Obituario
Alicia de Larrocha: Nacida para el piano
Paula Coronas
Hace unos días despedíamos tristemente a la insigne pianista Alicia de Larrocha. Fallecía el 25 de septiembre a los 86 años a causa de un proceso cardiorrespiratorio, según informaba el portavoz del Hospital Quirón, donde estaba ingresada. La gran dama del piano español nos ha dejado. Y se ha marchado con la misma naturalidad y sencillez con que irrumpió su personalidad artística. A esta elegancia nos tenía acostumbrados de Larrocha. Recordamos a propósito su adiós sobre los escenarios, hace tan sólo seis años. El 26 de enero de 2003, en el Auditorio de Barcelona, con la Orquesta de la ciudad condal, dirigida por Franz-Paul Decker, brilló por última vez su magistral Concierto en La M. Kv. 488 de Mozart. “Ninguna concesión. Diminuta y frágil, cargando dos ramos de flores que apretaba contra el pecho, agitó la mano tímidamente en señal de adiós. Fueron pocos segundos. Luego se dirigió hacia la puerta de camerinos y ya no volvió a salir. Así de sobria fue la despedida de Alicia de Larrocha de la escena de Barcelona, la ciudad que la vio nacer” (1) .
Esta niña prodigio nace en mayo de 1923 en Barcelona en el seno de una familia de gran estirpe musical. Hija y sobrina de discípulas de Enrique Granados, a los cinco años fue descubierta por Frank Marshall, alumno, continuador y colaborador directo del maestro catalán Granados. De la mano de Marshall ingresa en la Academia que lleva su nombre, donde conoce a grandes pianistas como Arthur Rubinstein y Alfred Cortot. Entre sus grandes maestros cabe destacar la huella de sus profesores de composición Ricardo Lamote de Grignon y Joaquín Zamacois. Posteriormente la descubre Joaquín Turina, quién propició su debut en la Exposición Internacional de 1929, participando en este concierto como verdadero prodigio digno de ser admirado. Se cuenta que hubo que añadir unas calzas a los pedales del instrumento para que la pequeña Alicia pudiera accionarlos. Pero su primera actuación oficial llega a los once años con la Orquesta Sinfónica de Madrid, bajo la dirección de Enrique Fernández Arbós.
A partir de 1940, con escasos 17 años, esta intérprete precoz comienza a desplegar su carrera como concertista. Por esta época trabaría profunda amistad con la soprano Victoria de los Ángeles, fruto de la cual germina una importante colaboración artística en torno a la canción española, cultivando especialmente a los maestros Falla, Turina, Mompou y Monsalvatge. Son años de intenso trabajo, durante las cuales la pianista dedica gran atención al estudio riguroso y concienzudo de partituras pertenecientes al repertorio universal –Mozart, Beethoven, Schumann, Ravel, Debussy, Fauré, Soler y los grandes clásicos españoles, con especial dedicación a Granados y Albéniz-. Por ello es reclamada para protagonizar innumerables conciertos celebrados en las más prestigiosas salas del país.
En 1947 inicia sus giras por Europa y alrededor del año 1954 llega el reconocimiento internacional: su debut en Estados Unidos, a partir de la invitación recibida por parte de Alfred Wallenstein, quien le ofrece una gira con la Orquesta Filarmónica de los Ángeles.
La imparable y vertiginosa trayectoria de Larrocha se acelera a paso agigantado, multiplicándose sus recitales y apariciones públicas en los años 60, en que llega a programar alrededor de 120 conciertos anuales por todo el mundo. Sin embargo, la avalancha de actuaciones y el ritmo acelerado de trabajo que exigen tales eventos, no impiden que esta estudiosa del piano compatibilice con otras actividades. Casada con el también pianista Juan Torra, y madre de dos hijos, Juan Francisco y Alicia, asume la dirección de la Academia Marshall, en 1959, tras el fallecimiento de su maestro Marshall. Desarrolla a partir de aquí una importante labor pedagógica al frente de dicha Academia, donde imparte clases magistrales de piano, especialmente de Música Española, dejando, también en este sentido, un ejemplar legado a través de sus enseñanzas y su magisterio.
