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Índices
El Teatro Lírico de Chapí y Fernández Shaw (y II)
De Irene a Margarita
José Prieto Marugán
A Guillermo del Campo Fernández-Shaw
Continuación de El Teatro Lírico de Chapí y Fernández Shaw (I), publicado en el nº 35, mayo de 2009, de esta revista.
Una pequeña nube
Durante más de diez años, Carlos y Ruperto han sido buenos amigos, pero de manera inesperada y sin intención surge un problema entre ellos, un nubarrón que Guillermo Fernández-Shaw cuenta así en la biografía de su padre. Tras uno de los duros momentos de la enfermedad de Carlos, y el fracaso de una sesión de hipnosis, el doctor Julio Hurdistán habla así con Cecilia, la esposa:
- -“Pero Carlos, en sus buenos momentos, ¿trabaja? –.
- - Con increíble facilidad –responde Cecilia. Ahora está terminado La tragedia del beso, un poema dramático para la Guerrero y Mendoza. Se lo ha pedido Fernando para sustituir con él La Virgen de los rosales.
- - Entonces, este drama, ¿no se estrena ya en la Princesa?
- - No. Como el asunto es el mismo de Margarita, la tornera…Carlos creyó que esta ópera jamás se estrenaría. Y, en todo caso, pensó que en nada perjudicaría a la ópera la previa representación de la obra dramática.
- - ¡Claro! Como La Dolores, como tantas obras.
- - Sí. Pero el maestro Chapí no ha sido de la misma opinión. Y, entre ellos, ha habido un disgusto.
- - No me diga más, Cecilia. Es preciso que esos colaboradores, que tanto se quieren y se admiran, se reconcilien”.
Carlos Fernández Shaw
Desde ese instante, todo el interés de la familia [de Carlos] estará encaminado al logro de esta reconciliación. Don Ruperto Chapí se sintió dolido por una carta de Carlos, pero es el primero en desear darle un abrazo. Y este abrazo llega cordial y efusivo, con la virtud además de la oportunidad. Para principios de 1909 se anuncia en el Real el estreno de Margarita, la tornera y aunque Carlos renuncia a asistir a los ensayos y al estreno, se suma de manera tan efusiva al triunfo del compositor, que puede decirse que no ha quedado entre ellos ni rastro de resquemor alguno. Es más: cuando el 1 de marzo se celebra en La Huerta un gran banquete popular en honor de los autores de Margarita y del escenógrafo Amalio Fernández, no duda Carlos en concurrir al acto para ser él quien ofrezca de verdad el homenaje a la figura de Chapí, y levanta su copa de “champagne” –que no ha bebido– por la prosperidad de la ópera española.
Dios sabe únicamente el esfuerzo que he hecho por dar esta alegría al maestro. La efusión de su despedida no la olvidaré nunca.
Aquel momento ha sido el último en que se han visto los colaboradores. Pronto, muy pronto, el maestro Chapí, atacado por alevosa enfermedad, morirá cantando en el delirio de su agonía la “zarabanda” de su Margarita amada Y Carlos, horrorizado de pensar que “esto” hubiese ocurrido sin aquella reconciliación, llora al gran amigo con intenso dolor, pero con un dolor dulce y callado, que es el verdadero homenaje de su corazón” (1) .
Homenaje poético
Poco más de dos años sobrevivió Carlos Fernández Shaw a Chapí, pues el poeta murió el 7 de junio de 1911. En ese tiempo tuvo más de una ocasión de mostrar públicamente que su amistad con el compositor alicantino era sincera e intensa. El 27 de marzo de 1910 está fechado un largo poema titulado El primer aniversario. A Chapí. Según Guillermo Fernández-Shaw en la biografía de su padre es un poema inédito, aunque en el legado de la familia Fernández Shaw que conserva la Fundación Juan March hemos encontrado en unas pruebas de imprenta, con correcciones. Escrito a mano, en la cabecera de este documento aparece “A Chapí. 27 de marzo de 1910”. No es sólo un recuerdo elogioso del fallecido, sino también un reproche a los que quedan y se dedicaron a poner las piedras de la lisonja interesada, la envidia y hasta la ofensa en el camino del músico.
El Primer Aniversario. A Chapí
Un año ya. La piedra de tu fosa
ya todo el curso conoció del tiempo,
– con el rápido giro de los días –
en la paz del solemne Camposanto.
Los soles, que requeman, del estío.
Las tardes taciturnas del otoño.
Las noches tenebrosas del invierno…
Y otra vez la acaricia con sus auras
la virginal, radiante primavera,
eternamente luminosa y joven.
¡Un año ya! Y en mi dolor perdura
todo el dolor de sus primeras horas.
En estas, al recuerdo consagradas,
mientras la angustia de tu fin evoco,
lleno de ti, soñando, la memoria.
De ti. De tus afanes. De tus duelos.
De tus gozos y lauros. Del influjo
con que al fin subyugabas. De tus voces
firmes, rotundas, en amargos trances.
Del brillo, tan intenso, de tus ojos.
¡El brillo de las súbitas centellas!
De los ánimos tuyos, fuentes vivas
de esfuerzo voluntad. Del alma noble
que en tus múltiples obras infundiste.
Y en noche sosegada, bien cercado
por apacible soledad, requiero,
por vago modo, misteriosamente,
la presencia dichosa, que me exalte.
de tu inmortal espíritu.
