. .

Entrevista a Pedro Piquero. pianista

“Blasco de Nebra es un experimentador radical pero elegante”

Carlos de Matesanz

Pedro Piquero

El nombre de Pedro Piquero (Sevilla, 1976) es poco conocido en el circuito comercial: alejado de los ciclos concertísticos, reside y enseña en Extremadura. Sin embargo, su currículum atesora los nombres de tres ilustres pianistas que marcaron su formación: Esteban Sánchez en Badajoz, Ricardo Requejo en Madrid y Caio Pagano en la Universidad Estatal de Arizona. El pianista resultante de esta triple influencia docente es un músico sólido y exquisito que ha comenzado a llegarnos ahora a través de los discos: una integral de la obra pianística de Joaquín Nin Culmell para Verso y otra, dedicada a la música de Manuel Blasco de Nebra para Columna Música, cuyo primer volumen acaba de ser presentado en Madrid y da pie a esta entrevista.

OpusMúsica.-¿Cómo llegó a interesarse por un compositor prácticamente desconocido, casi nada grabado y de un repertorio –el clave español del siglo XVIII– habitualmente ignorado por los pianistas?

Pedro Piquero.- Pues a través, precisamente, de un disco; una de las poquísimas grabaciones que hay de música de Blasco y, tal vez, de las mejores: un álbum del sello Mandala, hoy prácticamente inencontrable, interpretado magistralmente por Josep Colom. Cuando comprobé que una música tan maravillosa como aquélla apenas había sido grabada, la apunté como posible propuesta de grabación. De hecho, lo que yo le propuse a Nuria Viladot, la directora de Columna, fue un disco con piezas no registradas con anterioridad, lo cual ya es un argumento a favor de cualquier grabación; pero ella fue más allá y, habida cuenta de que toda la obra para tecla de Nebra –dejando a parte un par de sonatas para órgano– cabe perfectamente en tres discos, se empeñó en el registro integral; lo cual es más interesante todavía, porque será la primera integral de un músico que debería haber sido rescatado del olvido hace mucho tiempo.

OM.- En el antepasado número de OpusMúsica, a propósito de su último disco, con obras del padre Soler –otro compositor español del XVIII–, nos comentaba el pianista Luis Fernando Pérez el estado caótico en que se encuentran las ediciones de sus obras ¿ocurre esto también con Blasco de Nebra, que es mucho menos conocido?

PP.- Hay un catálogo bastante fiable, a partir del cual puedes localizar bien todas las obras de Blasco que se conservan, que no es más que una pequeña parte de lo que compuso (172 obras, de las que sólo nos quedan 32). Pero luego, las ediciones, todas, están plagadas de errores; pero vamos, como doscientos o trescientos errores. Hay sonatas a las que se ve que les faltan compases o que, por el contrario, les sobran, porque el impresor repitió dos veces la misma línea; las notas erróneas se suceden a puñados. En todo caso, yo no soy musicólogo ni revisor de partituras. Mi postura, a la hora de acercarme a Blasco no es la de un reconstructor de la hermenéutica musical del siglo XVIII.

OM.- Pero una base musicológica no le falta, aunque nada más sea que por haber estudiado clavecín en su época americana.

PP.- Sí, pero era muy malo yo con el clave; también toqué algo el fortepiano, que también tiene su aquél. Pero, insisto: yo no parto de una reconstrucción de las técnicas del XVIII. Parto de una imagen –una imagen residual– que yo tengo de ese siglo; y es una imagen que, además de cuestiones estrictamente musicales (trinos, ataques, ornamentación…), está basada en mi conocimiento de la cultura de aquel tiempo: literatura, filosofía, innovación científica…

OM.- Pero esa imagen hay que plasmarla a través de herramientas expresivas estrictamente musicales. ¿Cuáles han sido los parámetros estilísticos a los que se ha ceñido para introducirse en la música de Blasco de Nebra?

PP.- Es imposible hacer una interpretación totalmente de época, quiera o no quiera: yo he nacido casi en el siglo XXI; mi entorno musical natural no son Bach, Haydn ni Soler: son U2, Abba o Rolling Stones, es el entorno de la cultura de masas y todo va a estar filtrado por esa visión, aunque con ella mire hacia otro lugar. Acercarme al siglo XVIII de un modo purista es imposible para mí; también por eso he escogido, para realizar la grabación, un piano moderno, de grandes posibilidades, aunque luego no las haya utilizado todas. Sí hay un hecho concreto que me condicionó a la hora de tocar: el piano del siglo XVIII es mucho más pequeño, de sonoridad más íntima y con un pedal que coge menos los armónicos; por eso yo, aunque haya utilizado un gran cola, nunca meto el pedal hasta el fondo ni expando al máximo la sonoridad.

OM.- Hay que “retener” al piano para que “no se vaya de época”…

PP.- Por esa cuestión de tamaño y por algo que para mí es inherente al siglo XVIII: la elegancia que nace del equilibrio. El XVIII es el siglo del equilibrio, un equilibrio real, una reconstrucción del equilibrio antiguo. Cuando me preguntan “¿Qué es para ti el Clasicismo?”, yo siempre respondo: “Esquilo, Sófocles y Eurípides”: es una recuperación del equilibrio de la tragedia griega, simetría y armonía, que se relacionan con la música del Clasicismo dieciochesco de una forma casi orgánica.

