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El Ballet de la Ópera de El Cairo en Madrid

Un fascinante Zorba

Alicia Perris

Zorba el griego. Ballet de la Ópera de El Cairo. Dirección artística: Erminia Gamberelli Kamel. Música de Mikis Theodorakis. Zorba: Hany Hassan. John: Ahmed Nabil / Ahmed Yahia. Marina: Vera Krapivko / Valeria Ivlieva. Madame Hortense: Zeina Mohamed / Rgwa Hamed. Decoración y vestuario. Richard Kaja. Estreno 16 de septiembre 2009. Teatro de Madrid (gestión Artibus). Difusión: Casa Árabe de Madrid.

Zorba el griego

Esta reseña podría llevar como subtítulo el nombre de la próxima muestra estrella de la temporada  en el Museo Thyssen- Bornemisza: Las lágrimas de Eros. Creado en 1966 bajo la dirección de Leonid Lavroski, antiguo director del Teatro ruso Bolshoi y por primera vez en España, este conjunto emocionó la noche del estreno al público que llenaba el aforo del teatro. Fue todo un desafío no levantarse del asiento y acompañar a Zorba en sus giros, en sus evoluciones y en su famosa danza.

Muchos revivimos la inquietud, el desasosiego y la pasión que en su día, nos invadió al visionar por primera vez la legendaria película basada en la novela de Nikos Kazantzakis, dirigida por Michalis Cacoyanis (1966), Zorba el griego. Irene Papas, Alan Bates, Lila Kedrova y un recordadísimo Anthony Quinn nos enseñaron cómo era Creta, el medio rural de la Grecia tradicional, el sirtaki, la “joie de vivre”, la muerte, el Eros junto a Thanatos.  Rehilando esa historia de amores y desencuentros, de tremendismo mediterráneo, este ballet egipcio nos permite fantasear, mientras nos dejamos mecer por el baile.

Con la realidad del pueblo que dio a luz en su seno las Pirámides, la Esfinge, el nacimiento de la pasión por la arqueología y la historia, el Nobel de Literatura Naguib Mahfuz, Luxor y sus gentes hospitalarias, pero también la calidez humana, la filosofía de lo que en una palabra abracadabrante, los árabes de buena fe llaman “ahlanwasahlan” (que podría traducirse por algo mucho más profundo y evocador que “bienvenidos”). De esta forma, amplificando los ecos fundacionales del Mare Nostrum, el sustrato griego se reencarna en lo árabe de siempre y ambas culturas se fusionan a mitad de camino entre la matriz creadora y la destrucción, entre la danza y la música como elementos irrenunciables de dos culturas que se expresan por la palabra pero sobre todo por el gesto.

Es el ambiente rural y extremo, doloroso, de la Grecia masculina y racial, de pescadores y mujeres vestidas de negro, recluidas, atisbando por las ventas semicerradas de su casa. Mixtura ejemplar ésta a la que habría que añadir el componente artístico ruso, que articula el nacimiento y la técnica de unos bailarines disciplinados, con ángel y talento, que comunican, que se comprometen, que trasmiten lo que bailan.

Ballet de la Ópera de El Cairo

Hace como cinco veranos (guiarse por las estaciones siempre me pareció más razonable que acechar compulsivamente un calendario), cuando iba en barco de Corfú a Albania, sonaba todo el tiempo la música de Zorba y todas las melodías griegas que Theodorakis, recopiló con paciencia y dedicación en los lugares más remotos de su país a lo largo de los años. La luz nos hería los ojos, el mar, de un intenso esmeralda, conmovía y hechizaba. Y la espuma. Y el calor y la brisa marina. El barco era muy viejo, escoraba, pero el miedo no formaba parte de la travesía. Navegábamos acompañados y bendecidos por los dioses. Al preguntar por la insistencia con que se escuchaba por todas partes al músico, alguien me explicó: ¡Theodorakis cumple 80 años! Siempre fue el símbolo de Grecia y de sus libertades.

Este ballet dividido en dos actos y 22 escenas desarrolla varios relatos: el de John y Marina, desgraciado, el de Madame Hortense y Zorba, desafortunado también y la de los dos amigos con una visión completamente diferente de la vida: Zorba, el vividor, que se sobrepone siempre al infortunio y John, el intelectual poco decidido y por fin arrastrado por la marea de sentimientos que emanan de los personajes y su historia. La música de Theodorakis fluye como la danza, sacrificial, casi religiosa, onírica, de los bailarines. Zorba- Hany Hassan, se deja la piel en este montaje que le exige un esfuerzo enorme y la exhibición de una vitalidad descomunal, igual que a los personajes de Marina y Madame Hortense y John, acrobático y perfeccionista. Hay una sensualidad a flor de piel, pero contenida, en una eterna confluencia explosiva que se asemeja a la vida: hacia afuera, hacia adentro.

En la butaca, incrédulos, parece que revivimos todos las emociones de los viajes y correrías por Grecia y Egipto, perpetrados con total entrega, encandilados por los fuegos fatuos de sus paisajes y sus gentes. La noche del estreno, todos los bailarines y su directora nos entregaron lo mejor de sí mismos, pero sólo nos regalaron el Eros.

Fotografías cortesía Artibus

Escribir a Alicia Perris