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Conciertos en Madrid
Despedidas brahmsianas
Carlos de Matesanz
Auditorio Nacional de Música de Madrid.
24 de mayo de 2009. 19’30 h. Temporada de Conciertos de la Universidad Politécnica. Dresdner Philharmonie; dir: Rafael Frühbeck de Burgos. Brahms: Sinfonía nº 3 en Fa mayor y Sinfonía nº1 en Do menor.
4 de junio de 2009. 19’30 h. Ciclo de Conciertos y Solistas Extraordinarios de Juventudes Musicales de Madrid. Julian Rachlin (violín), Orquesta Sinfónica de Viena; dir: Fabio Luisi. Stravinsky: Concierto para violín y orquesta, Brahms: Sinfonía nº 2 en re mayor.
10 y 11 de junio de 2009. 19’30 h. Liceo de Cámara. Cuarteto Arcanto. Brahms: Quintetos y Sextetos de cuerda.
Rafael Frühbeck de Burgos
Diversas temporadas madrileñas han decidido despedirse con Brahms en ristre, y la verdad es que el viejo Johannes sigue dando resultados magníficos a poco bien que se le sirva. Ejemplo paradigmático es el concierto con que cerró la Universidad Politécnica su ciclo de conciertos en el Auditorio, dedicado por completo a este autor –Sinfonías 3 y 1, por ese orden– y confiado a una orquesta con fama de segundona entre las alemanas –la Filarmónica de Dresde– dirigida por su actual titular, Rafael Frühbeck de Burgos, que nunca ha sido santo de nuestra devoción y que últimamente está un poco “pesadito”, dirigiendo Brahms a todas horas. Bueno, pues bendita pesadez, porque… qué bien le han sentado los 75 a Frühbeck: qué Brahms más fluido y natural, más poético y sentido, más organizado y poderoso. Pero, sobre todo: qué orquesta; en absoluto segundona. Cohesionada, afinada y disciplinada, por sentado se da, que para eso es orquesta alemana; pero qué sonido tan empastado y hermoso, tan ideal para esta música, con una cuerda densa sin pesadez y unas maderas de sonido siempre dulce, nada metálico; los cobres, tan presentes en el final de la Primera, expresivos y elocuentes, incluso potentes, pero sin la más mínima estridencia. La Tercera fue romántica y hasta sentimental, pero sin ponerse pegajosa, ni siquiera en el famoso tercer tiempo; la Primera, sencillamente sensacional: un auténtico camino hacia la grandeza. Vamos, que hasta el Preludio de “La Revoltosa” (uno de los dos bises españoles) resultó conmovedor, con un solo de oboe de quitar el hipo. ¡Quién se iba a imaginar semejante concierto!
Después de esto –y eso que venía muy mejorada con respecto a su última visita la temporada pasada–, la Orquesta Sinfónica de Viena, dirigida por su titular Fabio Luisi, nos supo a poco. Cerraba, con otra sinfonía brahmsiana –la lírica Segunda– la temporada de Juventudes Musicales de Madrid (que, por cierto, también se abrió con Brahms, dirigido por Gardiner); pero Luisi, literal y poco o nada efusivo, no parece director para esta música; faltó el encanto poético, casi pastoral, que la obra requiere, y, con ello, faltó lo fundamental. De hecho, bien podemos decir que lo mejor de la sesión fue la breve primera parte, integrada únicamente por el Concierto para violín de Igor Stravinsky, obra peliaguda, que estuvo bien acompañada y fue magníficamente tocada por el violinista Julian Rachlin.
Pero la cosa remontó, días después, en un díptico concertístico en el que no nos esperábamos tal grado de excelencia, más que nada porque –imperdonable ignorancia– desconocíamos que, tras el nombre del Cuarteto Arcanto, que no nos sonaba en absoluto, se escondían los nombres de solistas de la talla de Antje Weithaas, Tabea Zimmermann o Jean-Gihen Queyras. Para clausurar el modélico Liceo de Cámara de Caja Madrid, los Arcanto, con la colaboración de Antoine Tamestit (viola) y Olivier Marron (cello), dieron vida, en sendas veladas, a los maravillosos Quintetos y Sextetos para cuerda del infaltable Brahms, música de primerísima categoría y gran contenido poético, con unas interpretaciones de un poderío y una garra inigualables: son auténticas fieras musicales, con un dominio técnico fuera de toda duda, un sonido abrumador y una manera de abordar la música a tumba abierta. Es innegable que hay un análisis impecable de las obras, intelectual y casi podríamos decir que excesivamente racional, pero tocan con tal pasión y entrega, que lo ocultan casi por completo: y así debe ser. Obras más breves de Biber, Kodály, Kurtág y Martinu rodearon los monumentos brahmsianos, siendo de destacar los Tres Madrigales H. 313 para violín y viola del último de los mencionados, en que la Weithaas y, sobre todo, la Zimmermann nos enamoraron total y absolutamente.