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El tercer “Tannhäuser” del Real
Carlos de Matesanz
21 de marzo de 2009, 19:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Richard Wagner: “Tannhäuser”. Ópera en tres actos. Libreto de Richard Wagner. Producción de la Ópera de Los Ángeles. Dirección musical: Jesús López Cobos, Dirección de escena: Ian Judge, Escenografía y Figurines: Gottfried Pilz, Iluminación: Mark Doubleday. Tannhäuser: Peter Seiffert, Elisabeth: Petra Mª Schnitzer, Venus: Lioba Braun, Wolfram von Eschenbach: Christian Gerhaher, Landgrave Hermann: Günther Groissböck.
Ver un buen “Tannhäuser” por nuestros pagos no es nada fácil; la obra se representa poco, por las dificultades escénicas y musicales que conlleva. Sin embargo, en la aún breve historia del Teatro Real, es la tercera vez que se da, tras las representaciones dirigidas musicalmente por Christoph Perick y Daniel Barenboim. Sin alcanzar las bondades de esta última –a fin de cuentas, protagonizada por una compañía de tanta calidad como la Staatsoper de Berlín–, la presente ha alcanzado un excelente nivel merced a una destacada y sólida labor de conjunto en el aspecto musical. Y esa solidez podemos achacarla tanto a la dirección de Jesús López Cobos –que, aunque no estuvo arrebatador (fue mejor su anterior Wagner: “Tristán e Isolda”), extrajo bello sonido de la orquesta y, sobre todo, concertó con una eficacia excepcional, todo estuvo en su sitio y al milímetro– como a un equipo vocal de auténticos especialistas.
Peter Seiffert ya no es el Tannhäuser sobrado que grabó la obra con Barenboim, pero sigue sirviendo el aterrador papel con gusto, con matices, sin gritar y –algo inaudito entre los tenores wagnerianos– con un timbre claro y agradable; como actor, y en esto sí que no se escapa de la tónica wagneriano-tenoril, voluntarioso pero torpe como él solo. Su señora, la Petra, hizo una Elisabeth entregada tanto actoral como vocalmente y trazó un personaje nada ñoño; la voz no es tímbricamente deslumbrante pero sí sólida, efectiva y agradable; la manera de cantar, también. Ahora, el que se llevó la palma fue ese gran liederista que es Christian Gerhaher, que cinceló palabra a palabra y nota a nota un Wolfram francamente maravilloso, mejor en el solo del primer acto que en la Canción a la Estrella del último. Günther Groissböck sorprendió gratamente por su voz caudalosa y bien timbrada, pero cantó un Landgrave en perpetuo mezzoforte; también sorprendió la solvente wagneriana Lioba Braun, pero por lo contrario: por andar muy justa en su esforzada Venus. Los caballeros (Stefan Rüggamer, Johann Tilli, Joan Cabero y Felipe Bou) tuvieron un pasar y el pastorcillo de Sonia de Munck fue realmente excelente.
La puesta en escena venía precedida de un cierto escandalete; pero no ofreció nada interesante en los veinte minutos iniciales de “sex-shop” innecesario (el ballet del Venusberg de la versión de París): la música ya es suficientemente explícita como para que sobren numeritos gimnásticos (todavía si hubieran sido porno real, hasta hubiesen tenido su gracia). Un par de decorados giratorios bastante escuetos encajaban generando diversas combinaciones de paneles que evocaban, en unos casos mejor que en otros, los diversos cuadros de la obra; la iluminación y los tapizados, monocromos para cada cuadro, produjeron efectos absurdos: el pastorcillo cantándole a la primavera en medio de un decorado blanco completamente invernal o el cuadro final, otoñal tal y como reza el texto cantado, en rabioso verde primaveral. Tal vez Ian Judge haya querido decir algo muy profundo jugando así con los colores y trasladando la acción al siglo XIX (Tannhäuser = Wagner, quizá), pero hizo el ridículo más “sonoro” cuando Venus le indicó al trovador que tañera su arpa y éste se sentó ante un piano de cola. Menos mal que la música y los músicos, una vez más, hicieron que nos olvidáramos de cuánto inepto –por no decir memo integral– hay en el mundo del teatro lírico.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real