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Índices
El Teatro Lírico de Chapí y Fernández Shaw (I)
De Irene a Margarita
José Prieto Marugán
A Guillermo del Campo Fernández-Shaw
El 6 de febrero de 1896 se estrenaba en el Teatro Eslava, de Madrid, El cortejo de la Irene; el 24 de febrero de 1909, en el Teatro Real, Margarita, la tornera; ambas fechas marcan el trabajo conjunto entre el poeta, comediógrafo y libretista Carlos Fernández Shaw (Cádiz, 1865 – Madrid, 1911) y el compositor Ruperto Chapí (Villena (Alicante), 1851 – Madrid, 1909). Trece años de intensa y fructífera colaboración de la que salieron un buen puñado de obras líricas, algunas muy importantes para nuestra ópera y nuestra zarzuela.
El primer contacto
Carlos Fernández Shaw
En su abundante producción lírica, Chapí colaboró con muchos libretistas, pero fue Carlos Fernández Shaw quien más libros le proporcionó, sólo o con otros escritores. El recuento correspondiente arroja el siguiente resumen: doce de las obras líricas de Chapí tienen texto de José Estremera, once de Carlos Arniches, diez de Miguel Ramos Carrión y de Sinesio Delgado, nueve de Emilio Sánchez Pastor, ocho de la pareja formada por Guillermo Perrín y Miguel de Palacios, cinco de Mariano Pina, de los hermanos Álvarez Quintero, de Joaquín Dicenta y de José Jackson Veyán, cuatro de Miguel Echegaray y de Ramón Asensio, tres de Antonio Arnao, de Enrique Fernández Campano y de Federico Jaques; con dos y con una se encuentran otros autores que no citamos para no alargar esta relación.
Carlos Fernández Shaw figura en esta clasificación con diecisiete obras; siete son de su exclusiva autoría (El cortejo de la Irene, Las hijos del batallón, El tío Juan, La venta de Don Quijote, La cruz del abuelo, La puñalada. Margarita, la tornera), seis fueron escritas con José López Silva (Las bravías, La revoltosa, Los buenos mozos, El gatito negro, El alma del pueblo, La chavala), dos con Carlos Arniches (El baile del casino, El maldito dinero), una con Pedro Muñoz Seca (El triunfo de Venus) y otra con Ramón Asensio Mas (Mam’zelle Margot).
El contacto que suponen estos trabajos en común hizo nacer una excelente relación personal entre ambos. Chapí y Fernández Shaw se conocieron a través de Antonio Peña y Goñi en la redacción de La Época, donde ambos eran colaboradores. Chapí vio en Carlos un futuro colaborador y le encargo un texto, aún sabiendo que los intereses literarios de Carlos en ese momento se inclinaban más por la poesía. No hay que olvidar, como recuerda Augusto Martínez Olmedilla que el gaditano
“…hacía versos bellísimos y los leía maravillosamente; más bien los declamaba, con todo lujo de cadencias y matices. No creo que le superase en este menester Zorrilla, pese a su fama de lector insuperable, ni el mismísimo Rafael Calvo en sus recitales de Núñez de Arce”. (1)
De la mano de Chapí, Carlos tratará en Apolo a grandes autores, músicos y actores. Entre los primeros se encuentra uno que es su antítesis: José López Silva (Madrid, 1951-Buenos Aires, 1925), colaborador de Heraldo de Madrid. Carlos es universitario, culto y distinguido; José es chuleta, jaranero y buen conocedor de los barrios bajos. Tipos opuestos, educados en diferentes ambientes que se complementan.
El resultado de esta unión lo resume Deleito y Piñuela:
“… sin duda, porque los elementos contrarios se atraen, o porque el estro de Fernández Shaw gustara de orearse de vez en cuando con la vena popular, su unión con López Silva tomó carácter de permanencia y cuajó en sainetes maestros”. (2)
De este curiosa pareja surgirán importantes obras líricas: Las bravías, La chavala, Los buenos mozos, El gatito negro, El alma del pueblo, y sobre todo la obra maestra de La revoltosa.
