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Crítica de libros
Autobiografía de Prokofiev
Aurelio Viribay
Título: Autobiografía. Autor: Sergei Prokofiev. Prefacio de Dmitri Kabalevsky. Editorial: Intervalic Press, 2004. Título original: Autobiography. Traducción al español: Jaime González Ortiz. Nº de páginas: 157. ISBN: 84-96043-03-7.
Sergei Prokofiev, uno de los compositores más influyentes en la música del siglo XX, nació en Sontsovka (hoy Ucrania) en 1891 y falleció en Moscú en 1953. A lo largo de su azarosa vida, como nos cuenta Dimitri Kabalevsy en el prólogo de esta autobiografía, viajó por la mayor parte del mundo y se encontró con casi todos los músicos, actores, escritores y directores famosos de su época. Es precisamente el relato de estos numerosos encuentros con importantes artistas del siglo XX uno de los alicientes de esta breve y amena autobiografía. Por sus páginas desfilan compositores como Rimski-Korsakov, Cui, Cherepnin, Glazunov, Scriabin, Shostakovich, Stravinsky, Marinetti, Stokovsky, Rachmaninov, Medtner, Auric o Milhaud; los directores de orquesta Bruno Walter, Koussevitzky y Fürtwangler; la cantante Mary Garden (a la sazón directora de la Ópera de Chicago) o Lina Llubera (esposa de Prokofiev); los escritores Maximo Gorky y Mayakovsky o el pintor Matisse, entre otros. La figura del creador de los Ballets Rusos, Diaguilev, está especialmente presente en este relato debido a la importante colaboración que mantuvo durante muchos años con Sergei Prokofiev, quien nos dice de Diaguilev que era un “crítico perspicaz y con criterio, y defendía sus razones con gran convicción”.
Prokofiev hace de esta autobiografía una crónica de sus numerosísimos viajes. Lugares tan dispares como Italia, Bélgica, París, Madrid, Nueva York, Chicago, California, Washington, Londres, Cuba, Marruecos, Argelia, Túnez, Berlín, Colonia, Praga, Canadá, Japón, fueron testigos de las andanzas del infatigable compositor ruso. De Madrid nos recuerda que fue en esta ciudad donde tuvo lugar el estreno de su Concierto para violín y orquesta nº 2 en diciembre de 1935, como parte de una gira de conciertos que realizó conjuntamente con el violinista francés Söetans, destinatario de la obra. De Nueva York recuerda entre otras cosas un paseo por Central Park en 1919 observando los rascacielos desafiantes mientras “dejaba que una furia me invadiera al pensar en todas aquellas fantásticas orquestas de América, a quien mi música les traía sin cuidado”.
No hay página sin interés en este libro, pero resulta especialmente memorable el relato de su examen de ingreso en el Conservatorio de San Petesburgo, donde con trece años de edad el joven compositor se presenta con dos grandes carpetas conteniendo nada menos que cuatro óperas, dos sonatas, una sinfonía y diversas piezas pianísticas que presentó a Rimsky-Korsakov, presidente del tribunal examinador. Éste afirmó cinco años más tarde que Prokofiev tenía talento pero era inmaduro, mientras que el díscolo alumno afirmaba que no aprendió nada en aquellas clases. Prokofiev nos habla también de sus dificultades para publicar durante sus primeros años, y cómo Rachmaninov rechazó en una ocasión sus obras cuando éste era asesor de Ediciones de Música Rusa, por su oposición a todo atisbo de novedad. La novedad no asustaba precisamente a Prokofiev, que también nos cuenta que fue el primero en interpretar las obras de Schönberg en Rusia.
Prokofiev también da cuenta del proceso de gestación de buena parte de su enorme catálogo compositivo: piezas de clase de sus años de estudiante, más tarde revisadas y utilizadas en sus obras catalogadas, o su Sinfonía Clásica, que se fraguó gracias a la escucha de la música de Haydn y Mozart, son sólo algunos ejemplos. El relato de esta autobiografía se cierra en 1936, y el lector se queda con ganas de que Prokofiev nos siga contando su vida hasta 1953.
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