hizo soñar al público, que se reconoció en el repertorio italiano de siempre. Una de las canciones negras de Montsalvatge, recuerda la misma elección que hizo Ainhoa Arteta, con mucho menos fuste y temperamento, en su concierto del Auditorio del 27 de marzo. Después, una melodía tradicional siciliana, que volvió a poner de moda Roberto Alagna, en su disco “Il siciliano”, “La luna in mezzo mare”, seguida para terminar, de la repetición de una de las canciones de bandera de Cecilia Bartoli desde que emprendió la tournée Malibrán, “Yo, que soy contrabandista”, de Manuel del Pópulo. Para reinventar e intentar recuperar la atmósfera de la Malibrán y su época, acudió hace un año y medio a las puertas del Teatro Real con un trailer, cargado de objetos y recuerdos de la mítica cantante muerta a consecuencia de la caída de un caballo traidor y dio un único recital para acompañar la propuesta, el 2 de noviembre de 2007. Todo envuelto en un halo de romanticismo elegíaco, como la propia Malibrán. La canción del contrabandista, que cantó en esa ocasión y ahora repitió, es orgullosa, desafiante, de zíngaro, que no de zíngara (Cecilia tiene la feminidad dúctil y flexible de un hombre cabal, si eso se puede concebir de algún modo). La mezzo romana empuña sus castañuelas como si fueran un arma, les saca sonido, las convoca, las enamora y otra vez se produce el hechizo de – como diría Julio Cortázar en “Rayuela”- la “Maga”.
El pianista acompañante es en sí mismo una maravilla de la naturaleza: músico inspirado, vigilante, cuidador de la diosa, con la que se compenetra casi sin mirarla, ni oírla, por propia temperatura ambiental, por simpatía. Le marca los tiempos, las cadencias, la relaja, la recoloca, la lleva a lo mejor de sí misma en una performance que hace de este dúo privilegiado un verdadero templo de la interpretación.
Cecilia Bartoli es una constelación de sentimiento y de música. Es ella, sus circunstancias y todo lo que la acompaña. Y lo que comparte. Y lo que tiene la capacidad de evocar, con una facilidad deslumbrante, luminosa, por su talento. Es una de las grandes mezzosopranos de los últimos tiempos y lo que es más importante, interpreta y hace música. A pesar de que el experto periodista J.A.Vela del Campo, opine la mañana siguiente del concierto, en la prensa, que “su Bellini es más que discutible. O mejor, es un Bellini a lo Bartoli…Y en Rossini el lema de 'melodía sencilla, ritmo claro', se convierte en 'melodía Bartoli, ritmo Bartoli'”. Lo sentimos, maestro. Como usted dice, la Bartoli es una “gran seductora” y nos ha conquistado a todos, ¡qué le vamos a hacer!…
Escribir a Alicia Perris