. .

Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica

La eficacia holandesa y la peca de Salonen en cuarto creciente

Carlos de Matesanz

Auditorio Nacional. Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica.

26 de mayo de 2009. 22:30 h. Jean-Bernard Pommier (piano), Orquesta Filarmónica Holandesa; dir: Yakov Kreizberg. L. van Beethoven: Concierto para piano nº 3, A. Dvorák: Sinfonía nº 6, Op. 60.

27 de mayo de 2009. 19:30 h. Isabelle van Keulen (violín), Orquesta Filarmónica Holandesa; dir: Yakov Kreizberg. J. Brahms: Concierto para violín, Op. 77; L. van Beethoven: Sinfonía nº 7, Op. 92.

12 de junio de 2009. 22:30 h. Philharmonia, dir: Esa-Pekka Salonen. Berg: Seis piezas Op. 6, Mahler: Sinfonía nº 6 en La menor.

13 de junio de 2009. 22:30 h. Philharmonia, dir: Esa-Pekka Salonen. Mahler: Sinfonía nº 7 en Mi menor.

Esa-Pekka SalonenEsa-Pekka Salonen

En su presentación en el ciclo de Ibermúsica, la Filarmónica Holandesa, una agrupación muy seria y sólida, compareció bajo la batuta de su actual titular, el ruso-americano Yakov Kreizberg, en dos conciertos que hablan mejor de la profesionalidad del conjunto que de la imaginación o la sensibilidad de la batuta. Y no es que Kreizberg no sea asimismo sólido y profesional, muy en sintonía con su orquesta; pero ni Dvorák ni Brahms tuvieron el intenso hálito romántico que requieren –colorido y arrebatador en el primero y lírico e intenso en el segundo– y que una orquesta como ésta podría haber conseguido. Lo mejor fue el acompañamiento a un Jean-Bernard Pommier que se conserva muy bien y estuvo concentrado y cumplidor, fue un Beethoven muy puesto en sazón, tal vez porque era un Beethoven en pequeñas dosis. Cuando llegó el Beethoven a lo grande (a saber, la Séptima Sinfonía), Kreizberg estuvo un tanto desmañado y la interpretación no tuvo toda la energía interna ni la grandeza externa que la música requiere. Isabelle van Keulen estuvo muy corta en el Concierto Op. 77 de Brahms. Probablemente, con otro director de más garra o en un repertorio más afín a Kreizberg, la Filarmónica Holandesa sea una orquesta realmente interesante; oído lo oído, lo dejaremos en que –y no es poco– es una buena orquesta.

A la que no hay que calificar, pues ya sabemos el nivelazo que tiene, es a la Philharmonia de Londres. Sigue teniendo el mismo sonido claro y brillante pero a la vez sólido y rotundo de siempre; sigue siendo, en el más típico sentido de la expresión, una “orquesta de disco”. Y vino a clausurar el ciclo ibermusical con su recién nombrado titular y con las dos sinfonías de Mahler menos populares pero también más lucidas si se hacen bien: la Sexta y la Séptima, en sucesivos conciertos.

El eternamente joven Esa-Pekka Salonen nos sorprendió, en la primera noche, con una visión de la Trágica de Mahler realmente desconcertante: si en el primer movimiento creímos adivinar que se nos venía encima una interpretación atroz y demoledora de tan terrible sinfonía, con esos momentos tan “pre-Shostakovich” que a veces se vislumbran en Mahler, descansamos en un Scherzo sin pizca de ironía y nos quedamos de piedra en un Andante –llevado casi Adagio– pleno de intimismo lírico y ternura. Teniendo en cuenta que ésta es la más desesperada de las sinfonías mahlerianas, llegamos a pensar que Salonen nos engañaba y que, en el Allegro moderato conclusivo, nos íbamos a enterar, que el contraste iba a ser brutal y que nos íbamos a ver envueltos en ácido sulfúrico. Pues oye: que no; que Salonen fue coherente con su visión hasta el final y, a lo más que llegó en el último tiempo, fue a algún que otro momento de desasosiego.

Es de suponer que los mahlerianos acérrimos de toda la vida estarían rasgándose las vestiduras e invocando al espíritu de sir John Barbirolli que, con esta mismísima orquesta, grabó la versión referencial de esta sinfonía –toda tragedia y desolación– en 1967; pero los demás disfrutamos de una interpretación colosal desde el punto de vista técnico y sonoro –qué empaste el de la Philharmonía, y qué potencia sin resultar estridente en los fortes–, coherente y llena de intensidad lírica y de belleza embriagadora.

Fue la noche siguiente cuando, quien esto firma, quedó decepcionado, a pesar de que el público aplaudió a rabiar. La muy compleja y heterogénea Séptima empezó donde debía haber acabado la Sexta, en un clima crispado y dramático; la primera Nachtmusik estuvo magnífica, el Scherzo central –eje vertebrador de la obra– pasó sin pena ni gloria, la segunda Nachtmusik fue francamente tediosa y desenfocada, y el extenso Rondó final se salvó porque sus aparatosas y constantes fanfarrias tuvieron en los metales de la Philharmonia a unos ejecutantes de lujo. Siempre se dice que esta obra es tan heterogénea, tan caótica y deshilvanada que, por ello, resulta la más difícil de las nueve de Mahler: Salonen confirmó este tópico totalmente. Es verdad que estuvo dominador del conjunto, como siempre, pero no consiguió la cohesión del maremágnum de notas ni por casualidad; incluso parece que ni lo intentó. No vamos a decir que Salonen “ni se enteró”, porque bonito estaría que fuésemos a enmendarle la plana a semejante pedazo de músico a estas alturas, pero servidor ha vivido Séptimas de Mahler con mimbres mucho más modestos (Filarmónica de Bergen con Andrew Litton) donde el milagro de la unidad se consiguió plenamente. ¿Será que aquella peca (¡Esa peca, Salonen!) que le detectamos al director finlandés hace unos meses, dirigiendo los Gurre-Lieder de Schönberg en este mismo ciclo, ha crecido, deviniendo lunar, y la distancia que toma para abarcar obras tan grandes le hace perder la perspectiva?

Por último, dejar constancia de que, en la primera noche, la velada se abrió con una interpretación magistral de las Seis piezas para orquesta Op. 6 de Alban Berg y que, en ambas sinfonías de Mahler, los percusionistas que se encargaron de los cencerros estuvieron muy en su papel.

Fotografía © by Clive Barda