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Índices
Ópera en Milán
Orfeo en La Scala
Massimo Viazzo
L’Orfeo de Claudio Monteverdi. Elenco: Georg Nigl (Orfeo), Roberta Invernizzi (Euridice y Eco), Sara Mingardo (Mensajera y la Esperanza), Luigi De Donato (Caronte), Raffaella Milanesi (Proserpina), Giovanni Battista Parodi (Plutón), Furio Zanasi (Apolo). Orquesta Concerto Italiano, Director: Rinaldo Alessandrini. Director de escena, escenografía e iluminación: Robert Wilson. Vestuarios: Jacques Reynaud. Teatro alla Scala de Milán. 3 de Octubre.
Con L’Orfeo inició el Teatro alla Scala la trilogía monteverdiana firmada por Robert Wilson. A la apertura del telón el impacto visual nos llevó a Venere con Eros e organista de Tiziano (pintura expuesta en el Prado), pero aquí dos filas bien proporcionadas de cipreses convergían con el fondo estableciendo una perspectiva geométrica tendiente a idealizar el efecto naturalista total. Las poses de estatua de los protagonistas se animaban en parte por una gestualidad casi mecánica y ritual pareciendo amplificar los efectos, una atmósfera prevalentemente lívida entre la cual se delineaban vueltas pálidas y diáfanas, movimientos compuestos trabajosamente y con lentitud (notable peculiaridad de la visión regística wilsoniana), que sin embargo, se encontraron en la primera parte del espectáculo con la íntima dramaturgia de la opera de Monteverdi.
Un clima fúnebre permaneció hasta el fin del Prologo (Orfeo y Euridice vestidos de luto ya desde su primer encuentro) eludiendo así el jubilo por la boda tan deseada y la alegría de la fiesta anunciada, fiesta entendida también en relación a las razones originales de quien comisionaron la opera. Mejor fue el acto infernal con un mas allá representado por paredes movibles (paredes también mentales) que se abrieron y se cerraron liberando destellos de cielo terso. Pero L’Orfeo de Monteverdi, no es sólo ritualidad, y mucho menos sólo intimidad patética, y al espectáculo le cuesta trabajo despegar desatendiendo lo corpóreo o lo físico, que a su vez es la novedad que más enaltece al naciente teatro musical.
Rinaldo Alessandrini, con su Concerto Italiano empeñado en la realización del bajo continuo, apuntó hacia una estudiadísima movilidad agógica y si la elección de algunos tiempos no fue la habitual (tomando como ejemplo el ritornello de la Música aquí a “rotta di collo” o de manera muy veloz, o hablando del «Qui miri il Sole vostre carole» hecho con insólita y asombrosa calma) también es cierto que la aptitud para sostener el recitar cantando resultó siempre idiomática. En sustancia, Alessandrini secó la partitura, poco interesado en los efectos technicolor o en fáciles hedonismos sonoros, y ni siquiera fue sensible a la fascinación de las extraviadas sirenas folcloristas, recorriendo a su vez la vía mas angosta hacia una posible verdad virginal.
El cast fue homogéneo casi en su totalidad —cristalina y sutil la Euridice de Roberta Invernizzi, conmovedora la Mensajera de Sara Mingardo y muy válidos los demás intérpretes, nunca tan indispensables como en esta opera—. No obstante, pareció incomprensible la elección de confiar el papel de protagonista a Georg Nigl, único extranjero de la compañía, encomiable sólo por el desempeño profuso, pero agudo en el fraseo, árido en la emisión y con evidentes problemas de entonación, cuando el papel de Apolo (un Apolo cantado con manual) estuvo Furio Zanasi, el Orfeo de referencia de estos años, conocedor como pocos del arte de hacer brotar musicalidad y poesía de la palabra cantada. Y el encuentro entre los dos en el final de la opera pareció despiadado. En attendant Ulisse.
Fotografías cortesia del Teatro alla Scala ©Lelli & Masotti