Lo sienta
por el aire vagar. Se comunique
mi espíritu con él. Y en honda calma,
los dos, a solas – como en otros días
de ilusiones, de luchas – nos digamos
los íntimos sentires más profundos.
¡Salve, Maestro; singular amigo,
artista singular, honra de España!
¡Salve mil veces! En el Cielo brilles,
cual espíritu-sol!
En cielos otros,
– los cielos claros, que alumbró tu genio,
del arte nacional –, perennes lucen,
cual estrellas, tus obras; sin que logren
deslustrar su esplendor las torpes nieblas
que suscitara contra ti la Envidia.
¡Lucen y lucirán! Eternamente.
Y en tanto gozas de mayor regalo
concedido por Dios, delicia suma:
¡la paz suprema del reposo eterno!
Gimamos, sin alivios ni esperanzas;
luchemos en el mundo, sin reposo,
los míseros mortales que sufrimos
la miseria y el mal que corresponden
a nuestra débil condición. ¡Luchemos!
En afán perdurable. Bajo sombras.
Años tras años. Sin cejar un punto.
Sin vivir de ilusiones que enloquecen.
Sin dar calor al insensato anhelo.
Sin alzar las miradas, a las cumbres,
– dominios de las águilas tan solo –,
que el Destino reserva para el Grande,
que las Musas allanan para el Fuerte.
Más, quienes hayan condición excelsa,
cual tú la hubiste, ¡calidad eximia!,
-luego que luzcan, y al mortal deslumbren
por obra de su luz, luz de sus almas-,
sacudan pronto, por su bien, el yugo
de la vida mortal, y el mundo cambien,
que a bárbaro martirio los condena,
por moradas más puras, por regiones
de encantos sempiternos, por el gozo
de la vida inmortal.
Allí, las iras
del bajo mundo su furor estrellan.
¡Cual se rasgan, deshechas en espumas,
las montañas del mar, en sus combates
contra la costa firme! ¡Nada puede
toda perfidia ya! Querrán en vano
las horas tuyas amargar, de nuevo,
los viles enemigos; los astutos
envidiosos, allí. No la lisonja,
por interés hipócrita dictada,
sublevará tus ánimos, tan nobles.
No sufrirás ofensas, por ofensas
del ignorante vulgo, que presume
tantas veces de juez; que tanto goza,
siempre que pone, con grosera mano,
sobre la piedra que labrara el Arte,
las injurias del fago del arroyo.
¡Lograste ya la Suerte bienhechora
digna de ti!
Lloremos, lamentemos
la ausencia de tu luz; mas, entre tanto,
con voz sincera, que del alma brote,
celebremos, en ti, ventura tanta:
¡tu redención, por obra de la Muerte!
Tres meses después de este homenaje, el primero de julio del mismo año de 1910, publica Carlos otro poema dedicado a Margarita, la tornera. Lo incluye la revista Comedias y comediantes (2) en una sección que lleva el título genérico de “Las mujeres del teatro”.

Margarita, la tornera
I
Ante su Virgen, de hinojos,
reza y reza Margarita,
con fervores muy profundos
con angustias muy sombrías.
Encontrados sentimientos
sin cesar la martirizan.
Voces del mundo la llaman
con seductoras cantigas.
Voces del deben la tienen,
la mantienen, indecisa.
¡Y en tan horrendas angustias,
a su Virgen se confía!
II
Cesaron las oraciones
y vencieron las cantigas.
Va a rodar en el abismo
la infelice Margarita.
Ruge por el negro espacio
la tormenta más bravía.
Con destellos infernales
cada centella rutila.
Margarita, deslumbrada,
del Cielo mismo se olvida.
Y apártase de su Virgen.
y a su don Juan se confía.
III
Menos duran que las rosas
la ilusión y sus mentiras,
Menos, pasiones livianas
que dan en prontas fatigas.
Bien lo comprende, gimiendo,
la infelice Margarita,
muy desdeñada y a solas
en la corte corrompida..
Raigados remordimientos
sin cesar la martirizan.
Y al Cielo torna los ojos
con angustias infinitas.
IV
Virgen pura, Virgen santa.
Virgen sacrosanta: mira
cómo requiere la sombra
de tu manto Margarita.
¡Cómo se aparta del mundo,
que la hirió con tal perfidia!
¡Cómo retorna al convento
y a su paz, arrepentida!
¡Cómo tu grande milagro
la redime de sus cuitas!
¡Con qué renace, tan buena!
¡Y a su Virgen se confía!
V
Por ámbitos de la Gloria
pasa, gentil, Margarita.
Luces de gloria la visten.
Gracias del Señor la animan.
Y por que en gozos perennes
almas tan excelsas vivan,
llega, como luz radiante,
sobre el alma de Zorrilla;
sobre el alma, siempre joven,
de Chapí, sol que fascina.
¡Y en su esplendor las envuelve!...
¡Y a la Virgen las confía!
No tenemos constancia alguna, pero nos gustaría pensar que mientras Carlos daba forma a estos versos, recordaba los buenos momentos pasados con su amigo Ruperto, dando vida a Margarita o a cualquier otra de sus mujeres teatrales, cada una heroína a su manera.
(1) G. Fernández-Shaw. Un poeta de transición. Vida y obra de Carlos Fernández Shaw. Biblioteca Romática Hispánica. Editorial Gredos. Madrid, 1969. Pág. 106.
Escribir a José Prieto Marugán