Acercar la ópera al público
Enid Negrete
Una de las preocupaciones constantes de los creadores de la ópera en todos sus ámbitos es el contacto con el público. Lógicamente, como cualquier arte escénico, la vida de la ópera depende de que haya alguien que la presencie. Los creadores en la literatura, en la música o en la pintura, pueden darse el lujo de no ser entendidos en su tiempo, las artes interpretativas no pueden ser valoradas años después, tienen que entrar en contacto con su espectador de manera inmediata. La idea de que la ópera es un arte burgués y decadente, ya sólo es parte de la imaginería de unos cuantos. La verdad es que es una disciplina con muchos adeptos de todas las edades, ideologías y posturas. Pero ¿cómo acercar al público de nuestros días a la experiencia de la ópera?
El éxito de los conciertos líricos-populares, que hacen grandes cantantes y cuyo máximo ejemplo son los realizados por los tres tenores, la verdad es que no creo que acerquen al público a la ópera. La principal razón es que en esos conciertos lo más importante no es la ópera, sino el impacto de los cantantes mediáticos. Incluso el repertorio que se aborda en ellos se aleja muchas veces de la ópera, convirtiéndose en un popurrí de canciones famosas. Las condiciones en las que se hacen siempre distorsionan la forma del canto, porque hacerlo al aire libre, para un montón de personas y con micrófonos, evidentemente no es lo que busca el canto lírico, con lo cual creo que este fenómeno está más cerca de la música pop que de la experiencia operística.
¿Sólo se acercará el público al arte operístico si se parece al pop? No, no estoy tan segura. ¿Cuál ha sido el efecto de estos conciertos para la ópera? Pues básicamente que toda una generación de tenores se quedó sin grabar. Lo explica el tenor Ramón Vargas en una entrevista (1) : “…cuando las casas discográficas descubrieron que ese primer concierto vendió 10 millones de discos, quisieron más. Y se dedicaron a explotar sus nombres al máximo y a olvidar a las demás generaciones. Ellos sepultaron a dos generaciones que no pudieron salir hasta que se dieron cuenta de que Luciano ya no podía caminar porque estaba enfermo y luego murió. Se quedaron 20 años con ellos, esperando vender esa cantidad de discos y ahí ocurrió el declive de la música”.
Algunos directores de escena proponen el cambio de época como una manera de acercar las tramas de las óperas al espectador. De hecho, cuando presenté mi tesina de investigación para el doctorado, me preguntaron que por qué proponía hacer El pequeño deshollinador de Britten en la época que el autor lo proponía, que por qué no hacía del protagonista un niño subsahariano o inmigrante, para acercarlo más al público. La verdad es que no encontraba una sola razón artística para hacerlo.
Pero yo creo, aunque hay algunos cambios de época extraordinariamente logrados (no olvidemos que es un recurso usado por mucho tiempo y que incluso Viscoti lo usó con un enorme éxito) no es siempre una manera de acercar al espectador a la ópera. A pesar de que en algunos casos es un acierto indiscutible (por ejemplo en la Alcina de Robert Carsen), creo que lo que más han conseguido es lo contrario: la gente amante de la ópera casi nunca acepta esos montajes y normalmente su queja es que los aleja del espíritu de la obra. Debo comentar que nunca me he sentido más alejada del Don Giovanni de Mozart que con el montaje de Calixto Bieto.
¿De verdad creemos que una persona se va a identificar más con las cosas cotidianas de su vida que con un mundo fantástico, una época remota, o un siglo atrás? ¿No depende eso de nuestra creatividad? Apelar a la actualidad como única forma de acercar al espectador al mundo de la lírica me parece una postura muy elemental.
Los teatros han desarrollado una serie de estrategias para fomentar el gusto del público por la ópera y acercarlos desde la más temprana edad a la experiencia operística. Lo cual está teniendo excelentes resultados.
Una de las discusiones sostenidas en el Forum de ópera Barcelona 2009 se refería básicamente a cuál es la experiencia operística deseable que debe ofrecérsele a un niño: adaptaciones para niños de operas como La flauta mágica o el Barbero de Sevilla, ¿no deforman la verdadera idea de lo que es una ópera? ¿Los alejamos al hacerles adaptaciones y cuando crezcan no podrán aceptar el original? ¿Se necesita usar una adaptación de ese tipo de obras cuando hoy óperas ex profeso para niños y con unas propuestas interesantísimas? ¿Necesita la ópera adaptarse al público para atraerlo?
Deformar la ópera no es la manera de acercarnos a ella. Eso es tanto como decir que ella tal como es no puede seducirnos y eso es una absoluta mentira. Los programas propuestos por los teatros son más exitosos porque acercan al público a la experiencia verdadera de la representación operística.
Un amigo mexicano me confesó que él, que venía de una familia completamente alejada del medio artístico, se había enamorado irremediablemente de la ópera cuando tenía 9 años y pasó frente a una casa de discos, donde sonaba la Carmen cantada por la Callas. Ahora es uno de los mayores coleccionistas de esta soprano que tiene México. ¿Qué necesitó este niño para enamorarse de la ópera? Este ejemplo, es uno de muchos que conozco, incluyéndome a mi misma, donde un niño simplemente se enamora de la ópera el día que la descubre, tal y como es el amor: irracional, inexplicable e irremediable. No se necesitan conocimientos previos, enamorarte de ella te va a crear la necesidad de saber de ella.
Dejemos que la ópera nos seduzca con sus propias armas, que son muchas y muy potentes, si no fuera así ¿cómo ha estado entre nosotros 400 años? En el fondo, los que la amamos sabemos que hay una ópera para cada quien.
(1) López, Sergio Raúl. Ramón Vargas. Performance No 82, segunda época, año 4 de Xalapa Veracruz, México. 2009
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