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Índices
Ciclo Palau 100
Excesos: de música y de énfasis
Albert Ferrer Flamarich
Ciclo Palau 100, Palau de la Música Catalana, Barcelona, 8-10-2009. Piotr Anderszewski, piano. Rotterdams Philharmonisch Orkest. Yannick Nézet-Séguin, director. Obras de Beethoven y Mahler. Aforo: 2000, Asistencia: 95%.
Con el habitual aforo burgués del ciclo Palau 100, el primer concierto de la nueva temporada acogió una sesión con gran asistencia –autoridades políticas incluidas- y demasiada música. Las obras como la Novena de Mahler deben presentarse en un programa monográfico: son una peregrinación intelectual no un tour de force en un todo estéticamente inconexo. Otro punto denunciable: ¿qué empresa o quién confecciona los programas de mano sin firmar de éste y otros ciclos? Falta mucho más por destapar del caso Millet.
Si Mahler era el reclamo de la velada, Piort Anderszewski era el lujo. Así lo demostró en el Concierto para piano y orquesta núm 1 de Beethoven muy beneficiado por la amplísima sección de cuerdas preparada para la sinfonía siguiente. El pianista polaco ofreció una lectura distendida, sin abusar de los contrastes internos –quedan muy superados los tópicos de lo viril y lo femenino- y con abundancia de matices técnicos y expresivos de primer orden. En general, tendió a una lectura estándar con polos dialécticos localizables entre lo clásico y lo romántico ante los que sólo cabe preguntar por la unidad de la obra. Y es que no se puede aunar un planteamiento moderadamente clásico en los movimientos impares con un Largo visionario extendido hasta lo chopiniano. Aquí, la clave fue la recreación de una personalidad beethoveniana tan intimista y tierna como poco explorada en esta partitura, con una libertad de pulso y fraseo que buscó tanto la expresión como el expresionismo en un derroche de elegancia y sutileza. El Rondó impresionó por el brío, los perceptibles cambios de tempo y los aciertos humorísticos fruto de un inteligente trabajo idiomático donde el fraseo construía el discurso y no al revés.
En la sinfonía, la Rotterdams Philharmonic Orkest demostró ser un conjunto estimable y poco más que padeció la ingenuidad constructiva que la madurez del director Yannick Nézet-Séguin diluirá. Éste inició la obra en una turbación creciente y la quiso desarrollar en lo desgarrador de la vivencia. Hubo magníficos detalles como el descarado protagonismo de las disonancias pero sólo logró una lectura donde el impulso y el exceso de planificación dominaron por la falta de tensión acumulativa. Buscada la intensidad emocional de este modo, el idiomatismo y la finura perceptiva se vieron mermados impidiendo ahondar en la soledad, en la tristeza, a su vez que en un planteamiento del flash-back de recuerdos y reflexiones de la obra. No optó por una lectura psicoanalítica: la Novena debe emanar por sí misma, no se la puede empujar ni forzar.
El segundo y el tercer movimientos fueron los mejor servidos. El Rondó-Burleske resulto más alocado, más tendente a lo esquizoide que a lo alucinado, especialmente por el carácter marcial y urgente en una sucesión de efectos falta de exasperación, organicidad y perfil grotesco. El Adagio recogió el pathos con que se abordó la sección central del Rondó-Burleske (tema en trompeta) pero sin logros realmente emotivos: fue una despedida más adecuada para las sinfonías anteriores que para la Novena. La referida ingenuidad de planteamiento ocasionalmente acercó el final a Tchaikovsky más que al Mahler maduro y triste. Eso sí, Nézet-Séguin se preocupó mucho por el sacro respeto al término de la obra sosteniendo el silencio que, raramente, el público barcelonés respetó.
Escribir a Albert Ferrer Flamarich