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Crítica de libros

John Cage

Aurelio Viribay

"He escuchado tu disco varias veces. Después de oír todas esas historias sobre tu infancia, sigo preguntándome, '¿En qué me equivoqué?". (Crete Cage, madre de John Cage)

Título: John Cage. Autor: David Nicholls. Traducción : Gabriel Menéndez. Editorial: Turner, 2009. Nº de páginas: 189. ISBN: 978-84-7506-870-1.

John Cage

En 1952 John Cage, buscando experimentar físicamente el silencio, se desplaza a la universidad de Harvard para introducirse en una cámara anecoica. Sin embargo, en aquella sala insonorizada y diseñada para absorber el sonido que incide sobre sus paredes, eliminando así los fenómenos de la reflexión, eco y reverberación, no encontró el silencio buscado, sino que pudo escuchar dos sonidos: uno agudo y otro grave. Muy posiblemente lo que Cage escuchó allí fue su circulación sanguínea y el zumbido que escuchamos en ausencia de una fuente externa de sonido, pero lo relevante es que experimentó que el silencio real no existe: en su mente ya había nacido su célebre pieza silenciosa titulada 4'33", cuya concepción estética se basa "en poner de relieve la plétora sonidos ambientales no intencionados que constantemente nos rodean" (1) . Entre la provocación y la ampliación de los límites sonoros, blanco de bromas, objeto de críticas, declaración estética o estímulo a la reflexión sonora, la pieza 4'33" sigue aún hoy en día dando que hablar y ha contribuido notablemente a la celebridad del compositor americano. Estrenada en Woodstock, Nueva York, el 29 de agosto de 1952 por el pianista David Tudor, se trata de la obra favorita del propio compositor, que trató de llevar "a otras personas a sentir que los sonidos de su entorno constituían una música más interesante que la música que oirían si asistiesen a una sala de conciertos" (2) .

Sin embargo John Cage es mucho más que esta pieza en cuya génesis también influyeron las pinturas completamente blancas o completamente negras de Robert Rauschenberg. Para conocerlo, nada mejor que el libro recientemente editado por Turner Música y que con bastante lógica se publica tras el volumen dedicado a Erik Satie. Y es que el interés de John Cage por la obra de Satie no dejó de aumentar con los años, y es incluso anterior al viaje realizado por el norteamericano a París en 1949, donde pudo investigar su música y sus escritos gracias a una beca del National Institute of Arts and Letters. De París volvió Cage a Nueva York con varias partituras de Satie en la maleta, entre ellas, Vexations, publicada en la revista Contrepoints gracias a su gestión. El otro punto de contacto de John Cage con la música francesa es su larga relación de amistad con Pierre Boulez, uno de los puntos más interesante del libro de David Nicholls, que se puede ampliar en otro con la correspondencia entre ambos (3) , aún no traducido al español.

Hijo de un inventor y descendiente de norteamericanos autóctonos llegados a Nueva York  a principios del siglo XVII, la evolución de John Cage le condujo "a verse a sí mismo como un compositor puramente norteamericano, procedente de una tradición del Nuevo Mundo" (4) . La visita de Cage a los Cursos de Nueva Música de Darmstadt (Alemania) en 1958 marca un punto de inflexión en el replanteamiento de su posición en la escena musical contemporánea, rompiendo con el movimiento euroamericano y con la continuidad con el pasado, en lo que constituyó una declaración de independencia frente a la influencia europea. Lejos quedaban ya sus desalentadores estudios con Arnold Schönberg de 1935 o su dilatado alineamiento con Pierre Boulez. Consciente del peso de Norteamérica en el desarrollo de la música experimental, la última etapa creativa de un John Cage convertido en una auténtica celebridad, casi en un mito, se produce en un entorno de honores y reconocimientos.

El libro que ahora comentamos tiene la virtud de condensar en no demasiadas páginas lo más importante sobre la vida y obra de John Cage. Las diversas etapas de su evolución estética —budismo Zen y pensamiento oriental, piano preparado, abandono del control, indeterminación, azar, happening, performance, medios electrónicos, uso de la tecnología, interés por las artes visuales— quedan reflejadas con claridad junto a otros capítulos interesantes como los ya citados referentes a la génesis de 4'33", la relación con Pierre Boulez o los avatares de la Escuela de Compositores de Nueva York —John Cage, Morton Feldman, Christian Wolff, Earle Brown, David Tudor, Merce Cunningham—. No se descuidan aspectos de corte personal como su cambio de tendencia sexual, o anecdóticos, como su participación en un concurso televisivo en Milán o un sonado incidente con Bernstein y la Orquesta Filarmóncia de Nueva York, cuyos miembros boicotearon una interpretación y abuchearon a John Cage provocando la furia del compositor.

El relato de la trayectoria vital y artística de Cage está salpicado con una minuciosa descripción de gran parte su inmenso corpus compositivo y combina la profusión de datos con la amenidad del tono de escritura. Parece imposible decir más con menos palabras, especialmente cuando David Nicholls cierra su libro con una certera reflexión sobre el legado de John Cage resumido en dos aspectos: su música pone en cuestión todo supuesto anterior sobre el papel de los elementos que intervienen en el hecho musical y, sobre todo, permitió que los sonidos fuesen ellos mismos.

(1) David Nicholls: John Cage. Turner: Madrid, 2009, p. 87.

(2) Ibid., p. 88.

(3) Jean-Jacques Nattiez (ed.): The Boulez-Cage Correspondence. Cambridge University Press, 1993.

(4) John Cage, p. 104

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