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Crítica de libros
Alban Berg y sus ídolos
Aurelio Viribay
"El comienzo de siglo fue rico y precioso. Estuvimos tan cerca de él que se nos escapó la magnitud de lo que ocurría". (Alma Mahler: Mi vida, Tusquets editores)
Título: Alban Berg y sus ídolos. Autor: Soma Morgenstern. Título de la edición original en lengua alemana: Alban Berg und seine Idole (Erinnerungen und Briefe). Traducción y notas de Eduardo Gil Bera. Edición origina alemana, notas y postfacio de Ingolf Schulte. Epílogo de Félix de Azúa. Editorial Pre-Textos, Narrativa contemporánea, Valencia, 2002. Nº de páginas: 433. ISBN: 84-8191-473-8.
Cuando aún están cercanas las recientes funciones de Lulu en el Teatro Real de Madrid, nos acercamos a un libro que no es una novedad editorial pero sí es actualidad por estar incluido en la selección de lecturas del libreto de mano de dicha producción y por ofrecer información muy valiosa sobre el proceso de creación de esta ópera de Alban Berg.
El autor del mismo, Soma Morgenstern (Budzanów, 1890-Nueva York, 1976), perteneciente a una familia de judíos ortodoxos, es uno de los escritores olvidados de su generación. Nació en la región de Galitzia oriental — originariamente austrohúngara, más tarde polaca, luego rusa y hoy en día parte de Ucrania—, en la que se hablaban ucraniano, polaco, yídish y alemán, siendo esta última la lengua que eligió para su obra literaria. Pertenecía al grupo de intelectuales que acostumbraban a reunirse en el taller de Anna, la hija de Alma y Gustav Mahler, y tuvo relación de amistad con personalidades del mundo de la literatura como Stefan Zweig, Joseph Roth o Robert Musil. También mantuvo una relación de amistad con Alban Berg en Viena durante el periodo de entreguerras, hasta el punto de que el compositor se dejó aconsejar por Morgenstern cuando buscaba un libreto para su ópera Lulu, en cuyo proceso creativo la colaboración del escritor fue clave. El libro de memorias Alban Berg y sus ídolos está escrito desde el exilio de Morgenstern en Nueva York, ciudad a la que llega en 1941, vía París, Marsella, Casablanca y Lisboa, tras su huida de Viena el mismo día de la anexión de Austria por parte de Alemania. Consigue finalmente hacerse ciudadano americano en 1946, no sin antes haber conocido cinco campos de concentración franceses y la muerte de muchos de los miembros de su familia en los campos de exterminio. Todo ello suscitó en él tal aversión a lo todo lo alemán que le produjo una afasia, además de acercarle a la idea del suicidio.
El propio autor introduce este libro sobre su amigo —y durante una década vecino muy próximo— con las siguientes palabras: "Este no es un libro de recuerdos de Alban Berg. Se trata de una serie de capítulos sueltos y relacionados entre sí, tomados de mi autobiografía, en los que se trata de Alban Berg. Han de considerarse como un marco para el autorretrato que el compositor y querido amigo tan bien me bosquejó en sus cartas". Dos grandes bloques de capítulos dedicados a Recuerdos enmarcan un tercer bloque que reproduce parte de la voluminosa correspondencia escrita mantenida entre Alban Berg y Soma Morgenstern (ocasionalmente también entre los Berg y los Morgenstern). El conjunto es un testimonio directo y apasionante sobre diversas facetas de Alban Berg que permiten al lector situarse en la privilegiada posición de confidente de Morgenstern y ser así testigo directo del día a día del compositor y de su entorno humano y artístico.
La amistad entre Berg y Morgenstern, que duró más de una década, estuvo cimentada en una serie de intereses comunes como la música, la literatura, el teatro o incluso el fútbol. Conocemos por Morgenstern que a Berg le gustaba Janácek, llegando a viajar en más de una ocasión a Bratislava para escuchar su ópera Recuerdos de la casa de los muertos. Por el contrario despreciaba la música de Richard Strauss y algunas obras de Korngold, como su ópera Das Wunder der Heliane. En lo personal, frente al dramático testimonio de otro libro reseñado en esta revista, Alban Berg y Hanna Fuchs (Historia de un amor epistolar), que nos presentaba al compositor austriaco como víctima de una dramática pasión imposible por la hermana de Fran Werfel, inspiradora en lo musical pero demoledora en lo vital, el testimonio de Morgenstern ofrece un retrato humano de Berg más descafeinado, como esposo infiel en cuatro relaciones amorosas —una de ellas con Hanna Fuchs—, dentro de un entorno matrimonial muy permisivo por ambas partes (el autor deja entrever su propia historia de amor con Helen, esposa de su amigo Alban Berg).
Perfeccionista como compositor, apasionado lector y espectador teatral, chismoso, con sentido del humor... gracias al relato de Morgenstern desde el exilio norteamericano, lejos de ese "estercolero de una Europa asesina de razas", como califica al viejo continente, podemos conocer de primera mano aspectos de Alban Berg, como las posibles (y, de ser cierto el testimonio de Morgenstern, evitables) causas de su prematuro fallecimiento, o la conflictiva relación que mantenía con su admirado (¿demasiado?) maestro Schönberg, entre muchos otros de sus ídolos: el matrimonio Mahler, Adolf Loos, Franz Wedekind, Peter Altenberg o Karl Kraus. Desfilan además por el libro figuras musicales claves de la época como los compositores Alexander von Zemlinsky y Anton Webern, el director de orquesta Otto Klemperer o el influyente crítico Theodor W. Adorno. Páginas, en definitiva, que son una ventana abierta al entorno de los compositores de la Segunda Escuela de Viena —Schönberg, Berg, Webern, Zemlinsky— y que tienen la virtud de acercarnos a una época irrepetible y privilegiada, antes de que la historia deviniera en tragedia.
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