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Índices
Ópera en Oviedo
La música o la palabra
Eugenia Fernández Tejón
“Ariadne auf Naxos”, ópera de Richard Strauss. Intérpretes: Philippe Arlaud (actor, el mayordomo), Vesselin Stoykov (barítono, un profesor de música), Katharine Goeldner (mezzosoprano, el compositor), Richard Margison (tenor, el tenor/Bacchus), José Tablada (tenor, un oficial), Francisco Vas (tenor, un maestro de danza), Marcos García (barítono, un peluquero), José Manuel Díaz (barítono, un lacayo), Gillian Keith (soprano, Zerbinetta), Emily Magee (soprano, Ariadna/ primadonna), Marc Canturri (barítono, Harlekin), Juan Noval-Moro (tenor, Scaramuccio), Marc Pujol (bajo, Truffaldin), Juan Antonio Sanabria (tenor, Brighella), Susana Cordón (soprano, Najade), Mireia Pintó (mezzosoprano, Dryade), Olatz Saitua (soprano, Echo). Dirección de escena, escenografía e iluminación: Philippe Arlaud. Vestuario: Andrea Uhmann. Dirección musical: Sachio Fujioka. Orquesta Oviedo Filarmonía. Teatro Campoamor, 13,15,17 y 19 de septiembre de 2009.
Oviedo inauguró su temporada lírica con Ariadne auf Naxos de Strauss, ópera que se programa por primera vez en esta ciudad y que conmemora el 60 aniversario de la muerte del autor. Se trata de una producción propia junto a la Greek National Opera y el teatro Carlo Felice de Génova.
Tanto en ésta como en otras obras en las que el compositor colaboró con el libretista Hugo von Hofmannsthal, el mundo de la mitología representa la tradición que debe ser reinterpretada. Los mitos de Teseo y Ariadna, Baco y Circe se mezclan en uno sólo, que a su vez se funde con el elemento buffo y teatral a través de los personajes de la Commedia dell´arte. Lo que comenzó siendo una pequeña ópera que sustituiría la parte de la turqueríe dentro del Le burgeois gentilhomme de Molière terminó por ser una obra independiente en la que el prólogo mantenía el ambiente de comedia y el único acto se reservaba para el antiguo estilo heroico del drama cantado.
De la mano de Philippe Arlaud, deberíamos haber asistido a un sutil juego de muñecas rusas en el que la música vive dentro de la música a través del personaje del compositor, y el teatro dentro del teatro con los cómicos interactuando con los cantantes. La propia estructura que introduce la ópera dentro de una pieza teatral redunda en la idea cuya intención era reflexionar sobre la salud de ambos géneros en el momento en que se escribió, ya que Strauss temía por su futuro ante el nacimiento de nuevos medios como el cine, menos elitistas.
A pesar de su prestigiosa trayectoria como director escénico, habitual de Bayreuth, Viena o Berlín, Arlaud no logró convencer al público del Campoamor que le aplaudió discretamente. Presentó una escenografía pobre de medios y creatividad en la que asumió también la iluminación y el papel hablado del mayordomo. El aspecto más importante, la cuestión de estética musical que se inicia con esta ópera y que ocupó a Strauss toda su vida, el debate entre música o palabra, lírica o teatro, se limitó al obvio contraste entre lo cómico y lo serio. Es importante recordar que hasta su última obra Capriccio, que subtituló Conversación musical, Strauss luchó por resolver este debate interno, admitiendo finalmente que ambos conceptos son indispensables e indivisibles para la ópera de su tiempo. En el prólogo vimos gags demasiado evidentes con partituras que se caen constantemente, payasos por personajes de la Comedia del Arte o bomberos de figurantes sin mucho sentido. En el acto tampoco cambió el registro salvo en el intento de dar forma simbólica a alguno de los aspectos de fondo, como la fidelidad en la cuerda roja que rodea la cintura de Ariadna, pero sin continuidad en el paso a la metamorfosis a través de la muerte que Bacchus le ofrece. En definitiva, se esperaba más de uno de los nombres más importantes de la escena europea.
En contraste, la dirección musical de Sachio Fujioka fue excelente, demostrando que efectivamente ésta es su ópera preferida como declaró a la prensa. La orquesta Oviedo Filarmonía supo entresacar los muchos matices tímbricos así como ese “ensanchamiento” o ligera desviación del sólido apoyo tonal sobre el que se sustenta la obra en pos de la expresión. Resolvió de forma brillante esa fragmentación en grupos de solistas que Strauss adoptó en ese giro en la línea de Mahler o la escuela de Viena y que al mismo tiempo debía reflejar el trasunto barroco de un resurgir neoclásico que se aparta del gigantismo wagneriano de sus óperas anteriores. La grandilocuencia cede aquí a la sobriedad y la sutileza, recuperando los conceptos tradicionales como el continuo en el teclado que fue en este caso representado magistralmente por los solistas Husan Park al piano, Marta García en la celesta y Mario Álvarez en el armonium.
La música de Strauss tiene nombre y voz de mujer. Exige un registro extremo tanto en lo buffo como en lo dramático y no deja lugar a la inseguridad técnica en la voz. Ariadne y Zerbinetta, Emily Magee y Gillian Keith respectivamente, desarrollaron sus roles con solvencia aunque con algún problema de tesitura. La primera mostró una voz con carácter y bien definida en los agudos pero débil en los medios y graves, mientras que su álter ego tuvo serias dificultades en los pasajes de coloratura y sobreagudos del aria Grossmächtige Prinzessin!, si bien fue la más destacada en la puesta en escena.
La tercera voz protagonista a cargo de la mezzosoprano Katharine Goeldner fue la triunfadora de la noche, a la altura de un papel especialmente mimado por Strauss que vuelca en él sus propias reflexiones como compositor. Por algo es una de las referencias internacionales de este personaje.
La figura de Bacchus corrió a cargo del tenor canadiense Richard Margison al que no parecen encajarle ya, tras una carrera de más de 30 años, los papeles de joven galán. Sin embargo, su experiencia fue el respaldo para una interpretación segura y convincente.
El resto del reparto en los papeles secundarios se mostró en su conjunto entregado escénicamente y muy digno vocalmente.
Finalmente destacar el esfuerzo de la organización por seguir estrenado títulos no escuchados antes en este teatro y la apuesta por las producciones propias.
Fotografías cortesía de la Fundación Ópera de Oviedo © Carlospictures
Escribir a Eugenia Fernández Tejón