OM.- Escuchado el resultado, nos encontramos con que la interpretación es casi fortepianísitica, de volúmenes reducidos, de toque muy ligero y nítido, de articulación perfectamente definida; vamos, que podría dársele la calificación, imprescindible para los puristas, de “filológicamente correcta”.

PP.- Sí, pero esto ha resultado así no por un planteamiento musicológico, sino por una cuestión personal. Mi misión en esta vida es ser lo más claro posible, en mis pensamientos y mis ideas, lo mismo cuando toco el piano que cuando doy clase: lejos de mí lo críptico. Por eso utilizo todos los recursos de que dispongo, unos aprendidos y otros deducidos por mí mismo, para volver la música lo más clara posible; que el oyente tenga bien claro a dónde va esa música y de dónde viene. Para eso procuro que cada nota tenga su peso específico y su propia personalidad, como lo tiene cada palabra de un discurso, o cada sílaba de una palabra. Esto produce, además, una mayor variedad dentro cada pieza, pues cada nota aporta un aspecto diverso y definido. De ahí ese toque nítido y esa articulación clara que encaja con la técnica fortepianística. Pero es algo que también puede aplicarse a mi interpretación de las Tonadas de Joaquín Nin y a nadie le ha dado por decir –todavía– que sea fortepianística.

Manuel Blasco de Nebra para Columna Música

OM.- Es cierto que ambos discos, a pesar de sus lógicas diferencias, por los siglos que separan a los dos compositores, están abordados de un modo muy íntimo.

PP.- Esto tiene mucho que ver, en realidad, conmigo mismo, y sí que me dicen que suelo resultar íntimo aunque toque a Beethoven. Y es que no sabría hacerlo de otra manera: para mí el piano es un amigo, no es alguien a quien yo quiera pegar, agredir ni “hacer pupita”; no es mi intención dejar al apagador parapléjico ni descoyuntar las teclas. Incluso en un repertorio más pesado, que también me atrae, creo que, aun en los fortissimi, se puede mantener siempre un equilibrio armónico y unas líneas melódicas claras. Esto es más difícil de conseguir que una interpretación de batalla, pero tengo tiempo para hacerlo, y lo hago por amor de esa claridad que antes decía.

OM.- Dejando las cuestiones musicales y volviendo a las discográficas ¿cómo se plantea esta integral de la música de Blasco de Nebra?

PP.- El plan es meter algo nuevo en cada disco, para que cada volumen tenga ese atractivo que siempre presta la etiqueta de “primer registro mundial”. El primer volumen incluye las seis Sonatas en un movimiento de Blasco, conocidas como “Sonatas del Monasterio de la Encarnación de Osuna” y las deliciosas seis Pastorelas del llamado “Manuscrito de Montserrat”. En los dos volúmenes restantes, irá el resto de Sonatas para tecla que se conservan, excepto dos, que fueron específicamente compuestas para órgano.

OM.- ¿Para cuando está prevista la grabación de esos volúmenes segundo y tercero?

PP.- Estoy ya metido en las Sonatas del segundo, que se grabará hacia octubre o noviembre. El tercer volumen tendrá que esperar para el verano de 2010, porque hay mucho que estudiar todavía.

OM.- ¿Y más planes discográficos, aparte de Blasco de Nebra?

PP.- Tengo alguna propuesta más sobre el siglo XVIII para recuperar clásicos catalanes de la época. Pero el problema que tengo es que no quiero encasillarme, porque me va a dar una “blasquitis”. Amo esta música profundamente, pero uno necesita cambiarse de zapatos de vez en cuando. Después de esto, volveré al siglo XX, con el segundo volumen de la música para piano de Joaquín Nin Culmell.

OM.- Para terminar, y ya que nos hallamos ante un disco de música tan poco frecuentada: ¿qué nos vamos a encontrar cuando nos enfrentemos a Blasco de Nebra?

PP.- Experimentos radicales realizados en un estilo sumamente elegante. Un estilo que a veces parece de Scarlatti y a veces de Mozart, pero cuajado de silencios que rompen el desarrollo; nada más coger la partitura de las Sonatas es lo primero que te llama gráficamente la atención: está llena de silencios. Es, salvando las distancias, una especie de Charles Ives del XVIII que no sabes dónde te quiere llevar. José Luis Temes, el director de orquesta y compositor, me comentaba que le parece magnífica música pero mal resuelta. Siendo, como era, organista, no tenía un público o un editor a los cuales se debiera, y se ve que se dedicó a experimentar. Son experimentos que no fructificaron: la música, en esa encrucijada en que se encuentra a finales del siglo XVIII, no fue por los caminos experimentales que propone Blasco de Nebra; pero, a pesar de ello o precisamente por ello, merece la pena ser escuchada e incluso despierta admiración. También las Pastorelas son una música avanzada, van por un camino que anuncia claramente el prerromanticismo, el Sturm und Drang. Nos presenta, además, una España universal, conectada totalmente con Europa, presentando un camino claramente alternativo al del padre Soler que creo que puede resultar muy interesante a todo el que se acerque a su obra. La música, desde luego, es una gozada, y eso es lo que importa.