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Índices
Exposición evocadora
Sergio Diaghilev y los Ballets Rusos regresan a Montecarlo
Alicia Perris
Con el curioso título (justamente) de “¡Sorpréndeme!”, se desarrolla en dos foros una muestra que se enmarca en el centenario de los Ballets Rusos, una compañía y una idea mítica en el panorama de la danza del siglo XX. Entre el 9 de julio y el 27 de septiembre en Villa Sauber y del 9 de julio al 30 de agosto en la Salle des Arts du Sporting d´hiver, se pudo rememorar la epopeya creativa y vital de bailarines y acólitos que recrearon un universo fantástico y conmovedor, lo que podríamos denominar la constelación Diaghilev o por qué no, el eje artístico Diaghilev-Nijinsky.
A propósito de la denominación de esta exposición, en una carta de 1939, sería interesante recordar a Jean Cocteau, uno de los “perversos polimorfos”, como diría Sigmund Freud, más talentosos y fascinantes de su época. Cocteau escribió: “Yo estaba en la edad absurda en que uno se cree poeta y sentía en Diaghilev una resistencia educada. Lo interrogaba y me respondió "¡Sorpréndeme, espero que me sorprendas!”… Adiviné pronto que no se sorprende a un Diaghilev en quince días. A partir de ese instante, decidí morir y revivir”.
En el teatro Châtelet de París, en 1909, Sergio Diaghilev revoluciona el mundo de la danza con las primeras representaciones de los Ballets rusos. Según los expertos, este grupo “combinaba vitalidad, gracia, originalidad y virtuosismo”. La razón es que Diaghilev, concentró a su alrededor, entre 1910 y 1920, los mejores bailarines, coreógrafos, artistas y compositores de la talla de Bakst, Picasso, Stravinsky, Satie y por supuesto, Nijinsky, Pavlova, Massine y Fokine.
Siguiendo la estela indeleble que todavía nos emociona del gran maestro ruso, el que fuera un aglutinador de todo el talento disponible de su tiempo, en el Nuevo Museo Nacional de Mónaco se reunieron 260 obras provenientes de colecciones internacionales privadas y públicas.
La muestra de la villa Sauber exhibió un conjunto de dibujos preparatorios, maquetas de decorados, trajes, dibujos, así como manuscritos y archivos sonoros que van de 1909 a 1929, entre los que podríamos destacar la adorable y sutil zapatilla desgastada de Anna Pavlova. Son obras de colecciones norteamericanas, rusas y europeas en general.
La suntuosa Salle d´hiver de Mónaco contó por su parte, con la presentación del telón de escena “El tren azul” de Pablo Picasso, que forma parte de los fondos del Museo victoria y Albert, de Londres.
John E. Bowlt (de la Universidad del Sur de California, Los Ángeles) ha llevado la dirección científica de la exposición , mientras que hay que agradecer la colaboración de Zelfira Tregulova, Vicedirectora de los Museos del Kremlin de Moscú y de la comisaria Nathalie Rosticher Giordano, Conservadora del Patrimonio del Museo Nacional de Mónaco.
La exposición cuenta con un catálogo exhaustivamente ilustrado, realizado con la contribución de especialistas de diferentes materias de distintos países.
Montecarlo había sido importante en el proyecto de Sergio Diaghilev, ya que como explica Lynn Garafola, es en este espacio donde el artista establece sus ballets Rusos en 1911, como compañía permanente. En los años 20, Montecarlo, siempre un lugar efímero y evanescente, contribuyó a convertirse en el proteico atelier de Diaghilev.
Justo enfrente de la exposición de los Ballets Rusos, tuvo lugar, en el Forum Grimaldi, una muestra sobre los Romanov, la dinastía de los zares que se extinguió con la llegada de los grandes cambios que llevaron a la antigua madre Rusia a convertir en un paradigma político y social, muy diferente de lo que había sido. El visitante queda admirado por tanta riqueza, por los oropeles y fastos de una familia reinante que se mantenía en el poder, a espaldas de los acontecimientos que año tras año, siglo tras siglo venían sacudiendo la historia y el sufrimiento del pueblo ruso, hambreado y explotado.
Entre los tules de los tutús y los famosos trajes diseñados para los Ballets Rusos y las joyas inimaginables y costosísismas de los zares, entre la orfebrería de Chaumet, de Cartier o del laureado Fabergé, Mónaco aprieta el paso del tiempo de la Rusia de la Primera Guerra Mundial en un suspiro, como si nada ni nadie, ni siquiera el avance imparable de la Historia y sus contingencias, hubiera podido conmover ni un ápice este escenario del paraíso perdido, plagado de nostalgias y nunca recobrado.
Escribir a Alicia Perris