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Índices
Conciertos en Madrid
Un comienzo de temporada muy sacro
Carlos de Matesanz
Auditorio Nacional de Música de Madrid.
21 de septiembre de 2009. 19’30 h. Ciclos Musicales de la Comunidad de Madrid. Danielle Halbwachs (soprano), Michaela Selinger (mezzo), Donald Litaker (tenor), Askar Abdrasakov (bajo). Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid; dir: Juanjo Mena. A. Dvorák: Stabat Mater, Op. 58.
16 de octubre de 2009. 20’00 h. Temporada de Abono de la ORTVE. Marta Sandoval (soprano), Miguel Mediano (tenor), Pablo Caneda (bajo). Orquesta Sinfónica y Coro de Radiotelevisión Española; dir: Adrian Leaper. A. von Zemlinsky: Salmo XXIII, F. Schubert: Misa nº2 en Sol mayor, A. Bruckner: Sinfonía nº 9 en Re menor.
18 de octubre de 2009. 12’00 h. Teatros del Canal. Ciclos Musicales de la Comunidad de Madrid. Coro de la Comunidad de Madrid, Karina Azizova (piano); dir: Víctor Alonso. F. Martin: Misa para doble coro, G. Fauré: Madrigal Op. 35, E. Elgar: “From de Bavarian Highlands” Op. 27.
Varias obras sinfónico-corales de corte sacro han sido elegidas para la inauguración de diversas temporadas estables de Madrid. La más madrugadora de todas, la de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, escogió el bello Stabat Mater dvorakiano –obra que se escucha muy de ciento en viento–, siguiendo su tradición de abrir curso con una gran obra del Romanticismo que dé lucimiento a su excelente coro. Y a fe que lo tuvo; no sólo porque el coro es el gran protagonista de esta obra de Dvorák, sino porque la agrupación que dirige Jordi Casas hizo una interpretación llena de dulzura, encanto y musicalidad, sumamente relajada, con la que los cantantes realmente parecieron disfrutar. También la orquesta sonó empastada y colorido, con algunos pasajes muy hermosos de la cuerda, aun a despecho de la dirección morosa y poco contrastada de Juanjo Mena, que sustituía al inicialmente previsto Isaac Karabtchevsky, enfermo de gripe A, que de seguro –por aquello de que más sabe el diablo por viejo– habría hecho una lectura más vívida. El cuarteto vocal cumplió con corrección y elegancia, a excepción del bajo, insuficiente en todos los aspectos.
Pero, por si no hubiésemos disfrutado lo suficiente del Coro de la Comunidad de Madrid, volvemos a encontrárnoslo, casi un mes después, como protagonista de un concierto que inauguraba la presencia de la ORCAM este año en los Teatros del Canal. También con una obra sacra, una misa en este caso, se abrió el recital: la comprometida, austera y bellísima Misa para doble coro a capella del suizo Frank Martin, a la que, por desgracia, no benefició nada la acústica seca, sin retorno, de la sala B. Las piezas de Fauré y Elgar, más ligeras y de escritura menos desnuda, sonaron mejor gracias al acompañamiento excelente (especialmente en Fauré) de Karina Azizova, pianista titular del Coro. La dirección del maestro invitado Víctor Alonso mantuvo un equilibrio ejemplar –especialmente entre las ocho voces de la Misa de Martin– y le dio refinamiento al Madrigal de Fauré variedad y gracia a las piececillas intrascendentes y encantadoras de Elgar.
También fue de corte sacro, incluso en la obra no coral, el programa –elaborado con mucho gusto y coherencia– con que inauguró su temporada de abono la Orquesta de RTVE. Música exigente, por un motivo o por otro, servida con gran profesionalidad y loables resultados. Loables, porque meterse con una obra –dedicada nada menos que al mismísimo Dios– como la Novena Sinfonía de Bruckner y no naufragar en ella, es mérito: mayor aún, llevarla a buen puerto. Es cierto que la orquesta no tiene la cuerda sedosa y compacta de la Filarmónica de Berlín, las maderas pluscuamperfectas de la Philharmonia o el metal deslumbrante de la Sinfónica de Chicago: pero hay algo en Bruckner que la hace funcionar bien; probablemente es por el reto, que la hace esforzarse. Tampoco Adrian Leaper es un especialista bruckneriano, pero es un gran profesional y un músico honrado y serio que sabe por dónde se las anda y cómo sortear los baches; así, si bien no pudo controlar la acidez de los metales en los tutti (esto pasa en casi todas las orquestas) dio una lectura de una pieza y convincente: no muy sutil, pero poderosa y sin una sola caída de tensión. A esto hay que añadir los logros de la primera parte: el colorido muy en su punto que logró en la singular obra de Zemlinsky y la claridad y equilibrio nada remilgados de la misa schubertiana (sólo para cuerdas), en la que estuvieron perfectos tanto el Coro (que se había descontrolado un poquito al final de Zemlinsky) como la soprano Marta Sandoval, cuyo timbre y vibrato recuerdan a los de Pilar Lorengar.