La producción
Antes de abordar el terreno teatral, citemos una curiosa colaboración entre nuestros dos personajes que se produce en 1896, es decir, al comienzo de su relación. Es un poema titulado Himno al árbol, escrito para contribuir a la llamada “Fiesta del árbol”, iniciativa de Mariano Belmás y Antonio Flores nacida en ese año para concienciar a los escolares sobre la importancia del cuidado de la naturaleza. Este pequeño himno escolar comienza con un “Maestoso” a modo de introducción que abarca los tres primeros versos, y que se transforma en un “Allegro moderato” (3) . El texto es el siguiente:
Cantemos al árbol que voy a plantar.
¡Si Dios lo protege del hombre y del viento,
salud y riqueza dará!
Para el aire puro, campestres aromas,
para el caminante, regalada sombra;
templará los rayos de la luz del sol.
Por entre sus ramas colgarán las aves
sus nidos de amor.
Uno para el otro los dos creceremos;
él se irá elevando y yo iré creciendo,
Y si triste y solo llego yo a morir,
dejaré en el mundo un árbol siquiera
plantado por mí.
Cantemos al árbol con voces de paz y de amor.
¡Defiéndalo el hombre!
¡Defiéndalo Dios!
Son diecisiete las obras líricas, de muy distinto carácter y nivel artístico, firmadas por Chapí y Fernández Shaw.
Ruperto Chapi
La primera fue El cortejo de la Irene, zarzuela en un acto que se estrenó en el Teatro Eslava, el 6 de febrero de 1896. Se ambienta en Aranjuez, en 1808 y gira alrededor de una joven que provoca los celos de su pretendiente, haciéndole creer que existe otro hombre, que no es sino ella misma disfrazada. La obra fue acogida sin excesos, aunque Peña y Goñi, amigo de los autores, destacó en ella “un ambiente español puro, neto, sin chocarrerías, sin desplantes cómicos, que tanto han pervertido al público de los teatros por horas" (4) .
Un año después, 17 de febrero de 1898, en el Teatro Circo-Parish, se dio a conocer Los hijos del batallón, melodrama en tres actos cuya acción sucede en Vendée a finales del siglo XIX, durante la insurrección realista contra el gobierno de París. La trama gira en torno a tres niños adoptados por el batallón republicano. Los realistas les vencen y se llevan a los niños, pero, cuando algún tiempo después son sitiados, prenden fuego al castillo y huyen por un pasadizo. Lantenac, jefe de los realistas, advierte que los niños han quedado en una torre y vuelve por ellos. Es detenido y condenado a muerte, pero Ganvain (jefe republicano) sorprendido por su valentía, le muestra una salida secreta. Ambos caudillos luchan y Ganvain resulta muerto, con lo que su honor queda a salvo, mientras Lantenac escapa. Es una obra larga, dieciséis números musicales, que, a juicio de Cecilio de Roda el público de Madrid no supo apreciar.
En 1899 estrenaron Fernández Shaw, Arniches y Chapí, una obra sin demasiadas pretensiones: El baile del casino, fantasía en un acto que subió al escenario de Apolo el 22 de octubre.
Un par de meses después, también en Apolo aunque ahora con José López Silva, se ofreció Los buenos mozos, sainete lírico en un acto de corte madrileño que presenta un don Juan de taberna y merendero que fracasa en sus intenciones, pasando de cazador a cazado. “Angulo el Malo” (5) dijo del sainete que “era mala como obra de arte por lo que atañe al mecanismo de la acción, la verosimilitud de personajes y situación e interés del argumento". Sin embargo, la música le pareció mejor: "una partitura que es un primor de originalidad, inspiración y gracia". Quizá por eso duró en cartel algunas semanas.
De nuevo con López Silva y en Apolo, Carlos y Ruperto estrenaron, el 3 de mayo de 1900, El gatito negro, humorada cómico-lírica en un acto que tuvo mala suerte porque sus personajes y sus chistes, demasiado previsibles para el público del teatro de la calle de Alcalá, hicieron fracasar lo que, por otra parte, era una obra sin pretensiones.
