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Ballet en Madrid
Romeo y Julieta de Prokofiev
Alicia Perris
Romeo y Julieta. Ballet en tres Actos de Sergei Prokofiev. Coreografía: John Cranko. Escenografía y figurines: Jürgen Rose. Dirección Musical: Glenn Prince. Sue Jin Kang: Julieta. Filip Barankiewicz: Romeo. Mercucio: Alexander Zaitsev. Benvolio: Attilo Bako. Tebaldo: Jirí Jelinek. Paris: Nikolay Godunov. La Condesa Capuleto: Sonia Santiago. Orquesta del Teatro Real. Ballet de Stuttgart.13 de mayo de 2009. Teatro Real.
“…Donde las aguas se confunden misteriosas en rítmico pas de deux”
(Cristina Peri Rossi, febrero de 2009).
Preciosa función la de este Romeo y Julieta mítico del Ballet de Stuttgart, estrenado en 1962 y representado en 1965 en el Festival de Dos Mundos de Spoleto y transformado en la bandera de esta compañía modélica, vibrante, perfectamente organizada, que funciona como una maquinaria perfecta, pero con mucha alma. Con mucho sentimiento. Tal vez sea Romeo y Julieta de Prokofiev uno de los ballets más representados. Por mi parte, disfruté en su día, en distintas “reprises”, los montajes en el Teatro Colón, con figuras nacionales y extranjeras y en la ópera Garnier, de París. Allá por el año 77- entre las experiencias más nítidas que recuerdo- pude asistir a una puesta en la Ópera de Viena, aunque vuelve a mi memoria más desdibujada, menos definida. Parece que se pierde, con los años, la capacidad de asombro, de emocionarse. Por fortuna, el elenco de Stuttgart, liderado por Cranko, me ha demostrado que no es así. Había mucho del Shakespeare originario y fundacional en la hidalguía, el desafío, la pasión, las emociones de los personajes. También en la incapacidad del hombre para oponerse al destino, que lo desafía, lo tortura y finalmente lo abandona. “El motivo conductor” de la obra de Prokofiev, tan conocido, tan evocado, nos acompaña a través de toda la representación, modulando y definiendo el paso de los acontecimientos en una escala de mayor a menor euforia, hasta llegar al más completo luto y la consternación por la muerte-tan injusta- de los enamorados.
La coreografía de Cranko, excepcional, luminosa, acompañada de unos escenarios y figurines, obra de Jürgen Rose, cambiantes y adaptados a la historia, allá en un Renacimiento más idealizado que real, pero vivo, de verdad. Rose trabajó varias veces en colaboración con Cranko, de ahí la sintonía, ese ajuste tan perfecto y tan poco frecuente en los escenarios. Reconocido internacionalmente, también en el mundo de la ópera, ha trabajado en Alemania, pero también en Austria, Milán, Nueva York y Londres. El vestuario es deslumbrante. Del blanco al negro, pasando por los dorados, los turbantes, las joyas, las telas, las texturas, los dégradés, todos los colores se muestran en la paleta del ballet de Stuttgart y sus bailarines, entregados, espléndidos.
La Julieta de la noche del 13 de mayo, Sue Jin Kang, es ella misma una gasa, etérea, puro sueño, según la definió un elegante contertulio del foyer. Ligera, expresiva, casi sin peso, se desliza por el escenario incorporándolo como si fuera su útero materno. Dialoga con la nodriza, su verdadera madre, con sus padres, tan lejanos, con los pretendientes, con el amanecer, que la arranca del lecho de sus amores recién estrenados. El dúo romántico y adolescente que establece con Romeo, Filip Barankiewicz, es brillante, sugerente, para dejarse invadir por la imagen y la historia. El amor fluye por entre los brazos y los ropajes de estos dos jóvenes (aunque Julieta sea ya más madura que la original), que se aman, se prometen, se entregan y finalmente se inmolan en el altar del Fatum.
Un cuerpo de baile afinadísimo, que da todo de sí y unos secundarios de lujo, en los papeles más conocidos de Shakespeare: Mercucio, Tebaldo, Benvolio. Fantásticas, acrobáticas sin perder elegancia, para fantasear, las escenas de espadas, los duelos. Pero tal vez lo más sorprendente sea el propio conjunto: la posibilidad de que, después de haber visto tantos montajes de la misma obra, la reiteración siempre distinta, siempre atractiva, nos conmueva, nos convulsione. Algunos lo llaman arte, otros duende, otros, simplemente, talento. Pero también hay trabajo y esfuerzo y disciplina en este Ballet de Stuttgart que ya se ha vuelto legendario en Europa. Como expresó el crítico de ballet Clive Barnes, habría que seguir utilizando, como en este caso, el ya clásico apelativo de “el milagro del ballet de Stuttgart”.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real
Escribir a Alicia Perris