Tras la recuperación de una lesión en el dedo pulgar de su mano, sufrida a causa de un accidente con la puerta de un taxi, que le mantiene apartada por algún tiempo de los escenarios, cosecha éxitos y premios. Entre otros galardones, de Larrocha estaba en posesión del título de “Mejor Artista del Mundo” (1977), de la Medalla de oro del Spanish Institute de New Cork (1980), del Premio Nacional de Música (1985) y del Premio Fundación Guerrero (1999), además de obtener dos Grammy: uno a la mejor solista instrumental de música clásica por los Cuadernos de la Iberia de Albéniz, y el segundo en 1994 por su interpretación en el disco de Goyescas de Granados.
Sus giras de conciertos alcanzan los cinco continentes. Su constancia, y verdadero amor a la música prosigue generando reconocimientos. En 1988 es nombrada académica honoraria y electa de la Sección de la Música de la Real de Bellas Artes de San Fernando y en 1990. Consigue la primera medalla de honor de la entonces recién constituida Fundación Albéniz. Tras recibir en 1993 el Premio Ondas a la Mejor solista de música clásica, un año más tarde le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Artes a la mejor pianista del mundo. Toda una vida de dedicación a la Música y al Piano.
“Maestra de la entrega”, así titulaba la pianista Rosa Torres Pardo, el pasado día 26 de septiembre, un artículo publicado en El País, en homenaje a la gran intérprete catalana, de donde extraemos las siguientes palabras: “Cada gran artista recrea su propio microcosmos. El de Alicia de Larrocha fue construido a base de un pianismo muy expresivo pero siempre equilibrado con un arte especial para traducir muy fielmente la partitura”.
Antoni Ros Marbá nos habla de la “enorme naturalidad de una artista de élite. Bajo la batuta, al dirigirla, Alicia, como pasa con los muy grandes artistas, hacía que el trabajo fuera fácil. Te entendías enseguida con ella, una característica de los artistas de élite. Cada vez que colaborábamos había un entendimiento de gran naturalidad. Ella tenía ese don, era muy natural” (2) .
Referente insustituible en la Historia de la Música del Piano, esta embajadora del pianismo español ha cautivado todo tipo de públicos y aficionados. Expertos, críticos, discípulos, musicólogos y estudiosos, todos, coinciden en admirar la brillantez, el talento y la personalidad de su sello inconfundible, rúbrica única en la interpretación de obras y páginas para teclado.
Inquebrantable trabajadora, su gran humildad ha ofrecido al auditorio una auténtica clase magistral. Considerada paradigma de pureza en el arte, debemos aplaudir su infatigable afán de superación, encadenado a un permanente proceso de búsqueda, investigación y aprendizaje a través de obras y compositores. “Artista madura en plena juventud, del mismo modo que conserva frescura en su madurez”, comentaba Enrique Franco en El País (1995). Y es que esta valiosa pianista mantuvo siempre una línea compacta en su trayectoria como músico, sin fisuras ni altibajos.
Impecable en la claridad y pulcritud de sus ejecuciones, Alicia jamás se dejó arrastrar por concesiones ni amaneramientos superfluos. Entre sus mejores cualidades pianísticas apreciamos: el control y el equilibrio sonoro, en base a una técnica muy ajustada a su propia fisonomía –ataques directos del brazo para imprimir la fuerza requerida en cada pasaje, posición precisa de su pequeña mano ante el teclado, distancia necesaria de sus dedos sobre las teclas-, el dominio en la parquedad del pedal (herencia directa de su maestro Marshall, autor de un interesante tratado sobre la resonancia del piano), la contención expresiva y la sencillez de su bello fraseo, nunca afectado.
La Música Española y el Piano del siglo XX cierran un destacado capítulo en su haber tras la desaparición de esta artista sincera, humana y grande que fue y será siempre la irrepetible Alicia de Larrocha.
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