Casi dos años estuvo Carlos Fernández Shaw sin estrenar con Chapí. Cuando lo hizo, el 25 de junio de 1902, en el Teatro de la Zarzuela, ofreció una zarzuela dramática escrita en solitario y ambientada en Normandía, en el último tercio del siglo XVIII: El tío Juan. Su temática resulta casi trágica: Un viejo marinero vive retirado desde que dio muerte a su adúltera esposa y a su amante. De un barco, azotado por una gran tormenta, salva a una muchacha que es, según parece, la hija de su esposa. El marinero piensa en darla muerte, pero al ver la felicidad de la muchacha, que va a casarse, desiste de su intención.
En 1903 dos nuevas obras. La primera, en colaboración con Ramón Asensio Mas, se tituló: Mamm’zelle Margot. Se trata de una zarzuela en un acto que no gustó, y que se estrenó el 16 de abril de 1906, en Apolo, en el beneficio de Isabel Brú.
La segunda de 1903, el 20 de noviembre, fue La cruz del abuelo, en el Teatro de la Zarzuela y con Carlos como único libretista. La obra no fue bien acogida, en parte porque los profesionales del alboroto, entonces muy activos, consiguieron que no se pudiera escuchar con tranquilidad.
Una sola obra, La puñalada, estrenaron los autores que nos ocupan en 1904. Es un melodrama ambientado en la Alpujarra, en época del estreno, que subió al escenario de Apolo el 26 de octubre. Cuenta la historia de un asesinato por cuestión de amores, la condena de un inocente y el conocimiento de la verdad porque el asesino es sonámbulo y se descubre en uno de los episodios de su enfermedad. No gustó porque el público vio en ella una especie de copia de La tempestad, pero llamó la atención y se aplaudió un intermedio sinfónico.
Una nueva obra con López Silva, desarrolla la historia de un indeseable que no duda en difamar a una mujer para conseguirla. El sujeto aparece muerto y el padre de la muchacha es acusado de asesinato, pero al final quedará absuelto y libre, y la mujer podrá recomponer su vida. Bien acogida, aunque sin excesos, esta zarzuela en un acto se estrenó el 27 de junio de 1905, en Apolo, y fue titulada El alma del pueblo.
En 1906 y con apenas un mes de diferencia se estrenaron dos obras: El maldito dinero y El triunfo de Venus. La primera es la última en la que colaboraron Arniches y Fernández Shaw; se ofreció en Apolo, 8 de mayo, y es un sainete lírico en un acto que se desarrolla en Madrid, en época del estreno. Es la historia de dos viejos avaros que habitan en un barrio miserable y de los que se comenta que guardan un tesoro. Con ellos vive Angelita, su nieta, que no puede casarse con Félix por falta de dinero, aunque, al final, lo conseguirá porque su abuelo tiene un sueño en el que ve que necesita los cuidados y el cariño de la muchacha.
La segunda obra es de un carácter totalmente distinto. Se tituló El triunfo de Venus; el libro fue escrito junto con Pedro Muñoz Seca y se estrenó en el Gran Teatro, de Madrid, el 3 de junio. Obra de corte sicalíptico con una acogida regular, cuenta una historia del Olimpo: Júpiter despierta de un sueño de siglos y es informado de que Venus se ha fugado a la Tierra. Enfurecido, manda en su busca a varios dioses que creen reconocer a la diosa en cada mujer guapa, pero regresan al Olimpo de vacío. Venus, disfrazada de cupletista, se presenta sola ante los dioses y es muerta por Vulcano, su marido, pero Júpiter, para mostrar su poder, la hace resurgir entre las aguas del mar.
El triunfo de Venus tuvo una acogida irregular que Carlos Fernández Shaw no pudo contemplar porque la noticia del atentado anarquista de Mateo Morral contra los recién casados Alfonso XIII y Victoria de Battemberg, el 31 de mayo de 1906, le conmocionó de tal manera que tuvo que guardar cama varios días. De haber asistido, el accidentado estreno le hubiera causado una enfermedad, dada la precariedad de su salud que ya acusaba los síntomas y consecuencias de la neurastenia que habría de acabar con su vida en El Pardo el 7 de junio de 1911 (6) .
