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Turandot intimista
Fernando Morales
Palau de les Arts Reina Sofía. 22 de abril de 2009. Turandot, drama lírico en tres actos. Música: Giacomo Puccini (completada por Franco Alfano). Libreto: Giuseppe Adami y Renato Simoni a partir de la obra de Carlo Gozzi. Estrenada en Milán, Teatro alla Scala el 25 de abril de 1926. Turandot: Elisabete Matos. Calaf: Francesco Hong. Liù: Alexia Voulgaridou. Timur: Alexander Tsimbaliuk. Emperador Altoum: Manuel Beltrán Gil. Príncipe de Persia: Ossama Badreddine. Ping: Fabio Previati. Pang: Vicenç Esteve. Pong: Gianluca Floris. Un Mandarín: Ventseslav Anastasov. Dos doncellas: Estrella Estévez, Caterina Sobrevela. Producción Palau de les Arts Reina Sofía. Director Musical: Lorin Maazel. Director de Escena: Chen Kaige. Director de Escena de la reposición: Alex Aguilera. Escenógrafo: Liu King. Vestuario: Chen Tong Xun. Iluminador: Albert Faura. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director del Coro: Francisco Perales. Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados. Director de la escolanía: Luis Garrido.
Más allá de las causas que pudiera haber, las pretensiones de unos y otros, las cuentas pendientes, enemistades o cualquier circunstancia que sólo los de dentro del Palau de les Arts conocen, el caso es que la despedida oficial de Lorin Maazel como director artístico del coliseo fue un nuevo y atronador éxito. Quemaban las manos de aplaudir y picaban las gargantas de aclamar al veterano director tras una lectura sorprendente de Turandot. ¿Con qué más nos puede sorprender este genio de la interpretación? Por eso es quien es, porque tiene esa magia que le hace diferente, especial y único. Gracias a músicos como él la música permanece viva, no es rutina, no es simple homogeneidad, no es simplemente técnica y un poco de efectos alcanzados por el mero dominio del oficio. Con él la música siempre nos dice algo nuevo, nos descubre matices latentes, posibilidades inexploradas, rincones ocultos en los que nos sentimos privilegiados.
¿Y en qué fundamento se asentaba esta lectura de Maazel de la gran partitura pucciniana? En un tempo lento, lentísimo, parsimonioso incluso. Costó mucho a nuestros oídos, acostumbrados a interpretaciones tumultuosas y agitadas de la obra, nerviosas y estridentes, acostumbrarnos a este desgranar calmo de cada compás de la obra. Problemas generó también en los mismos intérpretes, no en la orquesta, que siguió al director sin desajustes importantes, pero sí el coro y los solistas, así como las fanfarrias situadas fuera del escenario. Son “cosas del directo” que dirían los presentadores horteras de la televisión.
¿Y qué logra con este tempo tan parsimonioso? Lo primero recordar a un enorme director que jamás se habría molestado en hojear esta partitura: Sergiu Celibidache. Porque lo que consiguió Lorin Maazel fue precisamente eso: servirse de esa atención al detalle, de ese caminar sin agobios, para detenerse en las mil y una sonoridades chinescas, arabescas, acompañamientos varios y sutilezas incontables que quedan ocultas en las versiones tradicionales tras el peso inexorable del tempo rápido y de los volúmenes excesivos. Me recordó personalmente la extraordinaria grabación de la obra de Franco Ghione, en la que se escuchan las chinerías, especialmente las logradas con la percusión, generosamente tratada por Maazel y que le da una sonoridad especial a esta gran obra maestra.
Cierto que en alguna ocasión parecía que tal lentitud no funcionaba: el mismo comienzo, con esa fanfarria que da entrada al mandarín, desconcertó, en primer lugar por el encontronazo brusco con esa manera de dirigir la obra, y en segundo porque el mismo mandarín parecía leer el edicto a cámara lenta. También los coros de ese primer acto fueron un tanto descoordinados con el director. Pero, ¡oh maravilla!, cuando llegó el final del primer acto: ¡qué delicadeza, qué amor! La soprano Alexia Vulgaridou, ya vieja conocida del público de Les Arts, pudo lucirse como tocaba -¿o es que el maestro Maazel se lo sirvió en bandeja?- en el Signore ascolta, antes de que el tenor Francesco Hong –nombre artístico del coreano Hong Sung-Hoon- abordara un Non piangere Liù que serviría para hacerle soportable para el resto de la función.
En el segundo acto, sin duda alguna se vivieron los mejores momentos de la noche. En la primera escena, cuando cantan los tres ministros, Maazel describió a la perfección el humor negro de las tres máscaras con una infinidad de matices asombrosa. Las voces de los tres personajes sonaron más claras que nunca gracias al tempo ostensiblemente más lento del maestro: ¡la cantidad de detalles interesantes que les escribió Puccini a estos tres personajes bufos, y lo desapercibidos que pasan el 99% de las veces! La escena de los enigmas fue lo mejor. Los tremendos golpes de percusión, la incertidumbre expresada en las apoyaturas que hace sonar la cuerda, perfecta manera de Maazel de describir los instantes en que el Príncipe Ignoto está pensando la respuesta a los acertijos, llegando en el último de ellos, cuando más duda, a un silencio sobrecogedor que Maazel prolongó por más de tres segundos: ¡Inigualable, extraordinario! Hay que destacar en este punto la categoría de la soprano portuguesa Elisabete Matos, que defendió el exigentísimo rol de Turandot con absoluta suficiencia y con una musicalidad sin tacha, como demostró en la infernal In questa reggia. Personalmente, creo que salimos ganando con el cambio de la Guleghina. También fue interesante el Emperador Altoum de Manuel Beltrán Gil, quien cantó con intención su parte, aunque no forzara en exceso para que su voz sonara decrépita, como indica Puccini en la partitura.
El tercer acto se inició con el Nessun dorma, famosísimo momento pisoteado en los últimos tiempos por infinidad de estrambóticos diletantes, lo mismo: gran dirección de Maazel, tenor aseado pero no a la misma altura. Finalmente, la escena de la muerte de Liù resultó mucho más conmovedora que en la versión del año pasado de Zubin Mehta, algo que se veía venir con lo escuchado anteriormente. Destacó especialmente la nobleza y redondez del canto de Alexander Tsimbaliuk como Timur, ¿qué le pasaría el año pasado?, porque lo que le ha dado al personaje este año es justo lo que no le dio el pasado. Estupendo. Del final de Franco Alfano, decir que un servidor lo sigue considerando un pegote. Y cuando el nivel de la música baja tanto, pues ni Lorin Maazel lo puede salvar.
Para completar el comentario, destacar el muy buen trabajo de las Tres Máscaras, papeles por otra parte agradecidos, como el de Liù, con el que la soprano griega Vulgaridou ha vuelto a triunfar –y al final le tomaremos cariño...-, aunque sus prestaciones vocales me sigan pareciendo un tanto limitadas. Maravilloso el Cor de la Generalitat Valenciana, como siempre, esmaltado, rotundo, brillante, especialmente en los tremendos agudos que abordan las sopranos y que los bordan. También los pequeños de la Escolanía de Nuestra Señora de los Desaparados.
En resumen: se confirma que Lorin Maazel es un lujo que Valencia no va a seguir permitiéndose, y que el Talón de Aquiles del teatro calatravino siguen siendo las voces. Pero ¡qué difícil montar un reparto equilibrado de ópera italiana!
Fotografías © 2008 by Tato Baeza - Palau de les Arts Reina Sofía
Escribir a Fernando Morales