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Orquestas pequeñas, grandes lujos

Carlos de Matesanz

Academy of Saint-Martin-in-the-Fields

22 de abril de 2009. 19:30 h. Auditorio Nacional. Ciclo Complutense de Conciertos. Deutsche Kammerphilharmonie Bremen; dir: Herbert Blomstedt. W.A. Mozart: Sinfonías nº 34 y 41, R. Strauss: Serenata para vientos Op. 7, C. Nielsen: Pequeña Suite Op. 1.

14 de mayo de 2009. 22:30 h. Auditorio Nacional. Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. Academy of Saint-Martin-in-the-Fields, dir: Neville Marriner. M. Tippett: Concierto para doble orquesta de cuerda, B. Britten: Interludios marinos de “Peter Grimes”, E. Elgar: Variaciones Enigma, Op. 36.

Dos pequeñas orquestas –en formación aumentada en el segundo caso– nos han deleitado con gran música en los últimos días. La Universidad Complutense escogió a la justamente célebre Deutsche Kammerphilharmonie Bremen para cerrar su brutalmente amputada temporada de conciertos (de 14 han pasado a 4), con una actuación con la que esta agrupación ha podido sacarse la espina de su anterior comparecencia, la pasada temporada, tocando bastante mal música de Brahms bajo la batuta de Emmanuel Krivine. Tal vez el hecho de volver como lo que es, una orquesta de cámara, le ha permitido cosechar un merecido éxito; o tal vez fuera que, en este caso, estuvo dirigida por ese gran veterano que es Herbert Blomstedt. Sólo pasajero en una Sinfonía nº 34 de Mozart muy equilibrada pero poco más, destapó el tarro de las esencias en esa delicia encantadora que es la Pequeña Suite para cuerdas de Nielsen. Es casi un lugar común alabar la perfecta sintonía que el maestro alemán mantiene con la música nórdica, especialmente con Nielsen, de quien ha grabado dos veces sus sinfonías: la interpretación llena de magia del primer movimiento de la Suite lo justificó con largueza; además, la orquesta lució el bello sonido de sus cuerdas. Al comenzar la segunda parte, fueron los vientos los que se lucieron en la breve, juvenil y romántica Serenata Op. 7 de Strauss; su aire clásico y encantador fue un perfecto entrante para el plato fuerte del concierto: una Sinfonía Júpiter mozartiana que Blomstedt dirigió con singular vigor y marcados contrastes, pero sin caer en tópicos “al modo de los instrumentos originales” (aunque sí empleó trompetas sin pistones y recortó el vibrato de las cuerdas). No todo funcionó a la perfección en la concepción del maestro alemán de una obra tan compleja, pero la claridad expositiva, la energía sorprendente en un octogenario y la coherencia con que realizó su visión de la obra, fueron siempre encomiables.

Otra orquesta de cámara de lujo, con un sonido bellísimo –universalmente conocido y reconocido, merced a su extensísima discografía– es la londinense Academy of Saint-Martin-in-the-Fields, que apareció en la temporada de Ibermúsica y que no pierde calidad cuando se amplía, como fue el caso comentado. Para celebrar su medio siglo de existencia –además del octogésimo quinto cumpleaños de su fundador, Sir Neville Marriner, que la dirigía en esta ocasión–, interpretó un programa totalmente británico, en el que se pudo disfrutar loca e inmoderadamente (un placer tan sensual y lujuriante es raro que no haya sido condenado por alguna instancia moral) de su sonido perlado y seductor y de su indiscutible perfección técnica. El sonido de las cuerdas en el Concierto para doble orquesta de Tippett no es para descrito, ni el milagroso unísono de violines y flautas al comienzo de los Interludios marinos de Britten. Pero, ojo: tampoco es para descrita la falta de garra de Marriner en estas obras; la carencia de pujanza rítmica en el tercer y último tiempo de la obra de Tippett, pudo verse compensada por la belleza del tiempo lento anterior, pero nada pudo compensar la falta de tensión en la Tempestad de los Interludios, que rayó lo lamentable, a pesar de lo bien que sonara la orquesta: la música se caía. Menos mal que la segunda parte estuvo ocupada por una obra que a Marriner se ve que le va más: unas Variaciones Enigma de Elgar que, narradas con sencillez y encanto, fueron lo más expresivo de la velada, con una variación Nimrod (el corazón de la obra) plena de íntima grandeza, expuesta con sentimiento y sin retórica vana.

Disfrutar de orquestas así es un auténtico lujo que nos hace olvidarnos de que una orquesta es “sólo” un instrumento. Ah, y nos da una envidia atroz que “instrumentos” de esta categoría soberana vengan siempre del extranjero.