Las grandes obras
Entre las grandes creaciones de Chapí figuran, al menos cinco de Carlos Fernández Shaw: Las bravías, La revoltosa, La chavala, La venta de Don Quijote y Margarita, la tornera.
Cronológicamente, la primera es Las bravías, sainete en un acto escrito en colaboración con José López Silva estrenado en Apolo el 12 de diciembre de 1896, con una acogida apoteósica. Se basa en La fierecilla domada, de Shakespeare y desarrolla la historia de una joven insufrible a la que sus padres no pueden controlar, ni hombre alguno ha podido inspirarla el menor interés; Patro, que así se llama la “bravía” lavandera del Manzanares y a la que dio vida Isabel Brú, será "domesticada" por el señor Lucio, interpretado por Manolo Rodríguez, a base de manejarla con una mezcla de fuerza, violencia, halagos y cariño.
Más que satisfechos con el éxito de Las bravías, los libretistas dieron vida a otro sainete que, también con música de Chapí, se estrenó en Apolo el 21 de noviembre del año siguiente. Era ésta una obra muy orquestal para ser un sainete; prácticamente no tenía romanzas, sino números de conjunto, escenas, y, eso sí, un dúo final de los protagonistas. El compositor se había preocupado porque la nueva obra fuera una sorpresa; exigió a empresarios, intérpretes, músicos… el mayor de los silencios, pero cuando iba a comenzar el estreno dio un abrazo a Fernández Shaw y le dijo: “Va usted a presenciar algo que por muchos años que viva no volverá a ver” (7) . Así fue, pues ese “algo” era, nada menos que La revoltosa.
La “revoltosa" es Mari Pepa, una bella y desenfadada joven que gusta de revolucionar a los habitantes, tanto hombres como mujeres, del patio de vecinos en el que vive. Pero, al final, resulta que el amor hace mella en ella y con Felipe se va a la verbena con la noble intención de sentar la cabeza. De nuevo fue Isabel Brú la que dio vida a la protagonista, junto a ella Emilio Mesejo, como Felipe, y la plana mayor de Apolo: Pilar Vidal. Luisa Campos, Matilde Zapater, José Mesejo, José Ontiveros, Emilio Carreras y Eliseo Sanjuán.
Dispuestos a reverdecer el éxito y el rendimiento económico de Las bravías y La revoltosa, Chapí, Fernández Shaw y López Silva pusieron sobre las tablas de Apolo, La chavala, zarzuela en un acto que desarrolla su acción en una plazoleta madrileña inmediata a la Ronda de Valencia, es decir el barrio de Embajadores. Tuvo también un excelente reparto: Isabel Brú, Joaquina Pino, Pilar Vidal, Emilio Carreras, los hermanos Mesejo … pero La chavala no respondió a las expectativas en ella depositada, aunque hay que decir que es una gran zarzuela.
En 1902, concretamente el 19 de diciembre y otra vez en Apolo, Carlos y Ruperto, ofrecen al criterio del público el resultado de un trabajo de mayor enjundia: La venta de Don Quijote, comedia lírica en un acto, que se inspira en la novela cervantina. Era éste un intento, de ambos autores, de crear una página de altos vuelos –aprovechando la base de la gran novela cervantina- alejada de las vibrantes melodías que enseguida se hacían populares y que era lo que esperaban los habituales de Apolo.
Siempre ha habido reticencias a llevar a Don Quijote a las tablas, pero en esta ocasión la reconocida autoridad intelectual de libretista y compositor acallaron estas críticas y los revisteros elogiaron su trabajo sin reservas, aunque, la verdad es que La venta de Don Quijote no es una de las mejores obras de esta pareja. Además del preludio, la obra consta de trece escenas y cinco números musicales, y fue interpretada por Miguel Soler, Bonifacio Pinedo, José L. Ontiveros, José Mesejo, Felisa Torres, Carmen Calvó, Teresa Calvó y Aurora Rodríguez, entre otros.
