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Monteverdi “ritorna” al Real
Carlos de Matesanz
29 de abril de 2009, 19:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Claudio Monteverdi: “Il ritorno d’Ulisse in patria”. Dramma in musica en tres actos. Libreto de Giacomo Badoaro. Coproducción del Teatro Real con La Fenice de Venecia. Dirección musical: William Christie, Orquesta: Les Arts Florissants, Dirección de escena, escenografía y Figurines: Pier Luigi Pizzi, Iluminación: Sergio Rossi. Ulises: Kobie van Rensburg, Penelope: Christine Rice, Telémaco: Cyril Auvity, Eumete: Joseph Cornwell, Iro: Robert Burt, Minerva y Amor: Claire Debono, Neptuno y Tiempo: Luigi de Donato, Eurímaco y Júpiter: Ed Lyon, Melanto y Fortuna: Hanna Bayodi-Hirt, Ericlea: Marina Rodríguez-Cusí.
Continuación del “Orfeo” de la temporada pasada y avance de “L’Incoronazione di Poppea” de la próxima, acaba de ofrecerse el segundo episodio de las óperas de Monteverdi que el Teatro Real ha querido ofrecer completas bajo la visión de los mismos directores: Pizzi en lo escénico y Christie, con sus Arts Florissants, en lo musical. Con tales mimbres y con tal música, el resultado, desde luego, no puede ser malo. Pero después de la fiesta que fue el “Orfeo” del año pasado, este “Ritorno” nos ha parecido un poco poco, valga la expresión. Los años transcurridos entre ambas óperas marcan una depuración considerable en el lenguaje dramático de Monteverdi y tanto la música como el libreto de “Il ritorno d’Ulisse in patria” son serios y sobrios; por tanto, la puesta en escena y la dirección musical se esperaban ciertamente desnudos y concentrados. Pero a William Christie le sientan mucho mejor los ritmos de danza y la alegría sensual que la contención y la sobriedad, que en él tiende a parecer alejamiento; en todo caso, la realización musical, merced a sus estupendos Arts Florissants, tan exquisitos, fue impecable. Tampoco la personalidad brillante y sensorial de Pier Luigi Pizzi parece encajar demasiado con esta obra, que presentó desnuda y clara (pocos elementos escénicos, figurines escuetísimos), como debe ser, pero tras tanta contención parecía haber poca vida; ni se ahondó en el perfil psicológico, muy claro –casi estereotípico– de los personajes, ni se les dio rienda suelta para expresarse, no fueran a desentonar con la sobriedad ambiente.
Así las cosas, los cantantes tampoco pudieron hacer mucho más que cantar: eso sí, muy bien. Incluso el insoportable tenor Kobie van Rensburg, que ya nos castigara la temporada pasada con un Idomeneo de segundo reparto y quinta categoría, estuvo pasable, pues el papel de Ulises no es muy agudo y denuncia menos su clamorosa “voz de vieja” que, necesariamente, habría de sentar mal a un héroe homérico. Muy bellas voces las del también tenor Ciryl Auvity –muy joven y bien parecido, que daba a la perfección el tipo para el adolescente Telémaco– y la mezzo Christine Rice que, a pesar de ser Penélope un papel más bien grave, cantó su parte sin aparente esfuerzo y con total homogeneidad de registros, aunque –por ponerle algún pero– le faltara esa concertación extrema (porque el papelón se las trae, es tal vez el más jugoso de toda la ópera) que consiguieron en el papel algunas de las más grandes: Janet Baker, Frederica von Stade, Bernarda Fink o Vesselina Kassarova, total nada. Sin embargo, merece aplauso sin reserva la soprano ligera Claire Debono, bien como Amor y mejor todavía como Minerva, papel que a veces se encomienda a una mezzo. El resto del reparto se mantuvo en un nivel de correcta excelencia, o de excelente corrección, en el que, como suele decirse, para justificado espanto de bien parlantes, “todos rayaron a gran altura”. Pero, por destacar algo del producto nacional, habría que encomiar la excelente nodriza cantada por Marina Rodríguez-Cusí, recogida y afectiva, nada caricaturesca.
También hay que mencionar la censurable actuación de otro miembro del reparto: un halcón (sic) que precedía a las apariciones de Júpiter y que, al cruzar el patio de butacas en el puño de su halconero al comienzo de la segunda parte, dejó caer un insospechado “regalo” en la escalinata de acceso al escenario que a poco si le acierta a un violoncellista en el hombro. No nos parece que tan fino, aunque mortecino, espectáculo mereciera una crítica tan grosera; es verdad, que con lo que se ve hoy día en el mundo de la ópera, ganas le dan a uno de ciscarse en tó, pero éste no era el lugar ni el momento, señor Halcón.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real