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Ópera en Madrid
Vaciando a “Lulú”
Carlos de Matesanz
2 de octubre de 2009, 20:00 h. Temporada Lírica del Teatro Real. A. Berg: “Lulú”, ópera en un prólogo y tres actos actos con libreto del compositor basado en Franz Wedekind. Nueva producción del Real en coproducción con la Royal Opera House de Londres. Dir. escena: Christof Loy. Escenografía y figurines: Herbert Murauer. Iluminación: Thomas Wilhelm. Dir. Musical: Eliahu Inbal. Lulú: Agneta Eichenholz, Condesa Geschwitz: Jenifer Larmore, Dr. Schön: Gerd Grochowski, Alwa: Paul Groves, Pintor: Will Hartmann, Schigolch: Franz Grundheber, Forzudo: Gerhard Siegel.
Poder ver una “Lulu” por nuestros pagos es toda una oportunidad; es tan difícil de montar y de interpretar (bueno, y de escuchar), que es muy raramente representada en España. Por eso nos felicitábamos de que el Teatro Real inaugurase, y con producción propia, su temporada 2009-2010 con este título. Y también por eso lamentamos doblemente que la oportunidad se haya frustrado. Responsable (qué raro ¿no?): una dirección de escena que, una vez más, persigue plasmar las ideas (¿?) del director de turno en vez de ofrecer lo que el autor de la obra pide a gritos.
Lo bueno es que ni el Real ni el Covent Garden londinense, coproductores del montaje, habrán tenido que arruinarse por una escenografía complicada o lujosa: escenario vacío y una mampara de paneles traslúcidos al fondo (un fondo muy corto, además). Y punto. El vestuario, trajes de calle en negro, tampoco creo que levantara mucho en el presupuesto. Como se ve, la parte visual iba encaminada a hacer una lectura aséptica –de esas que tanto se llevan en los teatros alemanes y que para la intelectualidad reinante parecen ser el “no va plus” de la inteligencia conceptual– de una obra tan atroz y desgarrada que, en principio, no parece pedir precisamente eso. Bueno, podría haber sido un punto de partida interesante para hacer una lectura de “Lulu” distinta, que orillase los aspectos más sórdidos para evitar un verismo más de Mascagni que de Berg. Pero esa asepsia de quirófano no se vio seguida de lo que de un quirófano se espera: la disección. Al contrario: Christof Loy estuvo empeñado durante las tres horas y medias largas de la obra (se ofreció con el tercer acto completado por Cerha) en recordar al público que aquello era “sólo teatro”: los muertos se levantaban a los dos minutos de haber fallecido y se iban andando tan frescos, los cantantes mismos movían el escaso atrezzo de la escenografía, etcétera. El movimiento escénico también resultó escueto; la caracterización de los personajes no iba más allá de lo que daba su aspecto físico. En definitiva, se vació a “Lulu” casi por completo de sus esencias más cautivadoras: drama, desgarro, personajes al límite, recuerdo de un pasado atroz que se empeña en volver una y otra vez hasta matar a la protagonista. En resumen: esto más que una representación de “Lulu” fue, en realidad, una de esas “versiones semiescenificadas” que se dan en los auditorios que no tienen posibilidades escénicas y que vienen a ser una interpretación de concierto con un poco de movimiento.
Por eso resultó especialmente importante la parte musical. Y esta no estuvo nada mal servida. Es probable que el elenco de protagonistas, en el que –excepto Grundheber y Larmore– no había grandes nombres estelares, fuese elegido por su idoneidad escénica, porque todos daban el papel a la perfección, pero musical y vocalmente funcionó a las mil maravillas bajo la dirección de un Eliahu Inbal del que se comentaba que había llegado a los ensayos sin haber “hecho los deberes” pero que concertó magníficamente y dio una lectura sin grandes caídas de tensión. Habría que destacar a las damas: el esfuerzo de cantar un papelón como Lulu ya le valdría a Agneta Eichenholz la mención, aun a despecho de algunos sobreagudos mal atacados, pero además hay que reseñar su dominio completo de la parte musical y su entrega en la escénica; con su estilizada y delicada presencia podría haber sido, en manos de un director de escena merecedor de tal nombre, una Lulu fascinante; así, se quedó a medio camino entre una secretaria revenida y Penélope Cruz en una de sus muchas malas películas de adolescencia (aunque, claro, con mejor voz). Jenifer Larmore hizo una Condesa Geschwitz sencillamente inolvidable, tan bella, humana y entregada, tan musical y delicada.
“Lulu”, con casi un siglo a sus espaldas, sigue siendo una ópera de difícil escucha; pero es una obra maestra del repertorio operístico, con esto no descubrimos nada. Pero si se la vacía de aquello que podría conmovernos, de todo lo que nos puede llevar a identificarnos con unos personajes fascinantes, de cuanto la convierte en expresión de algunos de los más recónditos pensamientos y pulsiones del ser humano... ¿cómo va a sobrellevarse con paciencia? No pueden vaciar a “Lulu” y pedirnos que disfrutemos con ella, aunque José Luis Téllez se rasgue las vestiduras y truene a grito pelao contra todos aquellos que abandonaron el Real tras el primer acto. Unos lo harían, efectivamente, porque son unos ignorantes, o unos insensibles o vaya usted a saber; otros lo harían porque están ya hartos de que la obra –fácil o difícil, agradable o desagradable, merecedora de las loas de Téllez o de sus denuestos (vg: “Andrea Chenier”)– les sea escamoteada, convertida en un galimatías, o en un panfleto político, o en un escándalo oportunista, o en un tratado de estética posmoderna o en cualquier cosa, menos en lo que es: una ópera. Servidor no se fue tras el primer acto, porque para eso le pagan, pero ganas no faltaron... y hubiera estado en su derecho.
Fotografías cortesía del Teatro Real © 2009 by Javier del Real