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Ópera en Madrid

Ná de ná

Carlos de Matesanz

Rigoletto

8 de mayo de 2009, 200:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. Giuseppe Verdi: “Rigoletto. Melodramma en tres actos. Libreto de Francesco Maria Piave. Coproducción del Teatro Real con el Liceo de Barcelona. Dirección musical: Roberto Abbado, Dirección de escena: Monique Wagemakers, Escenografía: Michael Levine, Figurines: Sandy Powell, Iluminación: Reinier Tweebeeke. Rigoletto: Željko Lučic, Gilda: Mariola Cantarero, Duque de Mantua: Roberto Aronica, Sparafucile: Stefano Palatchi, Maddalena: Enkelejda Shkosa, Conde Monterone: Luciano Montanaro, Giovanna: Mercè Obiol, Marullo: David Rubiera, Matteo Borsa: Ángel Rodríguez.

Parece mentira que una obra tan popular y tan movida como “Rigoletto”, uno de los grandes títulos del repertorio, servida pasablemente en lo musical y vista en un escenario de notables posibilidades técnicas, con buen vestuario e iluminación, pueda decir tan poquito. De hecho, menos: ná de ná.

Monique Wagemakers vació completamente la escena, dejando que una plataforma basculante en el centro del escenario resolviese, unas veces con más fortuna que otras, los problemas que la ambientación de “Rigoletto” plantea, que no son pocos. Una opción pobretona, pero tan válida como cualquiera. Sólo que, si se prescinde de toda escenografía ha de ser para concentrarse en los personajes, sus muy acusadas personalidades y sus muy melodramáticos conflictos. Bueno; pues, de esto, también ná de ná.

A los cantantes, un tanto paquetes en lo actoral, como suele ocurrir, se les limitó la gestualidad, para evitar las típicas “poses de ópera” y no se les dio nada a cambio. No hubo ni un atisbo de plan dramático en ninguno de ellos: ni la evolución “de niña a mujer” de Gilda, ni la doble personalidad (padre-bufón) de Rigoletto, que sólo quedó reflejada en que el intérprete se vestía y se desvestía según la circunstancia (¡vaya idea profunda!). Además, los personajes reaccionaban tarde y mal a las múltiples sorpresas que la trama les depara a lo largo de los tres actos: en una ópera que empieza con una fiesta cortesana y acaba con un cadáver en un pantano y que por medio tiene rapto, violación, asesinato, amor, venganza, La donna è mobile y una maldición de mucho cuidado, es un auténtico delito que allí pareciese todo el rato que no pasaba… ná de ná.

Gilda: Mariola Cantarero

Roberto Abbado, el sobrino de Claudio, concertó con eficacia justita –en algún momento parece que se le iba a descoordinar el tinglado, pero no llegó la sangre al río– y encontró sus mejores momentos en los instantes de arrebato dramático, más que en los remansos líricos. Aún así, la maldición de Monterone y la tormenta del final, dos momentos dramáticos claves, pasaron un tanto desapercibidos. De escalofrío y pasmo, que es lo que la ocasión requiere, ná de ná.

Para colmo, el reparto que nos tocó ver, uno de los tres posibles, sería probablemente el más flojo. Con dieciocho funciones, que se dice pronto, el departamento de prensa no encontró un hueco para permitirnos comprobar cómo funcionaban otros cantantes en este marco anodino; pues también un ná de ná para ellos. Mariola Cantarero, que era la que más expectación despertaba en la sala –y la que más aplausos cosechó al final, todo sea dicho, aunque puede que fuesen seguidores cerriles– no estuvo nada bien; no es que la soprano granadina “no pueda” con el papel de Gilda, que es lo que le pasa a muchas ligeras metidas a líricas; la voz parece haber ensanchado bastante últimamente y no tuvo problemas de extensión ni de volumen. Pero no parecía encontrarse nada a gusto en el papel, ni vocal ni dramáticamente: la voz sonó tensa, afeada por un considerable vibrato ancho, y muchas notas agudas fueron estridentes, metálicas, casi chillonas. Pero la aplaudieron, que es lo que le faltaba; de aquí al grito le queda… ná de ná.

Rigoletto en el Real

Los que mejor estuvieron fueron los secundarios (muy profesional y con buenos graves Stefano Palatchi; desenvuelta, frescachona, casi vulgar y luciendo buena voz y buen tipo en su breve e ingrato papel Enkelejda Shkosa; siempre entrañable Mercè Obiol en los papeles de secundaria mayorcita; pasable, y sólo eso, el resto) y el tenor Roberto Aronica, que mantiene, a pesar del paso de los años, una voz no grande pero sí entera y fresca, con un soberbio agudo final en La donna è mobile; desde luego, su duque de Mantua no es un gran seductor ni por presencia, ni por timbre, ni por fraseo, pero sonó bien y cantó mejor. Sin embargo, ni sonó bien –la voz es corta en el agudo y carente de mordiente, y el timbre es algo sofocado en toda la extensión– ni cantó mejor (y su papel lo requiere como pocos) el barítono serbio de impronunciable nombre Željko Lučic; y eso que la voz es recia y segura, pero no bien proyectada ni técnicamente impecable. Estuvo bastante bien en el dúo del segundo acto, pero se quedó muy corto en Cortigiani, vil razza dannata y, a partir de ahí, pareció perder interés por el papel; de grandeza en los ataques dramáticos, de sutilezas en los momentos líricos, de fraseo variado y variado colorido vocal, según la circunstancia… de todo eso, a lo que nos han acostumbrado los más grandes en un papel tan grande, ná de ná.

Total, que en un obrón clásico como el “Rigoletto”, visto lo visto, y salvo algunos aportes auxiliares (vestuario, luz y secundarios), ¿qué es lo que podemos sacar en limpio de estas funciones claramente de relleno, pensadas a mayor gloria del petardo de Juan Diego Flórez, que ha dado la espantada en el último momento? ¡¡Pues ná de ná!!

Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real