Margarita, la tornera fue, prácticamente, la última obra estrenada por Chapí, y es una de las grandes óperas hispanas. El acontecimiento tuvo lugar el 24 de febrero de 1909 en el Teatro Real. El texto, como es sabido, lo firmaba Carlos Fernández Shaw (8) y se apoya en una historia tratada por Avellaneda y Zorrilla, que aprovechan una antigua leyenda incluida en Las Cantigas, de Alfonso X el Sabio, y que cuenta la aventura de una monja que ha sido seducida por un hombre; tras ser despreciada por el seductor, regresa al convento y descubre que la Virgen la ha sustituido guardando su lugar y su reputación.
Margarita fue compuesta en Garrincha (Alicante) en el verano de 1905. Concluida el 28 de agosto, Chapí quedó muy contento y así lo escribió a Carlos el mismo día:
"No me atrevo a darle a usted impresión de mi trabajo. Es muy pronto para que yo lo vea sin demasiado amor. Pero esto es tremendo: ciento veintisiete hojas, doscientas cincuenta y cuatro páginas de mi apretada escritura, que no bajarán de mil páginas de partitura... Y por hoy, nada más. ¡Ay, Carlos, qué contento estoy!” (9) .
Pasaron los meses y creyendo Carlos que no se iba a estrenar en España, escribió la obra de teatro hablado La Virgen de los rosales, para la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. La obra, que desarrollaba el tema de Margarita, fue retirada al tener noticia del acuerdo con el Real para darla a conocer. Sin embargo, este hecho pudo tener graves consecuencias para la relación entre Carlos y Ruperto.
Por suerte, Margarita se estrenó en el Real, tuvo un gran éxito y fue la ópera española más representada en el Teatro Real. Chapí tuvo que salir a saludar 20 veces al escenario, compartiendo la gloria con los principales intérpretes: Ida Gobbato (Margarita), Anita Hernández (Sirena, famosa bailarina de la corte), Fulgencio Abella (Juan de Alarcón), Francesco Cigada (Don Lope de Aguilera) y Francisco Meana (Gavilán, criado de don Juan).
(Continuará en el próximo número)
(1) A. Martínez Olmedilla. Periódicos de Madrid. Editorial Aumarol. Madrid, 1956. Pág. 172.
(2) J. Deleito y Piñuela. Origen y apogeo del género chico. Revista de Occidente Madrid, 1949. Pág. 284.
(3) El 25-3-2009, fecha exacta del Centenario de Chapí, se interpretó en Villena a cargo de la Banda Juvenil y coro.
(4) A. Peña y Goñi. “El cortejo de la Irene”, en La Época, Madrid, 7-2-1896.
(5) Angulo el Malo. "Los Estrenos. Apolo. Los buenos mozos" en El Nacional, Madrid, 23-12-1899.
(6) La enfermedad le llevó a pasar mucho tiempo en Cercedilla (pueblo de la sierra madrileña), en la cercanía de la naturaleza, la tranquilidad y la paz. Su hijo Guillermo Fernández-Shaw fue su enfermero, acompañante, confidente, soporte y apoyo.
(7) Chispero (Víctor Ruiz Albéniz). Teatro Apolo. Historia, anecdotario y estampas madrileñas de su tiempo (1873–1929). Prensa Castellana, Madrid, 1953. Pág. 279.
(8) Conviene destacar que Carlos Fernández Shaw escribió los libretos de algunas de las grandes óperas españolas. Además de Margarita, firmó el texto de El final de Don Álvaro (1911) y La tragedia del beso (1915), ambas con música de Conrado del Campo, y La vida breve (1913), de Falla .
(9) Luis. G. Iberni. Ruperto Chapí. ICCMU. Col. Música Hispana. Textos. Madrid, 1995. Pág. 194.
Escribir a José Prieto Marugán