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Ópera en Ginebra
“Nací aquí, estas son mis raíces”
Eugenia Fernández Tejón
Peter Grimes, ópera en tres actos y un prólogo de Benjamín Britten. Gran Teatro de Ginebra. 28, 31 de marzo, 2,7,9 de abril 2009. Stephen Gould (Peter Grimes, tenor), Gabriele Fontana (Ellen Orford, soprano), Peter Sidhom (Balstrode, Barítono), Carole Wilson (Tía, mezzosoprano), Julianne Gearhart (primera sobrina, soprano), Laurence Misonne (segunda sobrina, soprano), Michael Howard (Bob Boles, tenor), Clive Bayley (Swallow ,bajo), Elizabeth Sikora (Sra. Sedley, soprano), Adrian Thompson (reverendo Adams, tenor), Daniel Belcher (Ned Keene, barítono), Simon Kirkbride (Hobson, bajo). Donald Runnicles: director musical. Daniel Slater: director de escena. Orquesta de la Suisse Romande. Coro del Gran Teatro con dirección de Ching-Lien Wu.
Ya en la recta final de la temporada de ópera del Gran Teatro de Ginebra y tras el éxito de Salomé, asistimos a la representación de un Peter Grimes sensible a las inquietudes de su creador Britten. El aislamiento, la incomprensión de las razones ajenas, la dificultad para relacionarse, el pueblo justiciero, los prejuicios, la incapacidad de perdonar, el mar y su lenguaje. Todo eso y mucho más rondaba las mentes de Britten y su compañero Peter Pears mientras ideaban la historia en su viaje de regreso en barco a Inglaterra. Después de unos años en EEUU volvieron con una clara conciencia de haber sido desertores culturales huyendo de su país mientras Europa sufría los estragos de la 2ª Guerra Mundial. Esta ópera significó, además de la redención a su pecado, la vuelta a las raíces a través del poema de George Crabbe en el que se describe una comunidad de pescadores de la costa oriental de Inglaterra, lugar de nacimiento del propio Britten. En este viaje y oliendo a mar surge el monstruo sensible que no controla su fuerza, incomprendido pero deseoso de ser reconocido por sus iguales y abocado al desastre por ser diferente en una sociedad constreñida y puritana.
Daniel Slater supo sacar partido a un montaje naturalista, nada sofisticado y sin complicaciones técnicas, que se fue adaptando, a veces de forma algo forzada, al desarrollo argumental. Pocas innovaciones y un cambio en la temporalidad que sitúa la acción hacia los años 70 del siglo XX en vez de a principios del XIX como en el libreto original.
La voz rotunda de Stephen Gould en el papel de Peter Grimes hizo sombra a parte del elenco, si bien la soprano Gabriele Fontana, como Ellen Orford, superó sobradamente el reto. La mezzo Carole Wilson, en su rol agridulce, supo dar un toque de gracia a su interpretación en los momentos más distendidos y sacar provecho de su timbre oscuro en los más trágicos. Las tablas teatrales de Gould, tras una trayectoria extensa en el mundo del musical, así como su imponente presencia, le permitieron dar al personaje una credibilidad y expresividad dramática como hecha a medida. Supo controlar con precisión los difíciles pianísimos en agudo como muestra de la fragilidad del ser acorralado y frágil que hay tras la apariencia ruda de Grimes. Las cosas cambian con el tiempo también para la ópera y resulta curioso escuchar esta interpretación en una línea tan diferente a como fue concebida. Britten creó un papel a la medida de las posibilidades vocales de Peter Pears con un estilo mucho más contenido y purista como podemos escuchar en la grabación histórica de Decca de 1959 que el mismo dirigió. Mención especial para el coro del Gran Teatro que bajo la dirección de Ching-Lien Wu se convirtió en otro de los personajes principales, el pueblo anónimo e implacable. Compacto, con voces que empastaban perfectas, protagonizó alguno de los momentos álgidos de la noche como en el estremecedor final de la segunda escena del tercer acto.
Donald Runnicles es sobradamente conocido como especialista en el repertorio británico. Nadie mejor que este director escocés para dirigir Peter Grimes al mando de la Orquesta de la Suisse Romande. Como él mismo comentó en alguna entrevista para la prensa local, “la identificación con el idioma y la cultura común, el recuerdo de los sonidos, melodías y ritmos de la infancia” le involucran profundamente en esta obra que nació del deseo de Britten de crear una nueva ópera inglesa, género prácticamente perdido en este país desde los tiempos de Purcell.
Fotografías cortesía del Gran Teatro de Ginebra. © 2009 Pierre-Antoine Grisoni
Escribir a Eugenia Fernández Tejón